Qué es una plaza, nos llevamos preguntando desde que existen las plazas. Preguntarse qué es una plaza es justamente la fórmula secreta que amasa su sentido. Una plaza sin pregunta es un solar con cosas. Bruselas y Tarifa son buenos puntos cardinales europeos para definir dónde está el norte y el sur cultural del continente. Según cómo les sople el viento (y en Tarifa sopla mucho) puede deducirse la dirección de Europa.
En Bruselas, este verano, causó furor la llamada ‘gran sartén’, proyecto fallido para la plaza Schuman, en pleno corazón comunitario. El propio arquitecto en jefe, Francis De Wolf, advirtió airado que esa no era su obra, pues le habían extirpado una marquesina de acero repleta de césped que debía sellar el vínculo entre población y plaza. Al arquitecto le dejaron sin respiración y a la población sin plaza: nadie parecería querer estar en un lugar propicio para freír el huevo más grande de la UE. Qué es una plaza, se preguntaban en la letra pequeña la infinidad de memes sobre aquella sartén de gris mazacote. Nadie creyó que hubiera una plaza.

En la imagen de la izquierda, el proyecto arquitectónico ganador del concurso para remodelar la plaza Schuman, en Bruselas; a la derecha, su aspecto actual. (Foto: Cobe + Brut y Eddy Wax).
En Tarifa había un miramar, con su empedrado, su vereda, sus aguas, sus bancos ornamentados, sus palmeras. Una foto fija con la que ubicarse rápido y saber que se está en Tarifa y no en suelo belga.
Pero desde hace más de dos años -Los Verdes entonces presentaron un escrito, quejosos- el miramar comenzó un proceso de mutación hasta quedar laminado, opositando a sartén sureña. Sin empedrado, sin aguas, sin palmeras, sin su ornamento, sin Tarifa. Cubierto de un mar, sí, pero de baldosas genéricas. Se escuchó hasta el canto de las sirenas, agónico, preguntando por su miramar.
Los transeúntes que pasaban por X quisieron asegurarse de que esa plazuela -antes Tarifa- no era IA. «No, no es IA, que yo la he visto», se respondían entre ellos. Pero en el fondo todos sabían que era deudora de ella: tan endémica como los carteles de restaurantes con falso titular manuscrito y salpicadura doble en cada extremo. Un calco de un calco. Todas las plazas iguales. Un miramar con lejanía sentimental del mar. Una plaza en el corazón de Europa padeciendo de arritmia urbana.

Aspecto del Paseo del Miramar, en Tarifa, antes y después de la intervención realizada desde la Diputación de Cádiz (Fotografía: Los Verdes Europa-Tarifa).
En Tarifa se explicó que no podía costearse el precio de los jardineros, por tanto convenía un miramar sin jardín. Se omitió que se pagaba un precio, ese sí, demasiado costoso: el de borrar, con borrador mágico, cualquier sentimiento de pertenencia. No ya el que fue, sino el que podría llegar a ser.
De Bruselas a Tarifa, cuando dejó de preguntarse qué es una plaza, procedió a ejecutarse un lugar para nadie y contra todos.








