La ciudad sin casa

5 octubre 2026

por | 5 octubre 2026

Una ciudad puede empezar de muchas maneras. Puede hacerlo alrededor de un río, de una carretera, de un puerto o de una plaza. En Madrid, estos días, una pequeña ciudad ha empezado con tiendas de campaña.

En la Puerta del Sol, una de las plazas más transitadas de la ciudad, cientos de personas han convertido temporalmente el espacio público en algo que empieza a parecerse menos a un campamento que a un barrio. Han tenido que llegar ellos y ellas para poner sombra en Sol.

Hay calles, plazas, lugares de encuentro, zonas de descanso, cocina, enfermería, asesoría jurídica, puntos de bienvenida y espacios de cuidados. El último recuento difundido desde la propia acampada hablaba de 1.283 tiendas y decenas de calles y plazas bautizadas por quienes las han ido organizando.

La imagen resulta extraña. Una plaza que normalmente atravesamos se ha convertido durante unos días en un lugar en el que quedarse. Y quizá ahí esté una de las imágenes más precisas de la crisis de la vivienda: para reclamar una casa, un grupo de personas ha tenido que construir una pequeña ciudad allí donde no estaba previsto que nadie viviera.

La acampada comenzó después del desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años cuya expulsión de la vivienda en la que había vivido durante décadas se convirtió en uno de los símbolos recientes de la protesta por la vivienda. A partir de entonces, Sol se transformó en el centro de una movilización que se ha extendido a otras ciudades y que ha mantenido el espacio ocupado durante días.

Plano de la organización urbana de la acampada de Sol. @GranMadrid.

Pero este artículo no va sobre la protesta. Tampoco sobre los decretos de vivienda que el Congreso rechazó esta semana ni sobre lo que vaya a ocurrir con la acampada en los próximos días. La pregunta es otra: ¿qué significa realmente tener una casa?

La pregunta parece sencilla porque todos creemos saber la respuesta. Una casa es un lugar donde dormir. Donde guardar nuestras cosas. Donde comer. Donde ducharnos. Donde cerrar una puerta y quedarnos dentro. Pero cuando la antropología habla del hogar, la definición empieza a complicarse. Home no es exactamente lo mismo que house. Una vivienda puede ser una estructura; un hogar es también una relación con un lugar. Está hecho de objetos, recuerdos, rutinas, vínculos, intimidad y una sensación de estabilidad. Algunos trabajos recientes incluso proponen pensar el paso de la vivienda al hogar y del hogar a la pertenencia como diferentes niveles de una misma experiencia espacial.

Eso significa que perder una casa no consiste únicamente en perder un techo.

Significa perder también la posibilidad de volver a un lugar que conocemos. El sitio donde dejamos las llaves. La mesa en la que comemos. El rincón en el que sabemos que nadie nos va a molestar. El supermercado al que vamos siempre. El vecino al que vemos desde el balcón. La ruta que hacemos cada mañana. Las cosas que dejamos en una estantería porque sabemos que seguirán allí cuando volvamos.

Una casa permite algo que parece insignificante hasta que desaparece: dar por hecho el mañana.

Por eso quizá la vivienda tenga tanto que ver con el tiempo. Habitar no consiste solo en ocupar un espacio, sino en poder permanecer en él el suficiente tiempo como para que algo se transforme en familiar. Una casa se convierte en hogar a través de la repetición. Volver. Dormir. Cocinar. Recibir a alguien. Guardar algo. Dejar algo para mañana. Hacer que un espacio empiece a acumular pequeñas huellas de una vida.

La investigación antropológica sobre las experiencias de las personas sin hogar lleva años señalando precisamente esta diferencia. El hogar no se reduce a tener un alojamiento: también está relacionado con estabilidad, identidad, protección, conexión y pertenencia. Una revisión sistemática publicada este año que reúne estudios cualitativos sobre personas con experiencias de sinhogarismo concluye que el hogar se describe como mucho más que refugio: es un lugar desde el que sentirse seguro, cuidarse, mantener vínculos y sentirse parte de una sociedad.

Quizá por eso las tiendas de Sol resultan tan interesantes desde el punto de vista arquitectónico.

Porque en cuanto un grupo de personas deja de estar simplemente reunido y empieza a permanecer, aparecen otras necesidades. Hay que organizar los recorridos. Decidir dónde se duerme y dónde se cocina. Separar espacios. Crear lugares de encuentro. Establecer zonas de cuidados. Pensar cómo se llega y cómo se sale. Aparecen calles porque las personas necesitan moverse. Aparecen plazas porque necesitan encontrarse. Aparecen límites porque necesitan intimidad.

La ciudad empieza a aparecer casi sin que nadie la haya dibujado de antemano.

Uno de los participantes en la organización de la acampada, Simón, comenzó precisamente a cartografiarla y llegó a identificar decenas de calles y plazas. La disposición de las tiendas dejó de ser completamente aleatoria y empezó a responder a necesidades concretas de circulación, encuentro y funcionamiento.

Es difícil no pensar entonces que una ciudad quizá empieza mucho antes que sus edificios.

Empieza cuando un grupo de personas necesita organizar un espacio común. Cuando aparecen recorridos, límites, lugares de encuentro y formas de convivencia. Cuando una plaza deja de ser solamente un lugar por el que pasar y se convierte en un lugar en el que ocurren cosas.

En ese sentido, la acampada funciona casi como un experimento involuntario de urbanismo. Durante unos días, Sol permite ver algo que normalmente permanece oculto porque ya lo hemos heredado: que detrás de cualquier barrio hay una enorme cantidad de decisiones sobre cómo compartir el espacio, dónde sentarse, dónde encontrarse, cuánto espacio necesitamos para nosotros y cuánto estamos dispuestos a compartir con los demás.

También permite ver otra cosa: lo rápidamente que una estructura puede convertirse en un lugar.

Una tienda de campaña es, en principio, solo una tienda. Pero una tienda en la que alguien duerme durante una semana deja de ser exactamente lo mismo. Dentro aparecen objetos personales, ropa, bolsas, fotografías, cargadores, comida, rutinas. Alrededor aparece otra tienda. Luego otra. Entre ellas surge un recorrido. El recorrido se convierte en calle. La calle conecta con otra. Y de repente aquello que parecía provisional empieza a tener algo parecido a una estructura urbana.

No porque las tiendas sean una vivienda. Precisamente porque no lo son.

Una vivienda estable no es únicamente una suma de funciones básicas. También es permanencia. Es privacidad. Es capacidad de decidir sobre el espacio. Es poder dejar una cosa donde está. Es saber que mañana probablemente seguirá allí. La literatura sobre hogar y sinhogarismo insiste en que incluso cuando una persona dispone de algún tipo de alojamiento, puede no experimentar ese lugar como hogar si carece de estabilidad, control, vínculos o sensación de pertenencia.

Acampada en Sol, con diversos carteles reivindicativos.

Quizá por eso la expresión “techo” se quede tan corta cuando hablamos de vivienda.

Un techo protege del frío y de la lluvia. Una casa permite otra cosa: construir continuidad.

Y esa continuidad tiene también una dimensión social. Los hogares no existen aislados de la ciudad. Una vivienda es una dirección, pero también una relación con un barrio. Está la persona que te vende el pan, el colegio al que vas andando, el parque donde juegan los niños, el portal en el que te cruzas con los vecinos. La casa no termina necesariamente en la puerta. Una parte de ella continúa en la calle.

Algunos estudios antropológicos definen precisamente el hogar como una construcción que se produce a través de prácticas, relaciones y vínculos con el lugar, y no únicamente mediante una estructura física.

Eso ayuda a entender por qué la crisis de vivienda tiene una dimensión que no cabe en una cifra de metros cuadrados.

No tener una vivienda estable puede significar no poder construir rutinas. No saber cuánto tiempo permanecerás en un sitio. No tener dónde guardar tus cosas. No poder invitar a alguien. No disponer de un lugar donde cerrar la puerta. No saber qué ocurrirá con tu barrio dentro de seis meses porque quizá tú ya no estés allí.

La falta de vivienda puede ser también una falta de futuro.

Y ahí la imagen de Sol adquiere otra dimensión.

Porque las personas que están allí no solo están reclamando un espacio donde dormir. Están reclamando la posibilidad de formar parte de la ciudad de una manera estable. El lugar desde el que poder construir una vida cotidiana que no esté permanentemente pendiente del próximo contrato, del siguiente aumento del alquiler, de una mudanza o de la posibilidad de tener que marcharse.

La contradicción es enorme: para reclamar el derecho a una vivienda, han tenido que demostrar primero que saben construir comunidad.

Han aparecido cuidados, organización, limpieza, alimentación, espacios de reunión y normas de convivencia. La propia dinámica de la acampada ha hecho visible algo que normalmente damos por descontado en cualquier barrio: que una ciudad no funciona únicamente porque existan edificios, sino porque las personas encuentran maneras de organizar la vida entre ellos.

Quizá esa sea la imagen que más nos debería interesar de Sol. No las tiendas entendidas como objetos, sino el espacio entre ellas.

Ese espacio que se convierte en calle.

Porque una vivienda puede ser privada, pero el acto de habitar nunca lo es completamente. Necesitamos a los demás para que una casa se convierta en parte de una vida. Necesitamos una calle. Un comercio. Un portal. Un banco. Un lugar donde encontrarnos. Necesitamos cierta distancia y cierta proximidad. Necesitamos poder estar solos y, al mismo tiempo, saber que hay alguien al otro lado.

La casa es un interior, pero también es una relación con un exterior.

Y quizá por eso la arquitectura de una ciudad debería preocuparse tanto por aquello que ocurre entre las viviendas como por las viviendas mismas.

En Sol, durante unos días, todo esto ha quedado expuesto. Una plaza se ha convertido en una ciudad porque unas personas necesitaban un lugar donde permanecer. Han aparecido calles sin urbanistas, plazas sin proyecto, equipamientos sin programa previo. Todo es provisional, pero casi todo responde a necesidades profundamente permanentes.

Dormir. Comer. Cuidar. Encontrarse. Descansar. Guardar cosas. Tener intimidad. Pertenecer.

No sabemos cuánto tiempo permanecerá esa ciudad efímera en Sol. Pero quizá no importe demasiado para entender lo que ha hecho visible.

Que una vivienda es mucho más que una vivienda.

Que un hogar no empieza necesariamente cuando levantamos cuatro paredes, sino cuando un espacio comienza a sostener una vida.

Y que una ciudad no es solamente el conjunto de edificios que vemos desde fuera, sino también la posibilidad de que alguien pueda decir, después de haber pasado por sus calles: aquí vivo.

Fotografía: D.R. Imagen de apertura: Plaza del Sol de Madrid con más de mil tiendas por el derecho a la vivienda.

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