Pintura y modernidad en la Bélgica de entresiglos

3 mayo 2023

por | 3 mayo 2023

No descubrimos nada si decimos que la pintura francesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX ejerció una gran influencia a su alrededor. Lo comprobamos en la magnífica muestra de pintura belga (Arte belga. Del impresionismo a Magritte) que puede verse estos días en la Fundación Bancaja de València.

Dicha exposición, comisariada por Claire Leblanc, se compone de una selección de obras pertenecientes al Musée d’Ixelles que dejan patente la influencia de la modernidad en la pintura belga. En ella se incluyen obras de pintores consagrados como James Ensor, Théo van Rysselberghe, Paul Delvaux o René Magritte; y de otros artistas que, siendo menos conocidos, no nos han parecido menos interesantes. Nos referimos, sin ir más lejos, a Eugène Laermans y sus campesinos anónimos, no exentos de cierto patetismo, esperando a la entrada de un edificio o formando el cortejo de un entierro; a Hippolyte Boulenger o a Jean-Baptiste Degreef, paisajistas excelentes que ponen el acento en unos cielos cubiertos de nubes, trasunto -nos decimos a nosotros mismos a bote pronto- de los de John Constable.

Afirma Claire Leblanc que la joven pintura belga de antes de 1851 no fue sino afirmación nacionalista. La participación de Gustave Courbet en el Salón de Bruselas en 1851 provocó esa apertura hacia la modernidad bajo las formas de un realismo en boga. De este modo fueron surgiendo los nombres de los artistas ya mencionados, con frecuencia agrupados en torno a grupos como La Libre Esthétique o Les XX. A través de sus salones, y de figuras como Octave Maus, se produjo el encuentro y el intercambio con colegas franceses como Monet, Seurat o Pissarro. De un modo similar, otros movimientos de la modernidad de la época como el simbolismo, el fauvismo o el surrealismo fueron adoptados en Bélgica con el mismo ímpetu. 

No se pierdan el nocturno de William Degouve de Nuncques. Ni las visiones alucinadas de los ya citados Ensor o Delvaux. A propósito de este último, a uno aún le dura la borrachera propiciada por la visita a la muestra antológica que le dedicó la Fundación Juan March hace casi un cuarto de siglo.

Fotografía: D.R.
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