Un buen día de verano para… el arquitecto Aritz Almenar

10 agosto 2026

por | 10 agosto 2026

Aritz Almenar es arquitecto, «aunque también podría haber sido pianista». Su madre tenía una escuela de música en la que él pasó de niño muchas tardes. Aritz no llegó a la arquitectura desde el diseño, sino desde la música. Lo primero que aprendió fue a escuchar, a entender que un espacio no se impone, se afina. Que cada lugar tiene su ritmo, su vibración, su tempo, y si lo escuchas bien, te dice cómo quiere ser habitado.

Música y arquitectura se unen en su estudio: lo que fue aquella escuela es ahora su despacho. Un piano sigue allí como testigo en el tiempo.

Le pedimos que nos cuente un buen día de verano.

Estudio de Aritz Almenar (Foto: Irene Bernard)

Un buen día de verano

Vuelven a anunciar ola de calor. Como si alguna vez alguien hubiera firmado una tregua para luego, sin previo aviso, dejar que vuelva a colarse de nuevo por las ventanas el viento cálido de poniente.

Esta casa, por suerte, tiene un jardín generoso. El jardín, a su vez, tiene árboles, que es la manera que tienen los árboles de justificar su existencia. Dan sombra. Y bajo la sombra sigue su hamaca, que el viento continúa a mecer con un atemperado va y ven.

Alejandro lo tiene todo preparado porque sabe que hoy vienen todos a casa. Marc y Alex están de camino desde Bilbao. Hace tiempo que él no los ve. Unai ha preparado su álbum y los cromos, con la seriedad de un notario. Y June ha traído otra vez el violín —dice que va a estudiar—.

Pero hoy todo el mundo quiere ver el partido. Parece que hace 16 años ya de la última vez que nos reunimos para ver el gol de Iniesta. No entiendo cómo el tiempo utiliza este doble rasero para medir de forma tan desigual sobre los objetos y las cosas y nuestra percepción de la historia, pero yo diría que fue ayer.

Las fotos del recibidor siguen donde ella las dejó, su sombrero, y el cubertero continúa en el segundo cajón, que es donde alguien decidió, hace ya mucho, que debía vivir para siempre. Los sillones son tan verdes como el día que los eligió. Las cortinas floreadas presiden el salón. Y el reloj de Santi, el del piano, sigue dando la hora desde el Túnel de Gallarta, ajeno a que aquí, entre nosotros, las cosas ya no funcionan con esa puntualidad.

Y entonces, como aquella vez de hace dieciséis años, como si fuera un hechizo, vuelven los gritos, los nervios que retumban en las paredes y se salen por las ventanas. Todos apretados frente al televisor, unos de pie, otros al borde del sofá, con esa mezcla de fe y superstición: quien no se mueve de su sitio, quien se tapa los ojos, quien se levanta y sale de la habitación para no verlo y vuelve enseguida a preguntar qué ha pasado. Hasta que, no sé cuánto tiempo pasó, pero marcó Ferran. Y todos saltaron desde el sofá hasta la piscina. Alguno vestido. Ya era de noche.

Nadie se fijó en cómo el sol se escurría por el ventanal que da al patio del limonero que ella misma plantó. Y ya sobre el agua, quebrada en mil pedazos por la algarabía, la luna nos despide del día. De un día de verano que ella nunca olvidará.

Fotografía: D.R.
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