Como periodista especializado en arte y alguien que ha atravesado una depresión, Pablo Ortiz de Zárate muestra, en su libro El ArteSano (Editorial Destino), el poder del arte para comprender y gestionar las emociones.
Durante su tratamiento, el periodista reparó en las múltiples conexiones que existen entre la psicología y el arte, e identificó aquellos elementos que hay que buscar en un cuadro para exprimir su capacidad emocional y trabajar a fondo los conceptos que los profesionales de la salud mental abordan en la terapia, «aprender a vivir el presente (el aquí y el ahora), desarrollar la empatía hacia los demás y ser capaces de enfrentarnos a la ansiedad para conseguir el equilibrio emocional. Todo esto se puede hacer observando obras de arte. Pasar por esta experiencia lo llevó a convertirse en divulgador del arte, para demostrar que, si sabemos cómo mirarlo, un cuadro puede convertirse en una guía para atravesar momentos difíciles», explica.
En El arteSano, Pablo Ortiz de Zárate remite a estudios que avalan estos beneficios del arte y enseña, a través de numerosos ejemplos prácticos, cómo observar los cuadros para que el lector pueda comprobar estos efectos con sus propios ojos.
Según Ortiz de Zárate, ver cuadros y, concretamente, observar los objetos que aparecen en ellos, es la terapia más poderosa para entrenar la atención plena y aprender a estar presente. En este camino para conectar con la plena consciencia, el autor invita al lector a adoptar la mirada del artista y fijarse en todo tipo de detalles, esas minúsculas maravillas cotidianas que normalmente pasan inadvertidas. Para ello, revela mensajes ocultos de obras como El espárrago (1880), de Édouard Manet, o Zapatos (1888), de Vincent van Gogh.
En la primera parte del libro, el autor expone su sencilla metodología. Enseña cómo mirar un cuadro para extraer su poder terapéutico centrándose en tres pilares fundamentales: los objetos (cosas, animales y plantas), personas (concretamente, sus ojos y manos) y elementos intangibles (color, luz, espacio, formas y equilibrio). En la segunda, Ortiz de Zárate dedica varios capítulos a abordar circunstancias vitales concretas, recomendando cuadros que pueden ayudar al lector a gestionar el dolor de estas etapas.
Un método de observación profunda a través del arte que, según sostiene, puede ayudar también a desarrollar la mente crítica. Mirar despacio enfatiza la capacidad de discernir con cuidado, analizar puntos de vista diferentes, ser consciente de la subjetividad e ir más allá de las primeras impresiones. Tal y como asegura el autor, «la psicología cognitiva y la pedagogía han demostrado que un cerebro entrenado en la observación de detalles es capaz de ir más allá de las apariencias».
En El arteSano, Ortiz de Zárate evidencia el impacto que tienen en el estado de ánimo elementos intangibles como el color, la luz, el espacio, las formas y el equilibrio, y revela cómo podemos jugar con estos para observar y trabajar nuestras emociones. Así, por ejemplo, recomienda al lector buscar la calma en las pinturas de la tradición japonesa u otros cuadros donde el vacío y el silencio sean protagonistas, como La lechera de Vermeer, o activar los sentidos con obras donde predominen las diagonales como Calle de París, día lluvioso, de Gustave Caillebotte.
El arteSano dedica una parte a diferentes crisis vitales por las que, tarde o temprano, se suele pasar: una muerte cercana, depresión, crisis de ansiedad, una ruptura sentimental… Tal y como sugiere el autor, el arte también ayuda a superar esos momentos especialmente difíciles, por lo que «receta» cuadros concretos para problemas específicos que pueden acompañar, consolar y aconsejar al lector cuando su vida se ponga patas arriba.
Según Ortiz de Zárate, ver arte triste puede convertirse en un antídoto muy poderoso contra la depresión que, lejos de hundir a su observador, puede ayudarle a entenderse mejor, aceptar su fragilidad, sentir que no se encuentra solo en su padecimiento y quererse más. Un cuadro en el que reflejarse cuando se padece depresión es, por ejemplo, el Sísifo, de Tiziano (1490- 1576). ¿Para qué esforzarse si la vida es la repetición continua de un empeño inútil, subiendo la roca cada día para verla luego caer en un ciclo interminable?
Por otro lado, el autor recopila pinturas que retratan el dolor profundo tras una ruptura sentimental. A través de la obra de artistas como Rodin, Kahlo o Abramovic, Ortiz de Zárate nos recuerda que «toda ruptura necesita un tiempo de duelo y que siempre es mejor compartir el dolor».
Por otro lado, pone en valor el gran poder sedante de las pinturas de paisajes y ofrece trucos para saber en qué elementos concretos de este tipo de obras se debe fijar el lector para potenciar sus efectos antiestrés y conseguir una mayor relajación. Así, demuestra cómo cuadros como Iceberg (1982), de Gerhard Richter, pueden resultar auténticos ansiolíticos hechos pintura.
«Si crees que el equilibrio es solo cosa del arte clásico, echa un vistazo a Van Gogh. ¿Cómo se explica que su ‘Noche estrellada’ se haya convertido en uno de los cuadros más populares del mundo? Porque aunque está bañado de un azul gélido, el amarillo de las estrellas y ventanas nos calienta con sus destellos. Porque la energizante vertical del ciprés nos despierta del plácido sueño que nos sugieren las relajantes líneas horizontales del pueblo. Y por el contraste entre las rectas que forman las casas (que transmiten la seguridad estable del hogar) frente al movimiento ondulante de las pinceladas del cielo (la energía seductora de la naturaleza)», concluye el autor.













