La importancia de llamarse Goerlich

5 febrero 2022

por | 5 febrero 2022

El primer Goerlich que llegó a Valencia lo hizo, nada más y nada menos, como cónsul del Imperio Austrohúngaro a finales del siglo XIX. La importancia estratégica y los intereses sobre Valencia como productora de cítricos, además de las diferentes relaciones comerciales entre la ciudad y el puerto italiano de Trieste, salida al mar de un imperio en plena ebullición, hicieron que la presencia de centroeuropeos en Valencia no fuera nada rara.

Esos burgueses nacidos del comercio de la naranja y su exportación, también constituían un mercado importante para la importación de bienes más refinados de decoración procedentes de Europa, como la cristalería de Bohemia, las lámparas y el mobiliario de tipo curvado, por ejemplo.

Aquel Goerlich, Franz, se instala en la ciudad, donde conoce a la valenciana Asunción Lleó y con la que tiene siete hijos. Nos interesa aquí, sobre todo, el hijo que nacía en 1886, Javier Goerlich Lleó, el arquitecto que iba a dar forma, en gran medida, a la ciudad de Valencia. La importancia de llamarse Goerlich.

El hijo del cónsul estudió en la Escuela de Arquitectura en Madrid y acabó la carrera en Barcelona, en plena efervescencia Modernista. En 1914 recibía el título de arquitecto en Madrid. A partir de su posterior llegada a Valencia, trabajaría sin parar hasta los primeros años de la década de los sesenta, configurando la fisonomía actual de la ciudad, donde proyectó las viviendas y las avenidas más modernas.

Suyo es el edificio del Banco de Valencia, el trazado de la Avenida del Oeste, la apertura de Poeta Querol, la prolongación del Paseo de la Alameda entre los puentes del Mar y Aragón, la avenida María Cristina, el Palacete Burgos, el ensanche de la bajada de San Francisco, actual Plaza del Ayuntamiento, y gran parte del diseño del centro histórico, además de 600 edificios emblemáticos.

Javier Goerlich (1886-1972) no tuvo hijos, sí muchos sobrinos, así que junto a su mujer, Trinidad Miquel, constituyó, en los años sesenta, la Fundación que lleva su apellido y que gestionaría su patrimonio. El objetivo de esa fundación, en sus inicios, era hacer un seguimiento a su colección pictórica y poner en marcha un premio de pintura (dotado de 7.500 pesetas, un dineral para la época), con el motivo de Paisajes urbanos de la ciudad condenados a desaparecer, qué visionario.

El premio tenía unas bases y una temática muy interesantes, pero la rigidez de los estatutos no permitía una convocatoria fácil de los miembros del consejo que debía organizar ese concurso, así que con el tiempo fue desapareciendo. Desde la Fundación, en la actualidad presidida por Andrés Goerlich, sobrino nieto del arquitecto, piensan a medio plazo recuperar ese premio aunque con otro formato.

 

«Hará 15 años me di cuenta que, pese a ser Goerlich un valor importante en la configuración de la ciudad, era un desconocido para la mayor parte de la ciudadanía. Desde la Fundación decidimos, un grupo de personas, dar a conocer a los hacedores de esa ciudad en la que hoy vivimos: Goerlich pero también sus coetáneos. Nada surge por generación espontánea, todo es fruto de una voluntad social en determinados momentos que es interesante conocer», explica Andrés Goerlich.

Andrés Goerlich nos recibe en su despacho, situado en un edificio de una de las zonas burguesas de la ciudad, la que rodea al Colegio Alemán y al Club de Tenis, cuyo zaguán es de un exquisito gusto sesentero diseñado por Martínez Medina y que escogemos como escenario para las fotos, «es exactamente igual que el interior del Club Náutico de Jávea, me siento como en casa cuando voy», sonríe. Aquí también tiene su despacho como Cónsul de Hungría, la otra labor, además de la de abogado, que también ejerce.

«A través de las redes, de publicaciones y conferencias, desde la Fundación damos a conocer la figura de Goerlich y también de la arquitectura valenciana del XX, además de reflexionar sobre determinados aspectos de la ciudad. La ciudad la debemos hacer todos, eso de hacer la ciudad desde los estudios de arquitectura en exclusiva o desde los despachos municipales es cosa de otros tiempos; ese modo de hacer ciudad más participativo debe ser real, no solo teórico», explica.

«Nosotros lo que queremos es alcanzar consensos y aportar, no lo contrario. No defendemos intereses económicos, somos un lugar de encuentro y entendimiento, con una clara intención divulgativa. La ciudad tiene que avanzar, por supuesto, pero tiene que basarse en el respeto a lo anterior. Una ciudad es más rica cuando puede compatibilizar todas sus capas de piel, lo viejo y lo nuevo. Eso da riqueza», apunta.

 

El legado del archivo de Goerlich es inmenso, porque su trabajo lo fue. «Por una parte su faceta de arquitecto particular con mas de 600 proyectos; luego su faceta como arquitecto institucional, municipal. En el Archivo Histórico Municipal, en el Palau de Cervelló, está toda su labor municipal y como arquitecto desde los años 30. Luego todo el archivo del estudio está depositado en los sótanos del Colegio de Arquitectos. Un gran coleccionista de Goerlich es el arquitecto Tito Llopis, que también ha legado al colegio parte de su colección; y luego, nosotros, desde la Fundación, que hacemos la labor de divulgación de esos materiales. La figura de Goerlich y de sus coetáneos es nuestro objetivo», explica.

Desde su visión de la ciudad, planteamos a Andrés Goerlich una serie de temas que tocan directamente al legado del arquitecto para conocer, como presidente de la Fundación Goerlich, su opinión:

Edificio del cine Metropol

Obviamente, apostamos por la conservación. El valor arquitectónico del edificio es importante pero también lo son los valores sentimentales, los históricos, los sociales. Ser el último cine en pie anterior a la República de esa Valencia donde el consumo en cultura era, principalmente, el cine. De aquella Valencia de cines no queda nada. Nosotros estamos por la conservación total. El Ayuntamiento está en negociaciones con la propiedad para salvar la fachada, pero eso sería lo mínimo. En esta Valencia moderna y vanguardista deberíamos plantear propuestas para que ese edificio histórico pasara a ser público, por eso nosotros hemos planteado en los presupuestos participativos que la Administración lo compre. Acaba de comprar el edificio de Correos, hace unos meses compró el Palacio de los Marqueses de Tremolar …

El propio edificio de los años 30 del Metropol ya tiene un valor importante. Y además, habría que darle un contenido. Esa fachada con las letras del cine, con esa tipografía que ya puso en práctica Goerlich en el primer teatro que construyó para Carceller en Ruzafa, El Nostre Teatre, y que son las mismas que había en el Horno Martí, propiedad de la parte materna de la familia de Berlanga: esas letras son historia de la ciudad.

La Valencia de los 30 estaba llena de una tipografía republicana a la vanguardia del diseño, no solo de Valencia, sino de todo el país. Valencia era vanguardista. Esos rótulos le daban una personalidad propia a la ciudad que se ha ido perdiendo. Quedan las de Refugio y las del Metropol. Respetemos ese vestigio de lo que fue.

 

Podríamos darle a ese Metropol un espacio que recuerde la Valencia de los cines, la potente producción audiovisual de la época, la productora Cifesa de la familia Casanova … recordemos a los magníficos actores y actrices valencianos; recuperemos, a modo de espacio cultural, un Museo Berlanga que rescate la figura de Luis y traigamos el archivo que está en Madrid, en la Filmoteca Nacional. De eso no habla nadie.

Ahora que se tiende a la descentralización, perfectamente podría estar el Museo Berlanga en el edificio del Metropol, con todo su archivo y con una sala donde hubiera constantes proyecciones de las películas del director valenciano. Se generaría un espacio original respecto a la temática, en un edificio con historia, a través de un contenido interesante y de calidad para ofrecer a propios y a turistas. Todos ganaríamos, pero para eso hay que tener determinación y una hoja de ruta clara en el aspecto de hacer ciudad.

El antiguo colegio mayor Luis Vives

El edificio del Colegio Mayor Luis Vives yo entiendo que nunca se debía haber cerrado en el año 12. Ha estado diez años abandonado, con el consiguiente deterioro. Todas las arquitecturas han de ir adaptándose a la realidad del momento pero eso no quiere decir que cada treinta o cuarenta años tengas que canibalizar un edificio. El Vives funcionaba muy bien.

Si analizamos la situación de las residencias de estudiantes del mundo, por ejemplo, vas a Oxford y las residencias son del siglo XVII o XVIII, y están iguales pero actualizadas. Son respetuosos con su entorno. En Alemania igual, son de los años 50 pero se conservan los edificios tal cual.

El Vives se cerró porque, desde un punto de vista económico, era un lastre para la la Universidad, pero en mi opinión era más un problema de gestión que de otra cosa. Había muchos gastos porque sus criterios de organización eran de la primera mitad del siglo (portero todo el día, cocineros, camareros …), si esos criterios se actualizan, la cosa cambia. Si había algo roto, pues bastaba con arreglarlo, no hacía falta rehacer de arriba de abajo el edificio.

El edificio ha sido un núcleo de cultura viva de la ciudad y, ahora, va a ser un lugar de oficinas y de administración. La Universitat tiene muchos sitios para hacer oficinas, quizá el Vives no es tan necesario como lugar para ese uso. A partir de ahí, mínima intervención. Vi el proyecto en el estudio de José María Tomás antes de la pandemia. Nos hubiera gustado una mínima intervención pero está siendo una rehabilitación agresiva, solo quedará la fachada, no resistirán los elementos interiores.

Durante un tiempo, incluso, temimos un derribo pero la rapidez en su declaración de Bien de Relevancia Local (BRL) por parte del Ayuntamiento lo salvó de la demolición. No es tan complicado proteger los edificios patrimoniales con un determinado nivel de protección, hablo del Metropol aquí, es solo cuestión de voluntad. La Universidad canibaliza, a menudo, sus edificios patrimoniales, lo ha hecho con las naves de Moreno Barberá, con la antigua Facultad de Derecho, con la actual biblioteca Joan Roglà … Vamos creciendo sobre nuestros propios derribos, a ver si somos capaces de evolucionar con respeto y sin aniquilar. Cuantas más capas de piel conservemos en la ciudad, más rica será.

Y hay que dar a la gente herramientas para proteger y valorar los edificios patrimoniales, porque si no se conoce no se puede respetar. Una cosa que es fácil, y que te encuentras en muchas ciudades, es el típico código QR en la fachada de los edificios históricos para que el paseante lo escanee y pueda conocer de quién es ese edificio, quién lo construyó … darle conocimientos e información para poder valorarlo. Esa labor de difusión debería hacerse por parte de las administraciones por toda la Comunidad Valenciana para generar esa base de conocimiento que conduce al respeto.

La plaza del Ayuntamiento

Con respecto a la plaza del Ayuntamiento, los actores implicados, ¿han podido expresar su opinión? en nuestro caso, nos enteramos tres días antes de acabar el plazo de consultas. El comité asesor de la Fundación Goerlich está formado por reputadas voces que algo tienen que decir respecto a la ciudad. La Fundación Goerlich, junto a Eina Cultural, editó un libro sobre la plaza donde se quería mostrar que la sociedad es capaz de opinar y de tener criterios dispares. Ahora estamos en un impasse de silencio, a ver cómo queda el tema.

La plaza no es solo la plaza, hay que ampliar la visión a todo ese espacio que, como mínimo, debe cubrir Ayuntamiento, Reina y San Agustín. Hay que repensar todo ese trozo, incluida la Plaza Ciudad de Brujas y la Avenida del Oeste. Pensar una estrategia teniendo en cuenta que ahí vive gente, que convive con la turistificación. ¿Qué ciudad queremos? ¿Qué comercio y qué imagen del comercio queremos? Eso hay que pensarlo porque nos creemos muy modernos pero la Plaza, hasta los años 80, tenía su originalidad y su personalidad, Barrachina, Balanzá … todo eso ha desaparecido, también los rótulos, los escaparates, los veladores … Esa farmacia de María Cristina que ahora es una tienda de bicicletas, que puede ser más rentable esa tienda que una farmacia, claro, pero no hacía falta que desapareciera su rótulo maravilloso.

Avanzamos hacia una «cutrerización». Nos vamos alejando en dos direcciones, algunos comercios sí tienen un diseño, una personalidad y un trabajo importante detrás, pero diametralmente opuesto también están, algunos establecimientos señeros que se vulgarizan. Como, por poner un ejemplo, la cervecería en los bajos del maravilloso edifico racionalista de Borso en la Avenida María Cristina, donde estaba la antigua tienda de tejidos. Desde un punto de vista estético es atroz. Barcelona por ejemplo tiene mucha protección con respecto a esto, allí no puedes ni cambiar una silla en determinadas partes de la ciudad con un valor patrimonial importante. En otros aspectos son más permisivos, pero aquí no hace falta pensar mucho, que lo de allá funciona, adaptémoslo y apliquémoslo.

La plaza debería ser pensada más a lo grande, yo soy partidario de la peatonalización total, es el devenir de los tiempos, todos los cascos históricos son peatonales. Eso hay que hacerlo ya o dentro de quince años, pero es imparable. Lo que pasa es que habría que hacerles la vida cómoda a los vecinos para que no se tengan que ir; que el turismo no ocupe alojado más del 20 % del centro y que, ese turismo, se reparta por otros barrios. Equilibrar.

Y tiene que opinar todo el mundo y, por consenso, generar un plan director que sea respaldado por todas las asociaciones cívicas y todos los partidos. Y ponerse a trabajar en ello. A partir de ahí, con esa necesidad de proyección de futuro, habría que convocar un concurso internacional. Que se hablara de Valencia para bien en todas las facultades de Arquitectura y en todas las publicaciones. El problema de los maceteros verdes es que se prolonguen en el tiempo, ese urbanismo táctico se podía haber hecho con vallas y sin apenas coste. Además, ha generado una polémica innecesaria. En 2027 será el aniversario de la Plaza del Ayuntamiento concebida como hoy en día, estaría bien acometer esa plaza del siglo XXI para esa fecha.

La Valencia que sí

Valencia, por su tamaño, es una ciudad maravillosa que te permite moverte andando, tiene un rico patrimonio, el mar, la Albufera, huerta, montaña… Tiene una gastronomía magnífica y la ciudad vive, tiene pulso, tiene vanguardia. Muchas veces somos masoquistas con respecto a nosotros, tenemos que querernos más y valorarnos más. Si somos capaces de eso, en poco tiempo podríamos ser referentes en Europa.

En el tema del diseño deberíamos de serlo, por ejemplo. Está la Capitalidad pero tenemos que crear esa hoja de ruta, favorecer que ese talento pueda vivir aquí y pueda desarrollar su creatividad. Del audiovisual, lo mismo. Con todas las series que se hacen y son, casi todas, en Madrid. Aquí se podrían rodar, pero hay que favorecerlo con legislación. Lo mismo con el tema del turismo, no solo de sol y playa; … todo eso requiere una planificación y un consenso para remar todos en la misma dirección. El contexto lo tenemos, ahora hay que mejorar el contenido, con calidad, originalidad y personalidad propia.

Fotografía: Eduardo Manzana.

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