Una casa puede llenarse de muebles y, sin embargo, no estar pensada para quienes la habitan. Puede tener una silla para sentarse, una mesa para comer, armarios para guardar cosas y habitaciones destinadas a funciones concretas, sin que nadie se haya preguntado demasiado cómo transcurre realmente la vida dentro de ella. Parece una cuestión menor, pero fue precisamente esa relación entre los objetos, el espacio y las personas la que llevó a Charlotte Perriand a replantearse buena parte de lo que entendemos por diseño moderno.
La primera gran exposición en España dedicada a la diseñadora y arquitecta francesa acaba de abrir sus puertas en la Fundació Joan Miró de Barcelona. Bajo el título «Charlotte Perriand. La libertad de repensar el mundo», la muestra recupera cuatro décadas de trabajo de una creadora que entendió que el arte, la arquitectura y el diseño no podían concebirse como disciplinas separadas. La exposición incluye una reconstrucción de «Équipement intérieur d’une habitation», el interior que presentó junto a Le Corbusier y Pierre Jeanneret en el Salón de Otoño de París de 1929, además de proyectos, fotografías y documentos que permiten recorrer una trayectoria mucho más amplia que la de sus colaboraciones más conocidas.
Volver hoy a Perriand permite descubrir algo que a menudo queda oculto tras los grandes nombres y los objetos convertidos en iconos: una manera de entender la arquitectura que empieza por la vida y no por la forma.
Cuando se incorporó al estudio de Le Corbusier y Pierre Jeanneret en 1927, Perriand tenía veinticuatro años. Allí trabajó durante una década y participó en el desarrollo de una nueva concepción del mobiliario y del equipamiento doméstico. Algunas de las piezas surgidas de aquella colaboración, como la famosa chaise longue LC4 o los sillones de estructura tubular, acabarían convirtiéndose en emblemas del movimiento moderno. Su autoría se reconoce hoy junto a la de Le Corbusier y Jeanneret, aunque durante mucho tiempo la historia del diseño tendió a concentrarse en el nombre del arquitecto suizo.
Pero lo interesante de Perriand no está únicamente en recuperar su lugar en esa historia. Está en comprender qué había detrás de aquellos muebles. La estructura metálica, la ausencia de ornamentación y las formas depuradas respondían a una búsqueda más amplia: encontrar una relación diferente entre el cuerpo y los objetos, entre el mobiliario y el espacio, entre lo que una casa contiene y lo que permite hacer.

Charlotte Perriand en su estudio 1991. ©Fotografía de Robert Doisneau.
El interior presentado en París en 1929 era, en ese sentido, mucho más que una colección de piezas nuevas. Concebido como un ambiente doméstico completo, proponía otra forma de organizar la vivienda. Los muebles dejaban de ser elementos decorativos colocados contra las paredes para participar activamente en la distribución del espacio. Los sistemas de almacenamiento podían compartimentar una habitación; las estructuras metálicas reducían el peso visual de los objetos; las mesas y los asientos se adaptaban a distintas necesidades. Perriand entendía que diseñar el interior no consistía en añadir cosas a una arquitectura terminada, sino en pensar conjuntamente el espacio y la vida que iba a desarrollarse en él.
Esa idea aparece también en algunos de sus primeros proyectos independientes. Antes de entrar en el estudio de Le Corbusier, había diseñado Bar sous le toit y Salle à manger 28, dos propuestas para su propio apartamento en París que llamaron la atención por el uso de nuevos materiales y por una manera de entender el interior alejada de los ambientes burgueses tradicionales. No esperaba que los objetos representaran un determinado estatus social; le interesaba que respondieran a las necesidades de una sociedad que estaba cambiando.
En su trabajo había, por tanto, una dimensión que trascendía la estética. La modernidad no podía consistir solamente en cambiar el aspecto de las casas. También debía transformar las condiciones en las que se vivía. Esa preocupación apareció de manera explícita en La Grande Misère de Paris, un proyecto expositivo con el que abordó las condiciones de vida y la crisis de la vivienda en la capital francesa. Frente a una arquitectura entendida como ejercicio formal, Perriand situaba en primer plano una cuestión mucho más incómoda: para quién se construye y qué vidas hace posibles aquello que construimos.

La vivienda como cuestión social: “La gran misère de Paris”1936.
Quizá por eso su trayectoria resulta difícil de encerrar en una sola categoría. Fue diseñadora, arquitecta, fotógrafa y autora de proyectos expositivos. Trabajó con la industria y con los artesanos, investigó materiales y sistemas constructivos y se interesó por formas de habitar que no siempre encajaban en los modelos dominantes de la modernidad europea. Su trabajo nunca se limitó a encontrar una forma atractiva para un objeto. Buscaba comprender cómo podía contribuir ese objeto a una manera distinta de vivir.
En 1940 viajó a Japón, donde había sido invitada para asesorar sobre el diseño industrial y la artesanía. La experiencia transformó su mirada. Allí descubrió una relación entre arquitectura, mobiliario y espacio que difería de la que había conocido en Europa: estructuras ligeras, materiales naturales, habitaciones capaces de cambiar de función y una manera de valorar el vacío que no entendía el espacio libre como algo que necesariamente hubiera que llenar. Perriand encontró en esas prácticas una fuente de aprendizaje y reinterpretó parte de ese conocimiento a través de su propio lenguaje moderno.
Lo importante de aquel encuentro no fue que sustituyera una influencia por otra. Fue que amplió su idea de modernidad. La estandarización podía convivir con la artesanía, la industria no tenía por qué borrar el conocimiento material y la funcionalidad no estaba reñida con el placer de habitar. En lugar de imponer un modelo universal, empezó a prestar más atención a las particularidades del lugar, a los materiales disponibles y a las formas concretas en que las personas utilizan el espacio.
Es una cuestión que reaparecería décadas después en uno de sus trabajos más ambiciosos: la arquitectura de Les Arcs, el conjunto de estaciones de montaña desarrollado en los Alpes franceses a partir de finales de los años sesenta. Perriand desempeñó allí un papel fundamental dentro de un equipo amplio de arquitectos, urbanistas e ingenieros. El reto no consistía únicamente en construir alojamientos para el creciente público de los deportes de invierno, sino en hacerlo sin convertir el paisaje en un mero decorado para el turismo.

Les Arcs, arquitectura.© France.fr.
Los apartamentos se organizaron como unidades compactas, con mobiliario integrado y distribuciones cuidadosamente estudiadas para aprovechar el espacio. La orientación, la luz, las terrazas y las vistas formaban parte de una misma estrategia. La intención era que las viviendas funcionaran con eficiencia y, al mismo tiempo, mantuvieran una relación directa con la montaña. Los edificios no se concebían como objetos aislados que debían imponer.


