El pueblo del Cabanyal, que ahora es poblado nómada, pudo salvarse. Fundamentalmente porque lo salvaron: los imposibles responden a una voluntad casi demente, nunca se dan por inercia. Activistas reducidos en un primer instante a la categoría de grupúsculo y después alzados como héroes, sujetaron las casas, los patios, sujetaron los árboles, se sujetaron entre ellos mientras todo a su alrededor parecía caerse por el acoso urbano de una administración capturada por los cárteles inmobiliarios. Algunos trozos del pueblo se vinieron abajo, perdidos entre las manos, como la Casa de la Palmera. Acoso, ocaso.