Graduada en Arquitectura y Arte y Diseño, Empar Juanes (Valencia, 1990) se ha especializado en joyería y fusiona diversos conocimientos en su práctica artística, transformando piedras preciosas en bruto en delicadas obras escultóricas que parecen flotar entre lo tangible y lo etéreo. Sus broches, collares y accesorios han sido objeto de exposiciones en España, Alemania y Países Bajos. Ha ganado el premio Herbert Hofmann, el galardón más prestigioso en el ámbito mundial en el sector de la joyería, y fue finalista en los Loewe Craft Prize el año pasado.
Le pedimos que nos cuente qué tiene que tener un buen día de verano para ella.
Un buen día de verano
Vivo en el campo. En mi casa estudio en Llombai, entre las paredes anchísimas de piedra de hace más de doscientos años, donde la ventilación cruzada a horas estratégicas permite que mi patio interior, de 3×3 metros y muy vertical, en el que casi no entra el sol directo, me proteja del calor y aún sobrevivo sin aire acondicionado.
Aun así me levanto temprano. Me gusta aprovechar el sol bajo y pasear por la montaña a Boira, mi perrita de casi dos años, que adopté tras la dana, con su energía inagotable. En esta zona de la Ribera Alta es donde acaba todo el territorio totalmente plano de L’Horta Sud y empieza el terreno más montañoso. Me encanta perderla de vista mientras corre barranco abajo entre los pinares y yo disfruto de las vistas largas hacia la zona de Montserrat, Torís, Dos Aigües…
Siento que estos últimos tres años, desde que volví de Alemania, han sido un auténtico torbellino profesional: afianzarme como artista, emprender como docente en PEDRA Casa Estudi y seguir colaborando como arquitecta. Sé que no me puedo quejar, pero algunos sabrán lo demandante que puede llegar a ser el circo del multiempleo creativo.
Así que hoy estoy especialmente contenta porque me he tomado el día libre. Libre de Archicad, del concurso de arquitectura que tengo entre manos, de las reuniones de dos horas en alemán, de editar las fotos del último shooting de mis piezas, del borrador del reel del último workshop que impartí, de responder DMs, la newsletter, las actualizaciones de la web, las facturas, los emails acumulados… y de ese par de tareas importantes que sigo procrastinando.
Hoy me apetece tallar piedra, sí; pero no pensando en la profundidad ni la carga artística de la colección que estoy desarrollando para mi próxima exposición. Simplemente improvisar algo, quizá empiece a tallar ese trozo tan preciado de piedra jade que lleva tanto tiempo esperando que haga algo con él o, quizá mejor, creo que hoy tengo la paz interna, serenidad y buen humor requeridos para trabajar el cristal de roca sin que se rompa.
La intimidad con el material, el sonido de la piedra al contacto con la maquinara, el chorro de agua enfriando la piedra salpicándome y refrescándome a mí también. Cortarla, tallarla, modelarla con mis manos.. Esa meditación que tanto me reconecta, me hace estar presente y me permite olvidarme, incluso, de la crisis de la vivienda o del auge de la ultraderecha.
Esa sensación que me inunda cuando estoy sola, concentrada en el taller, donde la única realidad es la que yo estoy creando con mis propias manos.
Pero los días de verano son largos y todavía me queda tarde para quedar con mi mejor amigo en El Saler. Escucharlo hablar por los codos, reírnos del panorama dating, en las apps y en la vida real, unas cervezas y sandía cortada en un tupper. Que sople un poco de brisa de Llevant y sentir el sol en la piel… ¿He comentado ya que viví diez años en Alemania, con sus infinitas escalas de grises? El sol en la piel, no me hace falta mucho más. Terminar el día con más amigas por Arrancapins e intentar entrar en el CEX confiando en que el pesado del segurata, hoy sí, nos deje pasar.
Mañana me voy a Formentera a visitar a unos amigos y, durante una semana, mi único outfit van a ser, literalmente, unos escarpines y el tubo de snorkel.
Pero hoy, también, ha sido un buen día de verano.










