César Castells ha quedado a almorzar con sus ex compañeros de trabajo F. y C. en el Palau. Un bar clásico del barrio del Carmen donde se dan cita trabajadores de las instituciones públicas y privadas (religiosas y laicas) de los alrededores.
César Castells se sienta en una mesa libre que hay en el interior, al lado del pozo, un vestigio del pasado que conecta directamente con los tiempos del Regne de València, anticipándose a los deseos de F., que siempre intenta coger sitio cerca del símbolo del pueblo que fuimos y somos; para que podamos oír el eco de nuestros orígenes, dice F., cada vez que tiene oportunidad (en valencià, clar: perquè pugam sentir l’eco dels nostres origens).
César Castells intenta pedir una manzanilla pero el camarero ignora su presencia, echa un vistazo a la clientela y reconoce en caras y cuerpos un tipo concreto de estrato social, con inquietudes, problemas y deseos bien similares; sin contar, claro, con aquellos que están detrás de la barra, que pertenecen a otro mundo. Un mundo del que salen para servir manjares, tentaciones terrenales, y recoger monedas, y al que vuelven para descansar y olvidarse de todo lo que han visto y oído.
Por la puerta entran F. y C., y para sorpresa de César Castells detrás de ellos va Shoppy. Nos lo hemos encontrado por la calle, explica C., le hemos dicho que habíamos quedado contigo y nos ha dicho que él también. César mira a Shoppy con cara de pocos amigos. Molt bé, al costat del pou, dice F., m’agrada que tingues en compte les nostres arrels (muy bien, al lado del pozo, me gusta que tengas en cuenta nuestras raíces). Hemos llegado un poco tarde porque en la Plaça de la Verge no cabía ni un turista más, como descubran este bar, se acabaron los Blanc i Negre amb Faves.
Si hay un lugar donde la Valencia actual pueda mirarse al espejo de la Valencia de los años ochenta es este. El local parece una fortaleza sitiada por locales especializados en cafés de autor y thé matcha, tostadas de tomate y aguacate, supermercados express, pizzerías, arrocerías, heladerías y postalerías. Fijándonos en este panorama, cuesta imaginarse la Valencia de los ochenta: terrosa y sin asfaltar, minada de descampados abandonados, sucia, destartalada, en vías de desarrollo pero con un centro efervescente, lleno de vida autóctona donde podías comprar cualquier tipo de animal doméstico en una plaza redonda atestada de gente. Sense oblidar les putes i els ionquis, apunta F. a la reflexión de César Castells que añade, tienes razón, sin olvidar las putas, los yonquis y el rastro; los turistas hubiesen huido despavoridos ante semejante dosis de realismo sucio, acostumbrados como están hoy en día a pasear por calles, callejuelas y callejones políticamente correctos y saturados de mercaderes atentos a complacer cualquier deseo que se pueda satisfacer con una cartera repleta de euros, o de dólares, o de yenes, cualquier moneda vale, todas las mercancías, incluso la vivienda, a precio de turista.
César Castells comenta todo esto con su excompañeros bajo la atenta mirada de Schoppy que no pierde la oportunidad de apretarse un bocadillo de Blanc i Negre amb faves a costa de los demás siempre que puede y César Castells sentencia, fue a finales de los 80s con la entrada en la Unión Europea y sobre todo en los 90s cuando el barrio del Carmen empezó a venirse abajo, todos querían huir de esos edificios antiguos en descomposición, en busca de los apartamentos y adosados en el extrarradio de la nueva modernidad valenciana; solo se quedaron los que no podían huir, los valientes, los visionarios, los okupas, los yonquis, las putas y los nostálgicos.
El camarero por fin les atiende y Schoppy se pide un bocadillo de Blanc i Negre amb Faves. C. mira a César Castells y dice, ¿le vas a pagar tú el almuerzo a Schoppy, no?, el otro día te fuiste y lo tuve que pagar yo. Eso, César, no tengas tanto morro, no somos la Generalitat, no tenemos por qué subvencionarte un mentor por muy inteligente que sea y por muy necesitado que estés de una formación tardía por no haber encontrado en tu juventud tu vocación. A ver amigos, yo no tengo la culpa de que, por no tener un mentor, mi formación haya sido como un ventilador esparciendo mierda en todas direcciones, a pesar de mi adicción por la palabra desde adolescente, nunca he conseguido pertenecer a gremio o profesión; los músicos me decían que era escritor, los escritores que era bibliotecario, los bibliotecarios que era dramaturgo y los dramaturgos que era músico, podréis entender lo importante que es para mí tener un mentor que me ayude a concretar por fin cuál es mi verdadera vocación; y sabéis que os estoy inmensamente agradecido por ayudarme a sufragar las necesidades materiales del tragaldabas de Schoppy, que, sí, es un filósofo insuperable pero no me negaréis que de asceta tiene poco, por lo menos en lo que se refiere a la comida.
El camarero sirve la manzanilla, dos bocadillos de calamares con alioli y el de Blanc i Negre amb faves para Schoppy, una cerveza con alcohol y dos sin. C. pregunta, ¿vas a seguir mucho tiempo con las manzanillas?, como sigas así vas a darte otra vuelta al cinturón. César Castells va a contestar pero Schoppy traga un bocado del Blanc i Negre amb faves y exclama, me gusta tu bicicleta, C., ¿me dejarás montarla algún día?
C. pega un bocado y no contesta, César bebe un sorbo de manzanilla y F. le da un trago a su cerveza sin alcohol. ¿Y cómo sabes tú que C. tiene una bicicleta?, pregunta César, Porque lo veo todas las mañanas pasar por delante de la parcelita que tengo en el parque de la calle hospital. Si vols et deixe la meua, propone F. (si quieres te dejo la mía). No, la tuya, no, que es de hippis, yo quiero dar una vuelta con la de C. que es eléctrica y va sola, venga, aunque sea dar una vuelta alrededor del Palau de la Generalitat. Uy, donar una volta al voltant del Palau de la Generalitat, diu, exclama F., com no t’afanyes, els professors de l’escola pública l’hauran cremat (Uy, dar una vuelta alrededor del Palau de la Generalitat, dice, exclama F., si no te das prisa, los profesores de la escuela pública lo habrán quemado). Schoppy, deja tranquilo a C. y a su bicicleta, no sé por qué les has dicho que habías… César no puede acabar la frase porque Schoppy dice, toma, tengo esto para ti, y saca de su tote bag del festival de filosofía Avivament, el Manual estoico de Epicteto. Si le das ese libro a César su cuerpo se deshará como un azucarillo bajo la lluvia, interviene F., ¿quieres ser tú su mentor?, amenaza Schoppy, porque si quieres ser su mentor, todo tuyo. No, no, dios me libre, retrocede F., yo ya tengo bastante con lo mío, todo tuyo, todo tuyo, Schoppy, adelante dale ese Manual estoico, dáselo pero, César, te digo una cosa, esta semana nos va a tocar el euromillón y lo de encontrar tu vocación dejará de ser una preocupación para ti. Schoppy le da el libro a César Castells, con la mano libre agarra al camarero que en ese momento pasa por detrás de él y pregunta: ¿vais a tomar café?, yo me tomaría un café. Yo, un cortado, responde C., descafeinado. Yo también, añade F. El camarero toma nota.
El bocadillo de Blanc i Negre amb faves tiene un puntito picante que te pide de inmediato algo dulce para compensar, explica Schoppy. Hablando del euromillón, comenta C., no nos olvidemos de cobrar los cien euros que nos tocaron la semana pasada, y saca un boleto del bolsillo. Schoppy, lo mira con deseo y exclama, ¡cien euros!, hace tanto tiempo que no veo tanto dinero junto, con ese dinero podría comprarme una bici como la tuya. Ya quisieras tú, se mofa C., ya quisieras, y agita el boleto en el aire cerca de la cara de Schoppy, quien no pudiendo resistirse se abalanza sobre él. C. esquiva el ataque de Schoppy pero no puede evitar que el boleto salte por los aires acercándose a la boca del pozo, todos se levantan a la vez para cogerlo antes de que caiga por el agujero, incluido Schoppy que se ha repuesto del quiebro de C. y al levantarse se ha chocado con el camarero que llevaba dos bocadillos de tortilla de patatas con alioli y otros dos de blanc i negre amb faves. Shoppy sale rebotado del choque con el camarero y no puede evitar empujar a C., que empuja F., que empuja a César Castells, que justo cuando ha cogido el boleto, logra agarrarse de F., que a su vez logra agarrarse de C., que, in extremis se aferra de Schoppy antes de caer, y Schoppy, cogido de C., en vez de hacer fuerza para evitar que todos sean engullidos por la oscuridad, impotente ante su propio impulso, propicia que todos se precipiten por el agujero.
Algú pot encendre una llum?, pregunta F (¿Alguien puede encender una luz?). Los móviles no funcionan, dice F. Yo me lo he dejado arriba, comenta César Castells. Creo que llevo una cajetilla de fósforos por aquí, interviene Schoppy. Hem caigut al fons del pou! (¡Nos hemos caído al fondo del pozo!). Schoppy enciende una cerilla, los cuatro ven sus caras en la penumbra y una ráfaga de aire fresco que viene del lateral apaga la llama. Al tomar conciencia de la situación todos, excepto Schoppy, piden auxilio.
(Continuará)
*Néstor Mir es bibliotecario, músico, dramaturgo, escritor y dinamizador cultural. Tras pasar por diversos departamentos de la Biblioteca Valenciana (Fondo Antiguo, Proceso Técnico y Hemeroteca), por la Biblioteca del Col·legi Territorial d’Arquitectes de València y ser encargado de la sección infantil-juvenil en la Biblioteca Pública del Estado de València y de la gestión de las actividades culturales hasta 2022, pidió una excedencia para poner en marcha el proyecto BED (Biblioteca Expandida Deslocalizada), centrada en afrontar la transformación de la biblioteca pública en el siglo XXI. Actualmente, ejerce la Jefatura de Sección del Archivo Central de Presidencia de la GVA. Aquí escribió sobre la Biblioteca Gabriel García Márquez y su visión como tercer lugar.








