En unos días muy sombríos, con la sociedad conmocionada por un gravísimo accidente de tren que nos ha dejado en shock que, además, coincide con el segundo aniversario de la dana más catastrófica que ha sufrido este país y con una tensión social creciente en torno al problema de la vivienda, la intervención efímera que propone PichiaAvo (Juan Antonio Sánchez, 1977; Álvaro Hernández, 1985) en su nuevo espacio ubicado en La Finca Roja, en Valencia, acompaña, en cierto modo, a este luto nacional gracias a los cientos de velas que articulan el recorrido por la antigua vivienda, adquirida por los artistas para convertirla en su base cultural.
«Una casa sin luz», donde las velas de Cerabella adquieren un papel central e iluminan la penumbra, es el nombre de esta intervención participativa que ha puesto en marcha el dúo artístico en una casa que llevaba quince años cerrada, y sin luz eléctrica, justo antes de emprender una reforma que, explican, mantendrá los elementos más característicos del edificio.
La intención es preservar su valor histórico y cultural, conservando los elementos singulares, como la chimenea ubicada en el salón, o los pavimentos hidráulicos que recorren toda la vivienda. La casa está prácticamente de origen, así que su visita puede leerse como un viaje en el tiempo, así lo han interpretado, y un homenaje a los habitantes de este edificio singular.
El edificio
Construida por el arquitecto Enrique Viedma en 1933, La Finca Roja es un conjunto emblemático de viviendas con identidad de colmena que toma el lenguaje del expresionismo holandés y lo sitúa en una zona del segundo ensanche valenciano. Este edificio supuso una solución novedosa en la ciudad en ese momento: era estructuralmente avanzado, funcionalmente racional y formalmente internacional.
Para Viedma representaba una ciudad ‘más humana’ (con zonas verdes, vida social comunitaria, comercio local en sus bajos …), era la modernidad y la vanguardia unidas en un edificio, con tintes utópicos, que ha terminado siendo uno de los símbolos arquitectónicos de la ciudad. La llamativa utilización de la cerámica verde y las singulares torres circulares que enmarcan los chaflanes, así como los miradores poligonales, configuran la fachada de un edificio que intentó conseguir un nuevo modelo de vivienda para la clase media-baja. Fruto de la Ley de Casas Baratas de 1925, la Finca Roja resolvía problemas de salubridad, de acceso a la vivienda y de un habitar digno para un sector de la población que, de otra forma, no hubiera tenido acceso a casas más propias entonces de la burguesía.
«Una casa sin luz»
La propuesta de PichiAvo relaciona la memoria inmaterial con el escombro y las huellas del paso del tiempo en la casa, atravesada por periodos de guerra, posguerra, transición y las transformaciones urbanas y sociales correspondientes. El trabajo toma como punto de partida «Memorias de La Finca Roja», una publicación construida colectivamente a partir de relatos de sus vecinos y donde el propio edificio es la voz que narra.
La instalación refleja el peso de las historias en el edificio y cuenta parte de ellas en las estancias de la vivienda abandonada reuniendo obras de PichiAvo, objetos y elementos encontrados que construyen resonancias, «las velas de cera aportan luz a un espacio en penumbra que nos invita a investigar lo que permanece desconocido», explica Carla Jaria, comisaria de la instalación artística.
La entrada a la casa actúa como un túnel de bienvenida: sobre las paredes se han puesto extractos del libro que presentan las historias que acompañan la visita. La primera habitación la han dedicado al cuidado y a la comunidad que atraviesa las distintas generaciones del edificio, con grandes velas escultóricas que presiden la estancia. El recorrido propone que cada visitante encienda una vela desde esa llama principal para iluminar el trayecto por los pasillos y las demás habitaciones, como en una procesión colectiva y artística.
Otra de las estancias, «Pepitico», se inspira en el juego infantil del patio comunitario de la manzana de viviendas, un lugar esencial del edificio. Esos recuerdos, meriendas de pan con chocolate, se relacionan con los inicios de PichiAvo en el grafiti, mezclándolos con obras de 2013 realizadas sobre carteles recuperados del entorno urbano (un concierto de Iron Maiden, un cartel de ‘se vende piso’). La degradación de la fuente del jardín y el mal de piedra que sufrió el edificio se vinculan con una obra dedicada a Medusa en otra de las habitaciones.
La Finca Roja se presenta como una colmena viva a través de relatos de resistencia vecinal durante la guerra y los avisos de la sirena antiaérea que había enfrente de una de sus torres. Otra estancia relaciona la comunidad con el refugio, la supervivencia y el cuidado compartido, con una pieza sonora creada por PichiAvo que incorpora sonidos de la vida cotidiana, como niños jugando, pájaros en el jardín y la propia sirena que avisaba del peligro de los bombardeos de la aviación italiana sobre la ciudad.
Los oficios y la creatividad colectiva de quienes habitaron La Finca Roja también tienen su lugar en esta casa sin luz: una escultura con paños mojados conecta el lenguaje clásico de PichiAvo con el recuerdo de artistas, músicos y otras personas creativas del edificio. También se detiene, este pequeño homenaje, en la reivindicación de las mujeres que sostenían la vida diaria de la finca. A ellas dedican la última sala del recorrido como un cierre participativo y, a la vez, acto inaugural del futuro espacio: las asistentes están invitadas a rascar el fresco que preside la sala y a hacer sus propias inscripciones. Tras recorrer las memorias de la casa, los visitantes añaden una nueva huella, otra más, a la memoria del lugar como espacio de intercambio y encuentro cultural.
«Hoy en día, casi todo es poco personal. Y no hay nada más personal que invitar a la gente a tu casa», concluyen PichiAvo.











