Estremecedor. Silencioso. Reconfortante. Inquietante. Asombroso. Sobrecogedor. Sublime. Solo son algunos de los adjetivos que se utilizan comúnmente para describir un paisaje sorprendente cuando este se convierte en experiencia estética, cuando lo cotidiano se hace a un lado y pasamos de representarnos en el mundo según lo que llamamos escala real, el 1:1, a sentir nuestra proporción destrozada, hasta vernos reducidos a una mota de polvo de sentimientos encontrados, que combina la fascinación con el absoluto temor.
Nos postramos ante un paisaje que adquiere una dimensión inesperada que, sin saber muy bien cómo, nos conmueve y nos obliga a detenernos, a parar —una costumbre que estamos olvidando hoy—. Nevadas como las que han caído estos días achican la visión, cortan carreteras y aíslan poblaciones, pero también nos hielan el cuerpo y los sentidos, construyen silencios que suenan y convierten los paisajes en vastos universos en los que apenas somos unos átomos.
El paisaje se convierte en experiencia estética, adquiere belleza, nos deslumbra, excede la razón y se dota de una intensidad difícil de describir. Una vieja conocida que parecía haberse difuminado, una emoción que bien podría decirse roza lo trascendental: hablamos de lo sublime.
Una primera referencia al término «sublime» apareció en un tratado del siglo I atribuido al autor griego Longino, quien lo relacionaba con aquello que eleva el espíritu y provoca admiración, aunque señalaba que tal experiencia solo se podía producir en el ámbito de la estética.
En el siglo XVIII, los filósofos Immanuel Kant y Edmund Burke redefinieron la idea que se tenía de aquel concepto. Por su parte, Kant exploró a fondo la categoría de lo sublime, sobrepasando el límite que antes se había establecido en la estética al asociarlo solamente con lo bello. El pensador explicó que lo sublime no se encuentra solamente en aquello que vemos sino en cómo nuestro pensamiento lo enfrenta, distinguiendo entre lo inmenso que supera nuestra comprensión y lo poderoso que nos sobrecoge. Ya no se habla necesariamente de aquel antiguo concepto griego de armonía y belleza, ahora también caben en él lo divino, lo espiritual, un detalle cotidiano, una montaña escarpada, un desierto desolado, el Glaciar del Perito Moreno, o incluso una tormenta —que le pregunten al pintor William Turner—.
Asimismo, Burke lo entendía como aquello que asombra y da miedo a la vez, más allá de la sola belleza, y distinguía entre lo sublime dinámico y lo matemático, aquello que supera nuestra capacidad de comprensión.
Esta filosofía la recoge el movimiento artístico del Romanticismo (s. XVIII-XIX). Los y las artistas viajan, exploran con intención de sentir, de contemplar, de dar con lo diferente, de exponerse a nuevas vistas, a lo salvaje, lo temeroso o lo inexplorado; a nuevos paisajes que les hagan sentir minúsculos.

‘Paisaje Invernal con Iglesia’ (1811), de Caspar David Friedrich.
Algunos ejemplos claves de esta voluntad los encontramos en el pintor inglés Caspar David Friedrich quien concibió lo sublime —en su archiconocida El Caminante sobre el Mar de Nubes (1818) o en su Paisaje Invernal con Iglesia (1811)— desde una dimensión más interior y espiritual, representando figuras humanas diminutas frente a paisajes inmensos para expresar la pequeñez del ser humano ante lo infinito y provocar una contemplación silenciosa que engrandece el alma.
Por su parte, Turner comprendía lo sublime como algo que debía sentirse físicamente. Sus célebres anécdotas, como atarse al mástil de un barco en pleno temporal o asomarse desde la ventana de un tren en marcha ante los ojos de una pasajera ojiplática un día de tormenta, muestran su voluntad de experimentar la fuerza de la naturaleza confrontada a la velocidad moderna, para luego plasmarla en escenas donde la luz, el movimiento y el caos envuelven al espectador a través de colores y pinceladas rápidas, creando una auténtica experiencia estética de paisaje sublime.

‘Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del Oeste’ (1844), de William Turner.
Desde Francia, Louise-Joséphine Sarazin de Belmont exploró lo sublime a través del paisaje montañoso, las ruinas y los volcanes, destacando la persistencia de lo natural frente al paso del tiempo, mientras que Rosa Bonheur aportó una mirada singular al representar animales y escenas rurales con una escala y una fuerza casi monumental, mostrando que lo sublime no reside solo en el dramatismo extremo, sino también en la intensidad vital y la potencia silenciosa de la naturaleza.

‘Der Zirkus von Gavarnie’ (1830), de Louise-Joséphine Sarazin de Belmont.
Esta sensibilidad atravesó también la poesía y la música románticas. William Wordsworth convirtió la experiencia íntima de la naturaleza en revelación emocional, mientras Samuel Taylor Coleridge exploró lo sublime desde lo onírico y lo inquietante. En la música, Beethoven evolucionó de formas clásicas a nuevos límites sonoros para expresar lo heroico y lo desbordado, y Franz Schubert tradujo esa inmensidad en paisajes sonoros cargados de melancolía y trascendencia.
Hoy, en un contexto dominado por la hiperestimulación constante de las notificaciones, el scroll infinito y la búsqueda inmediata de placer, la experiencia auténtica de lo sublime parece más necesaria que nunca. Frente a un exceso de dopamina fácil, rápida y fragmentada, lo sublime nos obliga a detenernos y contemplar, a sostener la mirada y aceptar lo que no puede consumirse ni comprenderse de inmediato.
La experiencia de lo sublime puede actuar como antídoto frente a la saturación de lo igual: no promete satisfacción instantánea, sino una experiencia profunda que suspende el tiempo, restituye la capacidad de asombrarse y nos recuerda —una vez más— nuestra insignificancia dentro de un mundo que, en realidad, nos sigue siendo inmensurable.
No todo está concebido para ser consumido, no debería estarlo. Algunas experiencias genuinas y escondidas aparecen para asombrarnos y emocionarnos. Para recordarnos, en un mundo donde millones de personas padecen multitud de trastornos como la depresión, que ya solo sienten que existen y no son, el por qué estamos aquí.

