Asociamos el movimiento con la vida. La pausa es considerada un estado de letargia, un sinónimo de inerte. Sobre esta cultura de la activación, se ha construido durante las últimas décadas un estilo de vida que rechaza la interrupción e incluso el paréntesis. Así, sobrevivimos en un continuo donde todo parece diseñado para conducirnos inmediatamente hacia otra cosa: otro lugar, otro contenido, otro estímulo. Espacios intermedios y nostalgia liminal.
La necesidad de las transiciones, y de detenerse en ellas, se hace evidente con la sola existencia de los tan humanos ritos de paso. La tolerancia al cambio, o su asimilación, depende en gran medida de cómo este se produzca. Frente a ello, la contemporaneidad parece haber reducido esta experiencia al mínimo indispensable. La cultura del scroll se nutre, precisamente, de la dificultad para dar espacio a una interrupción sosegada.
Esta sensibilidad hacia los espacios de transición puede estudiarse hoy desde varias aproximaciones. Una evidencia clara es la realidad construida: la arquitectura ha comprendido tradicionalmente el valor del espacio intermedio, no como una zona residual o de circulación sino como un lugar para el acontecimiento y la pausa, un umbral para la experiencia cotidiana.
A nivel doméstico, contamos con el caso de la vivienda japonesa, donde espacios como el engawa, una franja habitable con cerramientos practicables situada entre el interior doméstico y el exterior, lejos de separar de forma tajante dos condiciones opuestas, media entre ellas. El espacio privado deja entonces de definirse únicamente mediante límites para hacerlo también a través de gradaciones.

El engawa ensancha la piel exterior de la vivienda japonesa tradicional.
Estos umbrales permiten desacelerar la experiencia y suavizar el cambio. La gestión de la luz natural, la experiencia de la lluvia o la variación térmica se perciben aquí progresivamente, nunca de forma inmediata. Pero, ante todo, hablamos de una mayor conciencia de paso, una preparación sensible para el cambio de estado. En este sentido, los espacios intermedios no sólo articulan recorridos físicos, sino también psicológicos.
A nivel urbano, la conciliación de lo privado y lo público abre otra oportunidad para generar un lugar intermedio donde coexistan dos realidades que contribuyan a la generación de recuerdos individuales y colectivos. Es el caso, por ejemplo, de los espacios in-between de Aldo Van Eyck o de las “zonas de borde” que propone Jan Gehl en Life Between Buildings.
Estos lugares, muchas veces consecuencia del diseño arquitectónico sin ser necesariamente parte activa del mismo, se desvelan como pliegues que se activan cuando el individuo se identifica y asocia con ellos. Sería el caso de bancos, soportales, escalinatas o pequeños rincones urbanos donde la ciudad desacelera momentáneamente y permite formas espontáneas de encuentro, observación o descanso.
La necesidad de encontrar esos terceros espacios se hace más urgente que nunca. Es más, el auge de la narrativa cozy, de cafeterías coquetas y librerías de barrio como refugio en las grandes ciudades puede entenderse como otro síntoma de esa necesidad de pausa. En este contexto, podemos asemejar lo liminal con obras como “La cantina de medianoche”, del mangaka Yaro Abe, un compendio de pequeños relatos contemporáneos —adaptado, además, a serie— que hace las veces de crónica social japonesa en un rincón urbano abierto solo durante la noche. En el pequeño local se condensa un microcosmos de vidas del Tokio más outsider, un umbral temporal donde el transcurso de las horas parece seguir otras reglas.
Por otro lado, tampoco resulta extraño que determinadas imágenes de espacios inciertos y deshabitados hayan comenzado a adquirir una resonancia particular en internet. Hoy en día se están extendiendo clips que sugieren espacios liminales como lugares de tránsito, como pequeñas cápsulas de suspensión emocional. Algo así como los umbrales físicos trasladados a una realidad cada vez más inmaterial.
Si bien a menudo se relaciona lo liminal con cierta inquietud, las imágenes a las que nos referimos no producen exactamente desazón o miedo, sino una forma difusa de recuerdo y descanso, de zona de confort.
Entre el océano de vídeos cortos, emergen secuencias en loop donde podemos ver personajes en 8 bits en torno a una hoguera o cabañas tenuemente iluminadas en noches púrpuras, por citar algunos ejemplos. Estas imágenes de lugares suspendidos generan una atracción tan inesperada como compartida y también se están difundiendo como lugar común para la práctica de la nostalgia, sobre todo de la generación milenial.

Frame de un gameplay en «Ciudad de Paso» en el videojuego Kingdom Hearts.
En ese sentido, en el reconocido videojuego Kingdom Hearts uno de los enclaves más recordados y queridos es “Ciudad de Paso” (Traverse Town), un acogedor escenario en el que se refugian los habitantes de los mundos que han sido destruidos, una suerte de hogar temporalmente compartido y un campamento base para protagonistas y jugadores. También de Kingdom Hearts es uno de los menús de inicio más míticos de la historia de los videojuegos, ampliamente reconocido como un espacio en el que detenerse.
Lo interesante es que muchos de estos escenarios digitales reproducen, de forma involuntaria, la lógica del umbral arquitectónico. Ofrecen un contexto, simplemente permiten estar. Funcionan como pausas dentro de un entorno diseñado para la no interrupción.
En definitiva, aunque sus formas sean distintas —la física y la digital—, ambas expresiones parecen responder a una misma necesidad contemporánea: la de encontrar espacios donde el tiempo pueda desacelerarse momentáneamente, donde la incerteza sea un terreno fértil. Ambos introducen una novedad poco frecuente en la actualidad: la suspensión del ritmo dominante, ya sea por dilatar el tiempo o por interrumpirlo.
Los espacios liminales nos generan una particular forma de nostalgia, pues parece existir cierta inclinación humana hacia habitarlos. No añoramos la existencia de esos umbrales, echamos en falta aquello que nos hacían sentir. Tal vez la pausa o la transición no sean únicamente paréntesis en el recorrido, sino también la apertura momentánea de un abanico de posibilidades. Porque mientras permanecemos entre dos estados, ninguno termina de imponerse sobre el otro; y esta ambigüedad es, al fin y al cabo, un síntoma de que cualquier cosa es posible.


