La arquitectura enraizada de Crux y la casa de Felipa

1 abril 2026

por | 1 abril 2026

Es evidente que vivimos en dos países: uno urbano y otro rural. Las tensiones urbanas que aquejan a las ciudades nunca son las mismas que las del mundo rural. A una hora de Valencia, se encuentra Casas de Pradas, una aldea de 84 habitantes. Y en ella, Casa Felipa. Al habla con Alejandro García Pedrón, arquitecto de Crux Arquitectura.

«No lo sabemos con certeza, pero quizá la vida de Felipa fue la vida normal de una mujer de aldea. Una mujer que trabajó hasta la extenuación en la siega bajo el sol cruel del verano, que tuvo que levantarse a mitad noche para dar de comer a la caballería, que tuvo que vendimiar cepas chorreantes de rocío mañanero, que coleccionó hernias como un desagradable souvenir de un trabajo duro como pocos y que, en su madurez, tuvo que cuidar de padres y, en su vejez, de nietos», explica Alejandro G. Pedrón, quien junto a Raquel Solá y Carla Lucía Ruótolo, compone Crux Arquitectura, expertos en cuidar esa arquitectura enclavada en el entorno rural, donde ellos mismos predican con el ejemplo desde su estudio enraizado en esa misma comarca.

«De una manera sencilla, te diríamos que nuestra arquitectura está enraizada en el medio rural porque lo habitamos y nos sentimos parte de él. De una manera más elaborada, diríamos que nos gusta revindicar el territorio rural y nuestro entorno desde muchos puntos de vista: a nuestro modo de ver, la calidad de vida en el medio rural es mayor que en una gran ciudad, siempre y cuando haya unas condiciones materiales de vida suficientes, como acceso a sanidad, educación y servicios», nos contaban los arquitectos en esta entrevista.

Recuerdan los Crux que en tiempos de Felipa, el paisaje era duro, áspero, a veces indomable. «Había que recurrir a los diosecillos locales para que trajeran lluvia o evitaran el granizo. Por el contrario, su casa era su refugio, con su parte de enseñar y su parte de hacer. Seguramente, heredada en esas particiones salomónicas entre hermanos, que hacía que las casas compartieran músculos y huesos. Una casa oscura, estrechísima, frugal, con más parte para los animales que para las personas. Con ampliaciones intuitivas que, como abrigo sobre abrigo, iban enterrando en la oscuridad el humilde salón interior».

El desarrollismo y la mecanización del campo forzó a la prole de Felipa a salir y a ir olvidándose de medrar en esta tierra. «Este olvido, este dejar atrás esta vida dura, dejó en una lenta agonía su casa, que se fue disolviendo, del mismo modo que se disuelven los recuerdos. Un par de generaciones después, nos hemos dado cuenta de la pérdida cultural que supone el vaciado del campo, de que necesitamos el paisaje y de que hemos perdido una manera de vivir más cercana a nuestra naturaleza. Por ello, volvemos a mirar al campo hambrientos, con ganas de tocarlo, olerlo y comerlo».

La casa de Felipa se convierte ahora en una casa de bienvenida, adaptada a una visión contemporánea del habitar, que realiza un gesto heroico para atraer el paisaje a su interior, y que devuelve a la aldea una visión más alegre de la vida, apunta Pedrón.

El proyecto vacía el interior de la vivienda, eliminando particiones y forjados en lento riesgo de colapso y dejando la cáscara pétrea de medianeras y fachada. «Durante el derribo interior se comprueba que algunos tramos de medianeras no eran portantes, por lo que se trasdosa con un muro de bloque cerámico que asume dicha función. Estos tres muros quedan atados mediante la cubierta de madera inclinada, que, como un sombrero, se levanta para atraer los rayos de sol al interior».

En el medio rural no se parte de una carta de materiales, sino de un inventario vivo: lo que hay a mano, lo que resiste, lo que puede mantenerse. Cada textura añade una capa de tiempo y uso; en esa suma se reconocen las genealogías del entorno y se lee, a la vez, la historia del lugar y la posibilidad de un futuro. También se incorporan piezas diseñadas a medida, por ejemplo, taburetes modulares, una mesa trapezoidal, o un sofá cama: pequeñas ingenierías domésticas que refuerzan la continuidad entre arquitectura, oficio y lugar.

El recorrido de la vivienda comienza desde la calle de abajo donde, a través de un nuevo patio, se accede al interior. El plano del suelo, «como una topografía», va generando situaciones de uso y estancia hasta llegar al vacío central donde se ubican las pasarelas que conectan las plataformas.

«Las plataformas, ligeras, se entienden como esa pauta espacial, ese artilugio mínimo necesario, para poder albergar funciones. Nuevos usos aparecen, ¿se hubiera podido imaginar Felipa una sala de autocuidado (baño-spa)? Quizá, que lo podamos imaginar ahora nosotros, es un éxito. Finalmente llegamos a la terraza superior, un lugar donde contemplar las vistas y respirar».

La vivienda es, en cierto modo, un recorrido. Un recorrido hacia el exterior, las vistas, hacia el paisaje, hacia los amaneceres brumosos y hacia los atardeceres lilas. «Pero también un recorrido hacia nuestra cultura, hacia nuestro relato y hacia el interior de nosotros mismos», concluye.

Fotografía: Milena Villalba.

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