Casas viejas, vidas nuevas y la forma de entender la arquitectura de los hermanos Rosaleny

25 agosto 2026

por | 25 agosto 2026

Carles y Marcel.lí Rosaleny, los hermanos arquitectos que batallan bajo el nombre de Endalt Arquitectes, acaban de publicar el libro ‘Cases velles, vides noves. La casa dels Estels’, un canto de amor al paisaje de donde proceden, l’Horta Sud de València, a sus construcciones vernáculas y a la gente que lo habita.

También es una reflexión sobre las casas tradicionales de los pueblos que comparten una arquitectura humilde pero cargada de sentido. Con una estructura reconocible —entrada para el carro, sala, habitación fresca, cocina y andana—, estas casas fueron concebidas para vivir, trabajar y convivir. Su valor reside en la repetición, la funcionalidad y la adaptación al entorno, construidas con materiales locales como cal, barro o cañizo, fruto del conocimiento transmitido durante generaciones. El respeto a esas arquitecturas es uno de los ejes del libro de los Rosaleny.

La primera presentación del volumen, que se ilustra con las deliciosas fotografías de David Zarzoso, tuvo lugar en Villa Elena, en Albal, con la arquitecta Júlia Martínez Villaronga ejerciendo de maestra de ceremonias. La siguiente presentación será este otoño en Barcelona. Charlamos con ellos sobre la publicación y sobre su forma de entender su profesión.

La presentación del libro tuvo lugar en Villa Elena, en Albal (Fotos: Pablo Amor).

Júlia M. Villaronga, Carles y Marcel.lí Rosaleny en la presentación este verano del libro ‘Cases velles, vides noves. La Casa dels Estels’.

«Siempre dedicamos tiempo a intentar reflexionar por escrito sobre nuestros proyectos –explican– y la verdad es que hace años que nos planteamos la necesidad de plasmar cuál es nuestra forma de intervenir en el territorio como arquitectos, y en especial sobre el patrimonio construido. Desde que pusimos en marcha el estudio, las obras de rehabilitación han sido los proyectos que nos han ido dando más satisfacciones, quizá por una tendencia internacional hacia la restauración que, bajo nuestro punto de vista, surge como una voluntad de huir hacia el pasado, hacia formas de vida más responsables, más calmadas».

«Volver a vivir lo vernáculo tradicional implica necesariamente arraigarnos al territorio, a nuestro pasado, a otras formas de vida. Todas estas reflexiones debían tener cabida en este documento escrito, pues nuestra forma de intervenir en el patrimonio proviene justamente de estas ideas».

La importancia de contar la arquitectura

Los estudios recientes de diseño editorial de Carles les abrieron definitivamente la posibilidad de arrancar esta publicación, «pero tampoco hubiese sido viable si desde Endalt no tuviésemos presente, desde muy al principio, que la arquitectura no solo se construye, también se cuenta, antes, durante y después, como una forma de poner sobre la mesa cuestiones que nos preocupan en cada momento».

Para nosotros, además, publicar tiene un valor que va más allá de la propia difusión de un proyecto. Las publicaciones son documentos que permiten compartir conocimiento, generar nuevas conversaciones y, sobre todo, construir memoria. En ese sentido, entendemos el libro como una herramienta de intercambio, pero también como una forma de dejar constancia de un momento, de unas preocupaciones y de una determinada manera de entender la arquitectura.

Y ahí aparece también nuestra sensibilidad hacia el diseño editorial y hacia el valor del libro como objeto físico. En un contexto en el que buena parte de la información circula de manera inmediata y efímera a través de las pantallas, creemos que una publicación en papel tiene una capacidad especial para permanecer, para ser conservada, compartida y revisitada con el paso del tiempo. El cuidado del diseño, de las imágenes, de la composición y de los materiales forma parte también de nuestra manera de entender este proceso.

Las charlas

La idea de organizar la publicación alrededor de conversaciones con diferentes profesionales surge, explican, desde el origen del proceso de creación de la publicación. Tenían claro que querían hablar de muchos temas (patrimonio, urbanismo, historia, decrecimiento, vivienda, identidad, rehabilitación, oficios, …) «y evidentemente no somos expertos en todos ellos, ni mucho menos. Estas conversaciones, además de habernos servido para realizar esta publicación, también nos han ayudado a entender el porqué de estas preocupaciones, el alcance de las cuestiones que se plantean sobre la mesa de nuestro estudio cada día».

El perfil de las personas con las que conversaron estaba muy claro y, prácticamente, no hubo debate sobre quiénes debían intervenir. «Tenemos la suerte de contar en nuestro entorno con profesionales de primer nivel en muchos ámbitos, y de hecho, seguramente esta es la razón de nuestro interés en estos temas, o bien nuestro interés en estos temas nos han ido acercando a todas estas personas. En el libro se reúnen personas que hemos conocido en diferentes ámbitos, desde el académico, hasta el profesional y el personal y debemos agradecer que todas las personas con las que hemos contactado han accedido a participar desde el primer momento. Esta circunstancia es especialmente llamativa en el caso de Antonio Turiel, el científico y divulgador del CSIC, pues es la única persona con la que no habíamos tenido la suerte de encontrarnos previamente. Teníamos claro que debíamos hablar de decrecimiento y de emergencia climática: él era la persona indicada».

– La cota cero es eso tan valioso histórica y patrimonialmente, como explica el arquitecto Àngel Martínez en uno de los capítulos. Vuestro libro habla de la vuelta a las casas de pueblo, la responsabilidad colectiva y, también, la oportunidad de repensar el urbanismo.

Sin planteárnoslo nunca, casi en cada paso que hemos ido dando en nuestra vida profesional y personal nos hemos ido arraigando más y más a esta cota cero. Muchas veces hablamos de la cota cero como un elemento físico, y esto nos lleva a hablar de caminos, de acequias, de parcelaciones, que evidentemente forman parte de nuestro paisaje y en ellos reside en gran medida el valor patrimonial de nuestro entorno, pero nuestra cota cero va más allá, en ella situamos todo aquello sobre lo que construimos nuestra forma de ser arquitectos: la cultura, la identidad, las tradiciones, las formas de vida, nuestra gente.

En el libro, y especialmente en ese capítulo, hablamos también de lo que significa vivir en nuestros centros históricos y de la necesidad de mantenerlos vivos para sus vecinas y vecinos. No basta con conservarlos físicamente: hay que hacerlos habitables, accesibles y capaces de responder a las necesidades actuales. Hablamos de mejorar la accesibilidad, de recuperar o incorporar espacios verdes, de avanzar hacia una mayor renaturalización de nuestros pueblos y de incorporar aquellos parámetros que determinan la calidad de vida. Pero también de algo que consideramos fundamental: preservar la identidad cultural y las formas de vida que dan sentido a estos lugares. Todo ello, además, en un momento en el que el acceso a la vivienda se ha convertido en una de las principales dificultades para que estos nuestros pueblos sigan siendo espacios vivos y habitados.

La dana y el territorio

– Vuestra geografía personal no puede obviar un hecho como el de la dana, que arrasó, entre tantas cosas, la Casa de la Cultura de Albal. Conversáis sobre esto de camino que recorréis los vínculos árabes con el territorio, la importancia del agua, las identidades de los pueblos…

En nuestra visión sobre la dana no está solo lo que vivimos en primera persona aquel 29 de octubre de 2024 y durante los días posteriores. Está también toda la historia de este territorio: los barrancos, el barro, los campos, las acequias, las señales con las que hemos crecido y que todavía marcan en algunos edificios la altura que alcanzó el agua en la riada de 1957, o ese miedo casi heredado que existe en muchos de nuestros pueblos cuando empiezan las lluvias torrenciales. Hay una memoria del agua que forma parte de nuestra geografía personal.

Lo que quizá ha ocurrido es que, entre una generación y otra, hemos ido perdiendo parte de esa conciencia territorial. Durante décadas hemos actuado como si el territorio fuera una superficie neutra sobre la que extender ciudades, polígonos industriales e infraestructuras, olvidando que debajo de esa urbanización seguían existiendo cauces, ramblas, depresiones, caminos del agua y lógicas agrícolas construidas durante siglos precisamente a partir de su conocimiento.

Basta comparar una fotografía aérea de mediados del siglo XX con una imagen actual de l’Horta Sud para entender hasta qué punto ha cambiado nuestra relación con el territorio. El cambio es drástico y preocupante. Donde antes era posible leer con claridad la continuidad de los campos, las acequias, o los barrancos, hoy aparecen grandes superficies impermeabilizadas, carreteras, áreas Industriales, infraestructuras y desarrollos urbanos que han fragmentado y, en muchos casos, hecho menos legibles esas estructuras. Esta reflexión no implica pensar que el territorio de entonces fuera un territorio ideal o ajeno al riesgo, sino reconocer que existía una relación más directa entre la forma de ocuparlo y el conocimiento de sus condiciones.

La tarde del 29 de octubre el agua volvió a dibujar brutalmente esa geografía. Sacó a la luz las cicatrices de un territorio sobre el que durante mucho tiempo se había pretendido hacer una especie de tabula rasa: reaparecieron los cauces, las ramblas, y los barrancos que habíamos dejado de mirar. Y, en ese sentido, para nosotros la dana obliga también a una crítica sobre la manera irresponsable en que hemos urbanizado determinados lugares y sobre la confianza excesiva en que las infraestructuras podían corregir indefinidamente las condiciones naturales del territorio.

Por eso pensamos que cualquier forma de intervenir sobre él debería comenzar por un ejercicio de memoria. No tanto una memoria nostálgica, sino más bien operativa: entender cómo funciona el agua, qué había antes, qué permanece debajo de nuestras ciudades y qué señales nos ha ido dejando la historia. Recuperar esa conciencia territorial es, probablemente, una de las condiciones necesarias para poder habitar de una manera más responsable en el futuro.

La responsabilidad de construir

– La arquitectura vernácula, y la necesaria sensibilidad, es uno de los ejes del libro.

La tesis doctoral de Marce trata justamente de estos temas, de los principios de sostenibilidad en la arquitectura vernácula de nuestro entorno. Desde hace algunos años son muchas personas las que reniegan de la palabra sostenibilidad, pues ha sido víctima del ‘greenwashing’ del capitalismo voraz en el que vivimos, pero también porque pone el foco no en nuestro momento, sino en las generaciones futuras. Por tanto, nosotros preferimos utilizar el concepto de responsabilidad, de responsabilidad ambiental, pero también de responsabilidad socioeconómica y sociocultural.

Nuestra generación está viviendo ya las consecuencias de unas generaciones que han entendido la naturaleza como un simple banco de recursos. Entendemos que es nuestra obligación reformular la relación que tenemos con nuestro entorno, con los recursos que tenemos a nuestra disposición, no solo los materiales, también los culturales, pues son estos los que nos permiten reconectar con otras formas de vida más respetuosas con el espacio que ocupamos. Es aquí donde el estudio de la arquitectura vernácula, aquella que realizan los y las usuarias, que es fruto de la comunidad, cobra su sentido. Entender la arquitectura tradicional nos ayuda a entender la relación de la sociedad que la construyó con su entorno.

– Incluís en un capítulo una conversación con el científico Antonio Turiel; otro lo dedicáis a las manos de Fernando Avellanas, Lebrel, como ejemplo de artesanos locales con quien compartís ideas y planteamientos que ayudan a tomar buenas decisiones constructivas…

Con Antonio Turiel hablamos del decrecimiento desde una perspectiva más amplia, relacionada con nuestra forma de habitar y de relacionarnos con los recursos. Con Fernando aparece esa misma idea aplicada a nuestra propia manera de trabajar. En Endalt tenemos claro que no queremos crecer más. Nos sentimos muy cómodos trabajando con un número limitado de proyectos al año, porque eso nos permite dedicarles toda nuestra atención, conocer bien cada encargo y, sobre todo, establecer vínculos de confianza y sinceridad con las personas para las que trabajamos.

Para nosotros, crecer no significa necesariamente hacer más proyectos, sino poder hacerlos mejor.

Con Fernando hablamos también de la importancia de apostar por lo próximo, por el trabajo hecho a medida y por recuperar el valor de aquello que se produce cerca. En nuestro caso, esta forma de trabajar es también una manera de arraigarnos a cada proyecto. Nos interesa que cada obra tenga su propia respuesta, que no sea simplemente la aplicación de soluciones estandarizadas, y para ello es fundamental poder trabajar conjuntamente con artesanos, industriales y otros profesionales que aportan sus conocimientos y su manera particular de hacer. Estas relaciones generan además nuevas sinergias y contribuyen a mantener activa la economía local.

Trabajar con Lebrel representa muy bien esa forma de entender la arquitectura. Su oficio nos obliga a confiar en el proceso, a hablar, a dibujar, a probar y, sobre todo, a anticiparnos a los problemas antes de que aparezcan en obra. Hay una parte de su trabajo que no siempre es visible en el resultado final, pero que para nosotros tiene un enorme valor: el conocimiento acumulado, la capacidad de prever cómo se va a comportar una pieza y de encontrar soluciones antes de que sean necesarias.

Esa manera de trabajar, basada en la experiencia, la proximidad y la confianza mutua que encontramos con Fernando o con Rafa, es precisamente la que queremos reivindicar en el libro.

Soluciones para las casas de siempre. La Casa de les Estels.

La Casa dels Estels es, para nosotros, un proyecto muy personal, también por el vínculo que tenemos con sus propietarias. Pero es, sobre todo, el resultado de años de aprendizaje que comenzaron hace ocho años con la Casa del Calvari, nuestra primera rehabilitación, donde ya sentamos las bases de cómo entendíamos que debíamos intervenir sobre la arquitectura vernácula.

En la Casa dels Estels recuperamos muchos de aquellos principios desde la experiencia acumulada durante estos años y poniendo el foco en cuestiones que en aquella primera intervención se nos quedaron en el tintero, como la reutilización al máximo de los materiales y recursos originales de la propia casa.

Creemos que la Casa dels Estels refleja bastante bien nuestra manera de hacer arquitectura: la sencillez, las soluciones constructivas que no buscan la complejidad, la honestidad de los materiales y de cómo se construye, las ventanas de memoria y, sobre todo, una determinada manera mediterránea de entender la vivienda, vinculada al patio y la cocina como lugar de encuentro, de compartir y de socializar. En ese sentido, la casa representa una parte importante del camino que hemos recorrido como estudio.

Rehabilitar como apuesta radical por el futuro

– Habéis cumplido vuestro propósito de contar que la arquitectura puede tener un papel activo en la construcción de un futuro más habitable. Rehabilitar no como nostalgia, sino como apuesta radical por el futuro.

Seguramente una de las ideas que atraviesa toda la publicación es precisamente esa: entender la rehabilitación más que como una mirada nostálgica hacia el pasado, como una herramienta para pensar el futuro. Durante mucho tiempo hemos asociado el progreso a construir de nuevo, a crecer, a ocupar más suelo y a consumir más recursos. Trabajar sobre lo existente obliga, en cambio, a plantearse otras preguntas: qué tenemos ya, qué podemos conservar, qué podemos transformar y cuánto necesitamos realmente.

Por eso nos interesa la arquitectura vernácula, pero no desde una voluntad de reproducir sus formas o de volver a vivir como se vivía hace cien años. Nos interesa porque en ella encontramos conocimientos acumulados durante generaciones: maneras de adaptarse al clima, de utilizar los recursos disponibles, de reparar, de transformar, de construir con economía de medios y, sobre todo, de relacionarse con un territorio concreto. El pasado no debería convertirse en un catálogo formal que imitar, sino en un repositorio de estrategias desde el que poder plantear otras formas de habitar.

Rehabilitar implica también reconocer que aquello que ya existe tiene un valor que va mucho más allá de lo material. Un edificio contiene recursos, energía, trabajo, memoria y vínculos con las personas que lo han habitado y con el lugar al que pertenece. Derribarlo para empezar de nuevo supone, en muchas ocasiones, renunciar a todo ese capital acumulado. Quizá una arquitectura verdaderamente responsable sea aquella capaz de trabajar con lo que encuentra, aceptando sus condicionantes y entendiendo incluso sus imperfecciones como parte del proyecto.

Esta manera de actuar conecta inevitablemente con algunas reflexiones sobre el decrecimiento que aparecen en el libro. Frente a una arquitectura basada históricamente en añadir, rehabilitar nos acerca a conceptos como la suficiencia, la reutilización o la reparación. Puede que lo verdaderamente radical hoy sea, más que inventar constantemente arquitecturas nuevas, aprender a no desechar las que ya tenemos.

Por eso defendemos estas casas no simplemente porque pertenezcan al pasado, sino porque creemos que pueden ayudarnos a construir un futuro más responsable, más arraigado y, en definitiva, más habitable.

Fotografía: David Zarzoso. Fotografías de la presentación: Pablo Amor.

Te puede interesar

Un buen día de verano para… Martina Almela

Un buen día de verano para… Martina Almela

Martina Almela Sena es arquitecta, siempre tuvo claro que quería dedicarse a la arquitectura. De ahí nace su interés temprano por la ciudad, las calles estrechas en las que creció, los balcones, los tejados, los pequeños detalles que conforman la trama urbana....

Un buen día de verano para… el arquitecto Aritz Almenar

Un buen día de verano para… el arquitecto Aritz Almenar

Aritz Almenar es arquitecto, «aunque también podría haber sido pianista». Su madre tenía una escuela de música en la que él pasó de niño muchas tardes. Aritz no llegó a la arquitectura desde el diseño, sino desde la música. Lo primero que aprendió fue a escuchar, a...