La influencia de Le Corbusier en València. La arquitectura de Moreno Barberá

1 febrero 2020

por | 1 febrero 2020

Una obra arquitectónica de cierta envergadura es como una composición musical. Tomaré como ejemplo a Bach. El hombre escoge un tema y lo va desarrollando, y con cuatro instrumentos, no más de cuatro, expresa sentimientos de alegría, de tristeza, de emoción, de decaimiento… puede expresar lo que quiera, pero con cuatro elementos nada más. Lo que no cabría es que de repente en medio de un concierto de Bach apareciese un acordeón, que es lo que pasa en muchas arquitecturas. Hay arquitecturas que se convierten en un muestrario de materiales y de métodos de proyecto ¡Mal estilo! Aquí se cogía la sinfonía: esto es un terceto. Está el hormigón visto, el ladrillo de hormigón y la madera vista. Y de ahí no se sale. Todos los edificios, absolutamente todos los edificios que hay aquí, están hechos con esos tres materiales”.

Con este símil musical explicaba el arquitecto Fernando Moreno Barberá cómo articulaba los materiales en su forma de hacer y entender la arquitectura aplicada a sus construcciones valencianas, esas que vertebran la avenida Blasco Ibáñez y por las que ha desfilado una gran parte de los estudiantes universitarios de la ciudad, muchos de ellos sin saber que entraban cada día a aprender Derecho, Filosofía o Ingeniería Agrícola en unos edificios que representan en todo su esplendor al Movimiento Moderno de los años 50 y 60.

La huella de Mies Van der Rohe, con el tratamiento del acero y el cristal, y la de Le Corbusier, con el potente hormigón, quedaban plasmadas, en estos edificios universitarios. Se construía así una parte fundamental del patrimonio de la ciudad y un ejemplo magnífico de la mejor arquitectura hecha en València en el siglo XX. Es curioso cómo la arquitectura, que condiciona tanto la vida en sociedad, apenas se nos explica. Todos nos vemos afectados por los edificios, pero no estamos educados en materia arquitectónica para poder expresar las sensaciones que nos producen.

Como dice William J.R. Curtis, uno de los críticos e historiadores de arquitectura más importantes del mundo, “si se nos enseñara arquitectura en la escuela sería todo mucho mejor, habría mejores clientes, habría mejores alcaldes y el mundo, en general, mejoraría”.

Fotos: Eduardo Manzana.

Empecemos por el principio, retomemos a nuestro protagonista. Fernando Moreno Barberá (1913-1998) cursó los estudios convencionales de Arquitectura en Madrid e, inmediatamente después de haber obtenido el título, en 1940, comenzó su formación en Alemania, donde vivió un ambiente mucho más avanzado en materia arquitectónica, amplió sus conocimientos de urbanismo en la Technische Hochschule Charlottenburg de Berlín y, al año siguiente, en la Technische Hochschule de Stuttgart bajo la tutela del profesor Paul Schmitthenner, de quien aprendió la importancia de la técnica y los materiales.

Estuvo también trabajando con el profesor Paul Bonatz en los proyectos de ordenación urbanística y edificios públicos del Gran Berlín. Moreno Barberá pudo comprender, entonces, el monumentalismo al margen de las exigencias del mercado y, por encima de todo, el funcionalismo de esas formas, una idea acorde a los mandamientos del Movimiento Moderno.

Durante su estancia, donde también desempeñó el cargo de agregado cultural de la Embajada de España, entró en contacto directo con todo un panorama de discusión que enriqueció su visión arquitectónica del mundo. Al volver a España, tras casi cuatro años en Alemania, Moreno Barberá ocupó el puesto de arquitecto de construcciones civiles en el Ministerio de Educación, lo que le colocó en el punto de partida de gran parte de las edificaciones de la época en ese ámbito. Posteriormente, fue jefe de la oficina de arquitectura y consejero delegado de la Empresa Nacional de Turismo del Instituto Nacional de Industria, de ahí su trabajo en el Hostal de los Reyes Católicos (Hospital Real, s. XV-XVI) en Santiago de Compostela, o en el Hostal de San Marcos (Convento de San Marcos, s. XVI) en León, ambos convertidos en paradores nacionales.

Richard Neutra y Mies van der Rohe

En los años 50 es cuando se puede percibir un espíritu de búsqueda formal en Fernando Moreno Barberá, quien se vería influido por Richard Neutra y, sobre todo, por Mies van der Rohe, bajo cuyas ideas proyectó sus obras más significativas: la Facultad de Derecho (1956-1959), la Escuela de Ingenieros Agrónomos (1958-1967)​, los laboratorios de la Facultad de Ciencias (1959) y la Facultad de Filosofía y Letras (1960-1970),​ donde integraba los principios de Le Corbusier y del propio Mies van der Rohe.

Todas estas obras muestran una manera de entender lo moderno basada en la articulación, en el conocimiento de las ideas corbuserianas y en una aproximación al proyecto compleja y personal, que ya había acometido, por ejemplo, en el Centro de Investigaciones Calvo Sotelo en Madrid (1945). El conjunto arquitectónico valenciano va más allá de la importancia de cada uno de sus edificios para formar parte de una idea constructiva de lo que sería la avenida. El ideario de las grandes vías europeas seguía presente en este proyecto en el que Barberá también formuló una propuesta para continuar el Paseo al Mar, así se llamaba entonces Blasco Ibáñez, aunque finalmente no fue llevada a cabo.

En 1959, Moreno Barberá había sido pensionado por la International Corporation Administration en el marco de los planes de ayuda americana al desarrollo y la formación de técnicos en Estados Unidos,​ donde estableció contacto con Mies y Neutra, estudió su arquitectura y regresó a España dispuesto a dar un significativo impulso a su producción.​

En las obras anteriores ya había dejado ver su manejo de esos vocabularios así que Moreno Barberá prolongaría esta línea constructiva en un buen número de obras durante los años sesenta, como fue el Centro Nacional de Medios Audiovisuales (1964-1969) o la Universidad Laboral de Cheste (1965-1970): su obra adquiere así una posición de resistencia en la modernidad que tiene pocos paralelismos en la arquitectura española.

En la Universidad Laboral de Cheste​ (1965-1970), primero concebida al estilo de la Ville Radieuse, de Le Corbusier, y luego realizada con ciertos criterios organicistas, Moreno Barberá introdujo, además, un componente del neo-brutalismo, con grandes volúmenes de hormigón visto como el que ya había utilizado en la Escuela Técnica de Ingenieros Agrónomos de Córdoba​ (1964-1968), todo ello sin olvidar la importancia del espacio exterior. Al mismo tiempo, siguió cultivando su preocupación por los materiales y técnicas constructivas de la modernidad, pero atendiendo especialmente a la topografía, al clima, a la orientación, a la vegetación del entorno.

En los años 70, la firma de Moreno Barberá, imbuida de las ideas empresariales aprendidas en Estados Unidos, concibió sus oficinas como una consultoría que controlaba todo el proceso, con el objetivo último de conseguir una marca de calidad asociada a su nombre, y llegó a contar con 200 personas en plantilla, lo que lo situaba como el despacho de arquitectura más importante de España.

Desde mediados de esa década Fernando Moreno Barberá planteó proyectos a gran escala para otros países al igual que ya habían ensayado otros grandes nombres del Movimiento Moderno, una práctica que derivó hasta la misma disolución del Movimiento.

Pese a las excepcionales características de su obra, Fernando Moreno Barberá ha sido poco reconocido por parte de la crítica especializada dentro de la Historia de la Arquitectura. Tal vez, como señala el arquitecto Javier Domínguez (estudioso de Barberá, autor junto a Málek Murad de un reciente libro sobre su obra y organizadores de una completa exposición), por la carencia de un buen fotógrafo a su lado que transmitiese sus trabajos, aunque también por su escaso interés en compartir sus ideas mediante conferencias o publicaciones y por su poca presencia en la docencia universitaria. Digamos que primó su visión como planificador y gestor antes que su aportación en la tarea de formar, aunque también pesó, en la escasa recuperación de su figura, su papel como arquitecto del régimen franquista.

El año 2000 supuso un punto de inflexión en este sentido y se le rescató del olvido gracias a que, por una parte, se incluyó la Facultad de Derecho de Valencia en el Registro de Arquitectura Moderna 1925-1965 (DOCOMOMO Ibérico), con el reconocimiento que ello conlleva, y, por otra, Fernando Moreno Barberá von Hartenstein, hijo del arquitecto, donó el archivo profesional completo al Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia, abriendo nuevas posibilidades en la investigación de sus trabajos. Desde entonces, el estudio de la figura de Fernando Moreno Barberá se ha materializado en exposiciones, en tesis doctorales y en publicaciones. Actualmente, todas sus obras del Campus de Blasco Ibáñez están incluidas en el registro DOCOMOMO Ibérico.

El derribo de las naves y el Grant Award de Getty

En los últimos meses, la arquitectura de Moreno Barberá ha vuelto a ser noticia por dos razones, una buena y una mala; la buena afecta al Paraninfo de la Universidad Laboral de Cheste, ya que un equipo formado por profesores de la UPV ha recibido un Grant Award de la Fundación Getty dentro del programa Keeping it Modern, dotado de 170.000 euros, para diseñar un plan director de conservación y gestión de ese espacio. El proyecto lo dirige Carmen Jordá, catedrática del Departamento de Composición Arquitectónica de la UPV, y ha sido coordinado y redactado por Maite Palomares, Carmel Gradolí, Pasqual Herrero, Federico Iborra y Fernando Usó, todos ellos profesores del mismo departamento y especialistas en patrimonio moderno. Es la primera vez que un proyecto español recibe este reconocimiento.

La mala noticia, de gran actualidad en las últimas semanas, afecta a las naves posteriores de la antigua Escuela de Técnicos Agrícolas derribadas para llevar a cabo la ampliación del  Hospital Clínico. Voces profesionales, como el Colegio de Arquitectos o la Fundación Goerlich, claman por una protección mayor de este legado para evitar pérdidas de patrimonio de este tipo.

En cualquier caso, el paseante que recorra el bulevar del antiguo Paseo al Mar puede afirmar, sin temor a equivocarse, que está frente a uno de los episodios más brillantes del Estilo Internacional en la Península, donde el trabajo de Fernando Moreno Barberá reposa con toda su hormigonada y moderna grandeza en una de las avenidas con mejor tratamiento urbano de la ciudad. Como ha señalado el arquitecto Carlos Meri en alguna ocasión “considero que la obra de Moreno Barbera estaría hoy considerada por la crítica nacional e internacional como una de las obras cumbres de la Arquitectura Moderna, al nivel de la obra de Walter Gropius, Josep Lluis Sert, Oscar Niemeyer o Carlos Raul Villanueva”. Solo nos falta creérnoslo.

Fotografía: Eduardo Manzana

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