A la fresca, a la venta

1 agosto 2026

por | 1 agosto 2026

 

Cuando el sol cae y empieza a soplar la brisa del mar, aparecen una mesa y unas sillas plegables. Unos bocadillos, una tortilla envuelta en papel de aluminio, las neveras azules portátiles, una sandía. Una familia cena con el telón de fondo de las olas mientras charla en el paseo marítimo sin que el tiempo importe, una escena suspendida, un “sopar a la fresca”.

Año tras año, la estampa de estos gestos sencillos se ha ido repitiendo cada verano en las playas del País Valencià. Una escena cotidiana que, siendo costumbre, acaba de convertirse en un acto de resiliencia sin pretenderlo, pues para la hostelería de la Playa de la Malvarrosa —y, suponemos, que de alguna que otra más—, se trata de un acto incívico, de revuelta, de desorden. Quizá, entonces, nosotros deberíamos llamarlo un acto de revolución.

La costumbre de cenar “a la fresca” es sinónimo de cultura mediterránea, una tradición que forma parte de nuestra memoria colectiva. Consiste en una manera de habitar el espacio común sin más intención que el disfrute por compartir. Así, parece que el litoral de la ciudad mude su piel cuando las persianas se levantan tras la larga siesta de verano y se abre paso la cada vez más escasa y deseada brisa marítima: un patrimonio invisible.

Sí. El patrimonio de una ciudad no está formado solo por su arquitectura o sus paisajes. También lo construyen las maneras de habitarla, esas costumbres que pasan de generación en generación sin necesidad de escribirse en ningún reglamento ni regularse en ninguna ordenanza. El disfrute de “la fresca” es una de ellas. Y tal vez precisamente por eso merezca ser salvaguardada: porque nadie la inventó y, al mismo tiempo, nos pertenece a todas y todos.

Sopar a la fresca, foto cortesía de un grupo de vecinas de la playa de Puçol (Mireia Muñoz y Raúl Sol).

Más allá de la polémica, parece claro que se están contraponiendo dos ideas de ciudad: una que entiende que todo lo que ocurre en cada metro cuadrado del espacio público debe estar sujeto a la rentabilidad —y si no es así resulta sospechoso—, frente a un modelo que defiende que todavía deben existir lugares donde la vida pueda desarrollarse sin necesidad de pasar por caja. En ese contexto, resulta difícil encontrar experiencias que no terminen absorbidas por las lógicas del mercado. No en vano, el capitalismo tardío posee una extraordinaria capacidad para convertir cualquier vivencia en un activo: el tiempo libre, el paisaje, la cultura e incluso las relaciones personales.

Quizá el problema no sea un bocadillo envuelto en papel de aluminio que gotea aceite, al que la hostelería del paseo de la Malvarrosa ha calificado como «propio de un país tercermundista» y que ofrece una «mala imagen al turismo». Quizá el problema sea que se ha empezado a aceptar que el único modo legítimo de ocupar el espacio público está sujeto al consumo. Lo que antes era una costumbre compartida pasa a verse como un problema si no deja beneficios.

Dicho de otro modo, empieza a ponerse en cuestión el derecho a estar sin consumir. Con ello, se van arrinconando esos “terceros espacios” tan necesarios para construir identidad propia y colectiva, para dar paso a una visión excluyente, casi clasista, que pretende parcelar a las personas que deseen disfrutar en la vía pública.

El «sopar a la fresca» no es un gran evento ni una tradición planificada. Y ni mucho menos debe interpretarse como un espectáculo. Se trata de un acontecimiento cotidiano cuya única pretensión es abrirse vida en un lugar común que nos pertenece como sociedad.

Ya en el siglo XVII, como recuerda Manuel Delgado en Espacios en lucha (Márgenes y umbrales, Virus Editorial, 2022), pensadores como Gottfried Leibniz sentaron las bases de la idea de que las relaciones entre las cosas no son fenómenos que se dan en el espacio, sino que generan el espacio en el que se dan. Siglos después, Henri Lefebvre trasladaría esa intuición al ámbito urbano al señalar que el espacio se produce socialmente, recordándonos que la ciudad se fundamenta sobre este tipo de encuentros.

Dos vecinos disfrutando del mar en el paseo marítimo © Mireia Muñoz.

Debemos desembarazarnos de los complejos y asumir —o, tal vez, desear— que si algo espera un turista al llegar a nuestras calles es encontrar rincones auténticos y no escenarios perfectos montados exclusivamente para su disfrute, algo que ya habrá visto en las últimas cuatro ciudades europeas que haya visitado. La pulcritud no está reñida con lo genuino o lo local, se trata de un falso dilema que siembra la discordia. Lo que sí que asusta es proyectar una imagen de ciudad como un escaparate.

Porque una ciudad hospitalaria no es aquella que convierte sus calles en un producto maquillado para quien llega, sino la que sigue siendo reconocible para quien la habita. Su hospitalidad no reside únicamente en recibir al visitante, sino en no expulsar, ni simbólica ni materialmente, a quienes la sostienen y dan vida cada día. Solo una ciudad que permite permanecer, encontrarse y disfrutar de sus espacios sin convertir cada gesto en una transacción económica puede acoger de verdad.

Defender “la fresca” no es solo reivindicar la posibilidad de comer un bocadillo frente al mar. Se trata de proteger el sentido mismo de la ciudad: una donde todavía sea posible encontrarse con la familia o las amistades en un gesto tan antiguo como el propio Mediterráneo, porque hay formas de habitar cuyo valor comienza a perderse en el mismo instante en que intentamos ponerles precio.

Fotografía: M. Muñoz y R. Sol.

Te puede interesar