Algo se ha ido desvaneciendo en nuestra forma de habitar antes siquiera de haber aprendido a nombrarlo. No se trata de una transformación de la vivienda o de cambios en los estilos de vida, sino de una pérdida más sutil: la de aquellos gestos repetidos que organizaban el tiempo y encontraban en el espacio un aliado. Lo que el filósofo Byung-Chul Han identifica como la desaparición de los rituales es un fenómeno cultural que se presta también a una lectura arquitectónica. Esta deriva contemporánea no debe entenderse como un mero cambio de sensibilidad —que vendría a ser como culpar a quien consume en una sociedad de consumo— sino como un proceso con causas materiales muy concretas. No en vano, para Han, los rituales se definen como técnicas simbólicas de instalación en un hogar.
En un contexto de inestabilidad habitacional, donde el acceso a la vivienda es cada vez más complicado, la posibilidad misma de establecer rituales se ve comprometida. ¿Cómo construir arraigo o sentido de vida por repetición y familiaridad cuando el espacio es casi siempre transitorio, compartido o insuficiente?
Durante el desarrollo de la modernidad hace ya un siglo la vivienda se desembarazó de la parcelación para dar paso a otros conceptos espaciales, con muestras pioneras como la Casa Schröder (1924), de Gerrit Rietveld, casi un manifiesto construido que seguía los postulados vanguardistas de De Stijl.

Gerrit Rietveld, Schröder House ©Stijn Poelstra Centraal Museum.
Aunque aquel propósito intelectual para generar una nueva arquitectura cambió radicalmente la forma de proyectar, debemos reconocer que el yugo de la rentabilidad nos ha dado al común de los mortales un ecosistema de viviendas incómodas y troceadas. La alarma se enciende cuando se detecta que la parcelación nos conduce a la atomización, a simples habitaciones donde todas las funciones se superponen. No es una cuestión de especialización sino de imposición. Dormir, trabajar, comer o descansar ocurren en el mismo punto. Y esto no tiene nada de flexible, ni de romántico, hablamos de la eliminación de cualquier margen para la diferenciación.
Movilidad forzada, alquileres que suben sin límite, contratos breves, desplazamientos constantes. La vida se reorganiza una y otra vez en espacios que nunca terminan de ser propios. Esta condición introduce una forma de desgaste menos visible pero persistente: la imposibilidad de sedimentar hábitos. Cada mudanza interrumpe no solo la estabilidad física, sino también la continuidad de los gestos. Nos quedamos sin tiempo para construir significados, para que una mesa deje de ser un objeto anodino y empiece a ser “esa” mesa, la tuya. Sería como afirmar que sin la variable de la duración el espacio no termina de convertirse en lugar.
Por si fuera poco, incluso cuando existe cierta estabilidad, las condiciones de vida contemporáneas tienden a fragmentar el tiempo. Jornadas laborales extensas o irregulares, hiperconectividad constante, interrupciones y múltiples actividades superpuestas. Todo ello nos empuja hacia una ocupación desafectada del espacio, sin momentos memorables. El ritual, que requiere repetición pero también interrupción para digerirse, no encuentra fácilmente dónde instalarse.
En este sentido, la pérdida de los rituales no es una cuestión de desafección individual ni de abandono de la memoria cultural. Es el resultado de unas circunstancias que imposibilitan su aparición. Así, pedir hoy formas de habitar más lentas, más atentas o más significativas sin atender a estas condiciones materiales corre el riesgo de convertirse en un gesto elitista.
La pérdida de los rituales ha roto esa relación bilateral con una arquitectura formulada como una respuesta precisa a formas de vida diversas, de costumbres, tiempos compartidos y significados reconocibles.
La abuela Neli comprendía y vivía su casa. La salita no era una simple estancia más: era el lugar reservado para la hora del Ángelus o del rosario, siempre acompañada por la radio. A esa hora, en ese espacio, se establecía una especie de pacto silencioso: nadie debía molestarla. Y no hacía falta explicarlo. La arquitectura, en ese caso, era un marco contextual.

La abuela Neli en su salita © Mireia Muñoz Vidal.
Si estaba en el salón, sin embargo, todo cambiaba. Era otro momento, otra disposición del cuerpo, otra forma de estar. Allí había conversación, compañía, meriendas con nietos y nietas, risas mientras ella desde su silla supervisaba que cada cual estuviera bien a gusto. Otro espacio, otro ritual. Las estancias no eran radicalmente distintas pero pertenecían a un orden simbólico que diferenciaba no solo usos, sino tiempos y hasta actitudes.
Lo que parece anecdótico revela una estructura más profunda: la de leer la casa como una secuencia de intensidades, como un sistema de umbrales donde cada habitación modula una experiencia. La arquitectura puede participar activamente en la construcción de esos pequeños rituales cotidianos, sosteniéndolos, acotándolos y haciéndolos legibles.
Ahora bien, esa relación entre espacio y ritual, que en lo doméstico hoy parece diluirse, sigue resistiendo en aquellos lugares donde la arquitectura todavía asume una dimensión simbólica. Por ejemplo, los templos siguen organizándose por secuencias. No se entra sin más: se atraviesa un umbral, se desacelera el cuerpo, cambia la luz, cambia el sonido. El recorrido no solo acompaña el ritual, lo produce.
En otros contextos culturales, incluso los actos más cotidianos conservan esa intensidad. En los baños tradicionales japoneses, los onsen, lavarse deja de ser un gesto automático del día a día para convertirse en una práctica estructurada en fases, casi coreografiada. Allí el espacio no optimiza el uso del tiempo: lo dilata, lo espesa. Lo mismo sucede con su ceremonia del té.
En las viviendas tradicionales de Japón, de hecho, existe un espacio destinado a la contemplación, que actúa como el foco artístico del hogar: el tokonoma, un espacio en forma de nicho que está donde debe estar, y no en otro sitio.
Con todo, fuera de estos ámbitos, la mayor parte de los espacios contemporáneos parecen haber renunciado a esa condición ritual. Todo está disponible, pero nada se entiende. Se habita en una simultaneidad constante donde los actos no encuentran un lugar propio.
La cuestión no es recuperar rituales perdidos en sentido estricto —como si mirar hacia atrás tuviera valor en sí mismo—, sino preguntarse si seguimos deseando una arquitectura que garantice la posibilidad de permanecer. Si los espacios deberían sostener y garantizar el arraigo cuando la vida se desplaza constantemente.
Si todos los lugares son provisionales, también lo son las experiencias. Y entonces ya no hay salita ni salón: solo un continuo donde todo pasa, pero nada termina de ocurrir.


