Chema Madoz cuenta que con cuatro años, antes de iniciarse en el colegio, su madre lo llevó a la escuela que tenía en su casa una mujer que ella conocía para que, allí, se fuera familiarizando con la enseñanza. La clase se hacía en la pequeña cocina de la señora y, cuando Chema llegó, estaban todos los sitios cogidos. La señora lo sentó en un taburete alto delante del horno, usando la puerta de este como mesa para apoyarse. Ahí fue cuando el futuro artista tuvo, por primera vez, conciencia de las muchas y variadas posibilidades que ofrecen los objetos.
También ha contado en alguna ocasión Madoz (José María Rodríguez Madoz, Madrid, 1958), que su relación con la fotografía comenzó a los veinte años, cuando se quiso comprar un equipo de música pero el dinero que tenía solo le llegaba para una cámara de fotos. Pronto tuvo la sensación de que tener esa cámara en las manos era algo especial para poder contar cosas y, también muy pronto, desarrolló una mirada propia.
El Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC) exhibe ‘Letra y compás’, la última exposición del Premio Nacional de Fotografía, en la que une por primera vez su pasión por la música y los libros con 50 de sus fotografías.
Juan Pedro Font de Mora, comisario de la muestra, y Nicolás Bugeda, director del CCCC, han excusado la asistencia del artista por motivos de salud, pero han anunciado que Chema Madoz tiene previsto acudir al museo en marzo, cuando se haga la presentación del catálogo que están preparando desde la institución.

Juan Pedro Font de Mora, comisario de la muestra, y Nicolás Bugeda, gerente del CCCC, en la presentación de la exposición.
«Madoz siempre ha estado vinculado al mundo de los libros, no solo a través de sus fotografías, sino también con colaboraciones con escritores como Joan Brossa, Leopoldo María Panero o Ramón Gómez de la Serna– explicaba Font de Mora–. Además, también ama la música. No en vano, en sus obras hay constantes referencias a notas e instrumentos musicales».
Las fotos de la exposición han sido enmarcadas en un inmenso pentagrama que rodea toda la sala, puestas a diferentes alturas, como las propias notas musicales en una composición, «para componer una sinfonía visual de carácter surrealista, acompañadas con frases relacionadas con los libros y la música firmadas por diferentes pensadores».
Caracterizada por una sensibilidad exquisita, la obra de Chema Madoz tiene, como buen resultado artesanal, una plasticidad mucho mayor que la que aporta la fotografía digital. Sus fotos tienen pocos elementos, de la misma forma que para hacerlas también se ciñe a sus dos cámaras de toda la vida. «Madoz reivindica la artesanía en la fotografía, exenta de ningún tipo de manipulación digital».
«Madoz es un constructor de la imagen, los objetos imposibles que crea son totalmente reales, aunque parezca una paradoja, lo que hace que su obra adquiera mayor importancia en la era digital del siglo XXI», apuntaba Font de Mora. «Los crea desde su estudio con objetos cotidianos que encuentra en los lugares más insospechados, principalmente en los rastros. En sus fotografías hay artificio, pero no hay mentira», ha añadido.
Incómodo ante cualquier tipo de etiqueta, «me da la sensación de que hay cosas que se dejan fuera. No estoy diciendo que haga algo que resulte absolutamente inclasificable, no; pero creo que a cualquier persona que desarrolla un trabajo creativo, en el momento en que le pones una etiqueta, le estás cercenando posibilidades. Las etiquetas son una necesidad para los demás, más que para mí», ha dicho Madoz en varias ocasiones. Por esa misma razón las fotografías carecen de título. Solo hay que verlas, pensar y disfrutar.
La exposición ‘Chema Madoz. Letra y compás’ se puede ver en el Centre del Carme Cultura Contemporània (C/Museu, 2, Valencia) hasta el 18 de mayo.
















