En Alicia en el País de las Maravillas los árboles parecen recortes de papel superpuestos y las formas de los fondos se vuelven planas. El bosque se convierte en una idea de bosque hecha de colores vibrantes. Ese mundo nació en la mente y el arte de Mary Blair, a quien Walt Disney llegó a decir: «Conoces colores de los que nunca he oído hablar».
Sin embargo, su trabajo dentro de la compañía no consistió en animar escenas ni en pintar los fondos definitivos de las películas. Su papel llegaba antes, en una fase menos visible pero crucial: imaginar, a través de bocetos y estudios de color, cómo debía sentirse visualmente un mundo antes de que otros artistas recogieran el testigo y lo materializaran.
Mary Blair (1911–1978) fue una artista y diseñadora estadounidense pionera vinculada durante años al estudio de Walt Disney. De hecho, había estudiado pintura en el Chouinard Art Institute de Los Ángeles, una escuela que durante los años treinta alimentaba con creadores a la industria de la animación de Hollywood. Tras graduarse trabajó principalmente como artista freelance, pues no estaba todavía integrada en el cine de animación. Realizó ilustración comercial y desarrolló su propia pintura, algo bastante común entre artistas jóvenes durante la Gran Depresión de 1929.
Además, antes de entrar en Disney el 11 de abril de 1940, pasó brevemente por otros estudios, entre ellos el de Ub Iwerks, uno de los pioneros de la animación —donde trabajó como animadora de color junto a su marido Lee Blair—, o la Metro Goldwyn Mayer Studio, en el que sería, tal y como ella señaló, su primer trabajo profesional como directora de color. Cuando Mary Blair llegó a Disney no era todavía una figura reconocida. Si bien sus gouaches no eran aún tan rupturistas como lo serían después, sí irrumpió como una pintora con una sensibilidad muy particular hacia el color.

Mary Blair revisando su trabajo en su estudio.
Su voz propia, sin miedo, su despertar, metamorfosis y libertad creativa explotaron del todo con su viaje a América Latina en 1941. Ella misma afirmó que fue allí donde logró encontrar su lugar dentro de la animación. Durante semanas esbozó paisajes, mercados y ciudades.
Por ello, en los cuadernos de Blair se aprecia un cambio inmediato: los colores se volvieron más intensos, las montañas se redujeron a simples bloques cromáticos y las ciudades aparecían como ritmos geométricos. Sus colores dejaron de describir el mundo para pasar a interpretarlo.
En 1943 haría de nuevo un breve viaje a Cuba y al año siguiente a México. Allí estuvo en la celebración de “Las Posadas”, unas fiestas navideñas que emulan el camino de José y María hasta Belén para el nacimiento de Jesús. En ella hay mezcla de tradición indígena con elementos coloniales: vemos piñatas, colores y niños que portan velas, que aparecerán más tarde en la atracción It’s a Small World que ella misma diseñó para los parques de Disney.
Sus compañeros decían de ella que era una investigadora nata: se metía donde hiciera falta y absorbía cada vivencia antropológica. Cuando regresó a California, ese nuevo lenguaje adquirido comenzó a filtrarse en el desarrollo visual de varios cortos y películas. Integró lo que había visto en la secuencia de la piñata de The Three Caballeros (1944), una de las pocas veces que realmente las imágenes conceptualizadas por Blair llegaron a la gran pantalla tal y como ella las había pintado.

Concept art de Mary Blair la secuencia de la piñata de The Three Caballeros.
Poco más tarde, Disney dejó atrás la influencia latinoamericana y comenzó a inspirarse en el folclore estadounidense. Precisamente fue a Nueva York donde se mudó en 1946, cuando su marido Lee fundó Film Graphics. Ella siguió trabajando en remoto para Disney, lo que parece indicarnos que Walt quería que Blair siguiera en la compañía a toda costa.
A finales de la década de los cuarenta, con el estudio recuperándose de la guerra, Disney decidió producir de nuevo largometrajes. Pero esta vez reclamó algo novedoso, que no recordase al primer clásico Blancanieves (1937). Para ello, recurrió de nuevo a Mary Blair y decidió incorporar su talento y estilo vanguardista en la película Cenicienta (1950).

Concept art de Mary Blair para Cenicienta.
En esta ocasión se le dio libertad creativa total. Esta se plasmó en personajes y fondos estilizados, con atmósferas mágicas y nuevas dimensiones y escenarios. En su forma de componer se pueden encontrar afinidades con artistas como Paul Klee, especialmente en la manera de convertir el paisaje en una estructura casi musical de formas y colores.
En muchas de las composiciones de Blair, los elementos del mundo —árboles, casas, montañas— se simplifican hasta convertirse en signos gráficos que se repiten y se organizan rítmicamente. En algunas de sus imágenes aparecen también ecos del arte naïf, cercanos al universo pictórico de Henri Rousseau: paisajes simplificados, vegetación convertida en patrones y una naturaleza que parece más soñada que observada.

Izq: Concept art de Mary Blair para Alicia en el País de las Maravillas. Dcha: El sueño (Henri Rousseau, 1910)
Walt insistió en que los animadores llevaran a la pantalla lo que Mary Blair había hecho en sus diseños. No quería que en su largometraje se viera lo que tradicionalmente se había hecho hasta el momento y se jugaba evitar la quiebra del estudio. Por tanto, se reunió con dos de sus mejores animadores ya que estos afirmaban no ser capaces de trasladar los diseños en dos dimensiones de Blair a la animación. Ken Anderson, uno de ellos, dijo a este respecto: «Intentamos seguir a Mary Blair muchas veces. Walt se enfadaba porque la animación no se parecía a lo que Blair había hecho. Era muy colorido, esa saturación de color durante tanto tiempo podía ser duro para los ojos».
Para entender por qué su estilo resultaba tan singular dentro de Disney hay que mirar también fuera del estudio. En sus pinturas aparece una libertad cromática que recuerda a la de Henri Matisse, donde el color no sirve para imitar la naturaleza sino para construir una emoción.
Los paisajes se organizan a partir de grandes masas cromáticas: cielos turquesa, sombras violetas, edificios amarillos que parecen irradiar luz. Blair no estaba citando conscientemente a estos artistas, pero compartía con ellos una intuición fundamental: el color podía organizar una imagen tanto como el dibujo.
Esa manera de simplificar el mundo la conecta también con el optimismo visual del diseño moderno de mediados del siglo XX. Mientras figuras como Alexander Girard o Charles y Ray Eames exploraban patrones, geometrías amables y combinaciones cromáticas audaces, Blair estaba introduciendo una sensibilidad similar dentro del cine de animación.
El importante director Wilfred Jackson afirmó que la huella de Blair, pese a no llegar intacta, sino más moderada o intuida, sí está en la animación final de las películas. Por ejemplo, en Alicia en el País de las Maravillas (1951) se observa su sensibilidad al color, al mundo y su forma de ver las cosas: su estilo particular en la creación de cada elemento gráfico, ya fuese un personaje o una simple nube. Fue su visión la que otorgó carácter, forma y personalidad a filmes tan reconocibles como aquel.

Concept art de Mary Blair para Peter Pan.
Finalmente, en 1953 y tras haber completado su trabajo para tres largometrajes, entre ellos Peter Pan (1953) y algunos cortos, Mary Blair abandonó la compañía del ratón. El final de su carrera estuvo marcado por su etapa como ilustradora de libros infantiles y como pintora.
Walt Disney volvió a contactar con ella para realizar la famosa atracción de Disneyland It’s a Small World. Blair la diseñó íntegramente, y la huella de todo lo que absorbió a lo largo de sus viajes dio forma a sus personajes. Se creó para la Feria Mundial de Nueva York de 1964 y, posteriormente, se integró en Disneyland California. Hoy está presente en todos los parques del mundo.

Mary Blair con Walt Disney trabajando en una maqueta de la famosa atracción.
Millones de espectadores han visto hoy paisajes, ciudades y personajes que nacieron en un inicio de sus pinturas. Mary Blair no ejecutaba las películas de Disney, les daba forma desde el mundo de las ideas, imaginaba de qué color podían ser sus mundos. No en vano, en 1991 fue nombrada póstumamente «Leyenda Disney».
El animador Marc Davis dijo respecto a ella: «Fue la más alucinante colorista de todos los tiempos. No creo que ni siquiera Matisse pudiera compararse con ella. Podía combinar los colores y simplemente cantaban».


