Hay una ciudad que desaparece sin hacer ruido. No la derriban excavadoras ni la sepulta una catástrofe natural. Se va borrando poco a poco, con la eficacia de quien sabe que las transformaciones más profundas son las que nadie advierte.
Un día retiran un banco. Otro, una sombra. Después, una fuente. El quiosco cierra. La plaza se llena de terrazas. El comercio de toda la vida deja paso a una franquicia idéntica a la de cualquier otra ciudad. Todo empieza a resonar a escenario. Nada parece demasiado grave por separado, pero un día levantas la vista y descubres que ya no sabes dónde estás. No porque hayan cambiado las calles, sino porque han desaparecido los puntos de anclaje y se ha diluido la geografía de nuestras pequeñas certezas.
«Ahí había siempre un señor sentado». «Aquí había un ficus». «Esta esquina la reconocía porque había una ferretería». Seguimos caminando por esas mismas calles, pero ya no encontramos aquello con lo que nos orientábamos. Se trata de una extraña forma de duelo, casi un duelo cognitivo, un enfrentamiento donde se tambalean unas estructuras mentales que nunca creímos que veríamos cambiar. Esta afección es una realidad, pues la ciudad no es una abstracción, ni mucho menos un conjunto de edificios. Es una geografía emocional.

Monumental y mítico ficus que da la bienvenida a la Gran Vía Fernando el Católico de València © Pepe Palau (vía Flickr).
Ahora bien, para mantener una ligazón con la ciudad y hacerla propia tampoco vale cualquier espacio público. Ni que una plaza sea (o parezca) bonita, ni que estrene mobiliario. La calidad urbana de los lugares se encuentra en otras virtudes: en si nos permite mezclarnos, descansar, permanecer, incluso protestar. A propósito de la apropiación de lo urbano, recordamos la reciente resignificación otorgada a la Plaça de la Mare de Déu de València como “Plaça de l’Educació Pública” en el marco de la huelga educativa del profesorado, que recuerda a otros casos populares como el de referirse a la Puerta del Sol de Madrid como “Plaza del 15M”.
Pero no todo depende de lo que suceda en los nodos. La urbanista Jane Jacobs defendía que la calidad de una ciudad no dependía de sus grandes proyectos, sino de la intensidad de la vida que ocurría en sus calles. Una buena ciudad, por tanto, era aquella que invitaba a quedarse, a sentarse un rato sin la necesidad de consumir, a cruzarse con vecinos y desconocidos, a hablar o, simplemente, a perder el tiempo. En definitiva, a vivir sin producir.
Para Jacobs, las calles no debían ser simples lugares de paso, vías circulatorias que nos transportan de un punto a otro sin instarnos en absoluto a permanecer. Hoy, todo en ellas parece invitarnos a un movimiento casi nervioso. Tanto es así, que permanecer en el espacio público sin un motivo productivo o consumista empieza a resultar extraño, un acto casi revolucionario.
Sin embargo, el problema no debe prestarse únicamente a una lectura en términos de uso, pues también se ve afectada la identidad misma de la ciudad. La socióloga Sharon Zukin ha escrito y reflexionado sobre la ciudad contemporánea como una imagen que se mantiene a modo de escenografía. La autenticidad del barrio se sirve como un producto mientras se sustituye la vida y los hilos que le daban sentido. Es entonces cuando llega esa sensación, la de sentirse figurante de un parque temático, un extra. La compleja experiencia de sentirse turista en tu propia ciudad, esa que ahora, libre de escrúpulos, parece expulsarte.

La Plaça del Dr. Collado de València es una ínsula latiendo en el interior de una olla a presión © Dominio Público (vía Flickr).
Esta pérdida de singularidad, consecuencia de la homogeneización capitalista, no responde necesariamente a una ausencia de planificación urbana —pues la hay—, sino a un cambio de prioridades en su proceso de concepción, donde se prefieren los indicadores de conexión, rentabilidad, consumo o seguridad. En este contexto, la desaparición de nuestro banco no responde a criterios estéticos, ni siquiera funcionales. Así, las infraestructuras de convivencia o permanencia son consideradas inútiles —en sentido estricto— y, dado que no producen, se convierten en prescindibles y susceptibles de ser eliminadas.
Al mismo tiempo, la legibilidad de las ciudades no depende tanto de la facilidad para identificar sus trazas como sí de nuestra capacidad para hacer una lectura propia. Y es en esa pluralidad de emociones donde la ciudad se activa y adquiere una idiosincrasia única. Pero para garantizar una geografía urbana sustentada en el arraigo, la ciudad no puede olvidarse de ofrecer una oportunidad a esos usos que son considerados improductivos.
Con la ausencia de nuestro banco se perderá el rastro de un primer beso, de una espera inquieta, de una conversación memorable y de tantas otras experiencias íntimas que han contribuido a conformar nuestra memoria como urbanitas, acercándonos al riesgo que supone pedir permiso para transitar nuestros recuerdos, para volver.


