El Palacio de Valeriola, listo para el arte

23 junio 2023

por | 23 junio 2023

Cinco años después del inicio de las obras, el Palacio de Valeriola ha finalizado su proceso de rehabilitación y se prepara para su inauguración como Centro de Arte Hortensia Herrero el próximo 11 de noviembre. El proyecto de restauración, diseñado por ERRE arquitectura, ha tenido como objetivo recuperar la historia contenida en el edificio, pero también convertirlo en un centro de arte contemporáneo de referencia.

Un nuevo museo para la ciudad de València, ubicado en la céntrica calle del Mar, que reunirá la colección privada de la mecenas de todo esto, Hortensia Herrero, una de las mujeres más ricas de España. Incluye obras de Andreas Gursky, Anselm Kiefer, Georg Baselitz, Anish Kapoor o Mat Collishaw entre otros, piezas que se empezarán a instalar en el edificio a partir del mes de julio, como ha explicado Alejandra Silvestre, directora de la Fundación Hortensia Herrero, durante la visita al edificio para mostrar la conclusión de las actuaciones arquitectónicas.

Junto a Carmen Thyssen, con su museo de Málaga, y a Helga de Alvear, con su museo de Cáceres, Hortensia Herrero es una de las tres coleccionistas de arte más influyentes del país y también una de las que contribuye a descentralizar el panorama cultural. Toda su actividad de mecenazgo cultural la desarrolla en Valencia.

El Palacio de Valeriola tiene todos los ingredientes para despertar el interés de cualquiera. Su historia es suculenta: contiene parte del circo romano de la ciudad, lo único que queda de una construcción de más de dos mil años de antigüedad; en sus dependencias hay huellas de todas las civilizaciones que han poblado Valencia, desde la romana a la visigoda, la islámica y la cristiana. Además de palacio señorial del XVII, con todas sus intrigas, el edificio albergó, ya en el siglo XX, la imprenta y las oficinas del diario Las Provincias, y fue, en los años 80, un sitio de copas donde los clientes bebían Agua de Valencia mientras rugían, de fondo, dos leones que se alojaban donde, posteriormente, se descubrió un horno medieval. En la última fase de la historia de este lugar tan especial, esquivando ser un hotel de lujo, Hortensia Herrero compró el edificio, tras un par de años de negociaciones, a Francisca Díez de Rivera y Guillamas, viuda del general golpista Alfonso Armada y propietaria del palacio. El edificio contiene, de una forma u otra, vestigios de veinte siglos de historia.

La zona expositiva del centro se plantea en cuatro niveles y se organiza en torno a dos edificios. Por un lado, el Palacio Valeriola, el cual ha sido sometido a un exhaustivo y minucioso proceso de rehabilitación para poner en valor su carácter histórico. Por otra parte, el edificio de la calle San Cristóbal, del cual se ha mantenido únicamente su fachada y la tipología de cubierta inclinada, permitiendo ampliar la superficie expositiva hasta los 3500 m2. Ambos edificios quedan unidos por un edificio-pasarela ubicado en el patio exterior ajardinado actuando de conexión entre ambos.

El recorrido

Para adaptar el edificio existente a su nuevo uso expositivo se ha establecido un recorrido continuo que permitirá crear una experiencia de usuario cómoda y natural, planteada de forma ascendente en el volumen de Valeriola y descendente en San Cristóbal, conectando a través del edificio situado en el jardín.

Como explican los arquitectos de ERRE, al frente del trabajo de recuperación de este lugar, lo primero que se hizo al llegar fue consolidar lo que quedaba. «A partir de ahí ha sido un proceso que, más que una obra, ha sido un máster de construcción», apunta el director de ejecución, Carlos Barberá.

La construcción de estilo barroco, del siglo XVII, ha sido, a lo largo de su historia, destinada a múltiples fines, sufriendo diversas intervenciones y estando, en las últimas décadas, en desuso y abandono.
Es precisamente este testimonio histórico y las preexistencias del inmueble las que conforman el punto de partida y el hilo conductor del proyecto arquitectónico cuya dificultad ha radicado en encontrar un diálogo equilibrado entre lo que había y lo nuevo.

 

Estado del edificio cuando lo compró Hortensia Herrero.

Reportaje previo a las obras de rehabilitación del Palacio de Valeriola en Valencia.

El patio antes de la intervención arquitectónica de ERRE.

Amparo Roig, socia de ERRE junto a María Ángeles Ros y José Martí, detalla que un gran equipo ejecutor llegó a este edificio cuando era una ruina, «una ruina que tuvo la suerte de que Hortensia Herrero se fijara en ella, con un coste de inversión brutal, y con el fin de dotar de vida al edificio y que se garantice su continuidad. Ocho años han pasado desde que firmamos el contrato, en 2015, cuando empezamos con el proyecto, que fue complicado, y también fue muy complicado lidiar con las administraciones. Las obras han durado cinco años pero el uso lo dará el arte y sus visitantes».

José Martí destaca que este es un proyecto de ciudad. «Estamos, en general, abandonando los centros de las ciudades, lo que hace que se pierda identidad. Proyectos como este crean ciudad y, estas inversiones, la revitalizan».

El arquitecto Javier Estevan, quien hace la explicación durante el recorrido, cuenta que, desde el equipo de profesionales (restauradores, arqueólogos, carpinteros, albañiles … ), se quería «intervenir en el edificio respetando lo que había y que la historia fuera la verdadera protagonista. Desde que Valencia existe, este sitio ha sido algo importante, se pueden ver todas sus vidas. Con esta obra, se añade una capa más».

Al ser un edificio tan complejo, la intervención también lo ha sido. El patio del palacio es contiguo al de San Juan del Hospital, la iglesia más antigua de Valencia, con las complicaciones que ello conlleva a la hora de hacer cualquier actuación patrimonial. «Cada metro cuadrado de esta intervención es diferente, y cada uno se ha tratado con cariño, con el visto bueno de todas las partes (patrimonio, propiedad …), y ha sido un trabajo muy detallado. Hay mucho que no se ve pero está ahí», apunta la arquitecta Amparo Roig.

Esto es lo que verá el visitante desde la puerta de la calle del Mar.

Los arquitectos han explicado que se ha utilizado el mínimo de materiales (madera, aluminio …) y se ha priorizado el uso de los que ya había en el centro y se podían recuperar. Hay pavimentos originales por todo el edificio y en las paredes se pueden ver las cicatrices del tiempo, que permiten apreciar las huellas de las construcciones a lo largo de la historia.

El centro de arte tendrá dos accesos, la entrada por la plaza y la salida, por la calle del Mar. La escalera tallada que se encontrará el visitante nada más entrar es la original reconstruida, porque colapsó en su momento. Y, además, se le quitaron los elementos impropios. Un maestro escalero se ocupó de recuperar todas las partes (los escalones, las rejas …). «Lo primero de todo fue intentar que no se cayera nada más, la intemperie había dañado mucho y era preciso pararlo», apuntan. «Uno de los regalos más bonitos ha sido esta cubierta, que pone en valor el patio maravilloso para uso museístico».

En medio de ese patio bajo el lucernario, se ha situado, escondida, una plataforma elevadora que llevará el arte a cada uno de los niveles del edificio, lo que ha supuesto una de las complejidades más agudas de la obra. Las piezas de la colección que se expondrán son de un tamaño considerable y las dimensiones de los accesos a las salas, limitados. «Al ser un palacio nos hemos adaptado todos a lo preexistente, el arte que venga tiene que caber, parece lógico pero es lo que hay. Hay un máximo de peso y de dimensiones. Es un espacio que enamora pero no es gigante. Lo que lo hace mucho más romántico», explica Amparo Roig.

Durante la intervención arquitectónica, que ha supuesto un coste de veinte millones de euros, se tuvo que eliminar todo lo que sobraba, entre lo que estaba un muro de hormigón que colocaron los anteriores propietarios cuando se plantearon instalar un hotel de lujo. Todas esas demoliciones de elementos impropios tuvieron que hacerse a mano, lo que fue un esfuerzo extra al no poderse introducir maquinaria pesada en el edificio.

La antigua judería

El visitante del futuro museo podrá contemplar también cómo era un adjucat de la antigua judería de Valencia, uno de esos callejones cerrados que se construyeron hacia 1390 para salvaguardar su integridad en tiempos muy convulsos de conflicto con los cristianos.

Ese callejón se puede ver desde una de las salas de la planta baja. Un gran ventanal comunica visualmente con él y con la parte trasera de la Iglesia de San Juan del Hospital. «Aquí encontramos cerámica del siglo XVIII, metida en cajas. En esa cerámica aparecían especies frutales y se decidió que se expondría esa cerámica en el callejón judío junto a los propios árboles reales», explica Estevan. El pavimento en esta parte no es protagonista, lo será la obra de arte. «Por eso se optó por un suelo de mármol con fósiles y caracoles, para seguir con suelos con historia, pero que fueran discretos».

A la izquierda de la imagen, el callejón de la antigua judería.

Imperan los techos altísimos de vigas y los pavimentos de madera, todo recuperado. «Mantener el equilibrio entre lo antiguo y lo nuevo y que coexistan en armonía ha sido el reto», explica el restaurador al frente de los trabajos. La parte más pequeña de la sala más noble del palacio cuenta con un pavimento cerámico recuperado. Este tapiz cerámico, probablemente procedente de Manises, se planteó ubicarlo en una pared, pero los técnicos de patrimonio lo desaconsejaron. Que pueda ser pisado ha exigido más esfuerzo de cuidados y de tratamientos que lo protejan.

La antigua andana del edificio, convertida en una de las salas más grandes del centro.

El recorrido pensado transcurre por salas con frescos en las paredes, conservados y perfectamente restaurados. También pasa por la antigua capilla, una pequeña joya de sala que exhibirá una instalación artística creada ad hoc, y por la antigua andana del palacio. Este último espacio, donde se han reforzado las estructuras y los forjados para que soporten mucho peso, conserva las vigas originales de madera restauradas y también un torreón.

Los frescos originales de las paredes y los techos han sido restaurados por un equipo de especialistas.

Estamos a mitad del recorrido del museo, antes de pasar al edificio de San Cristóbal e iniciar el descenso. Aquí, un espacio descubierto que hace de mirador al patio frontal de la iglesia contigua resulta el sitio ideal para parar y hacer un descanso con unas vistas magníficas a los tejados.

El edificio de San Cristóbal es totalmente nuevo por dentro, solo se ha mantenido la fachada, lo que irá en consonancia con las obras de arte que allí se expongan, más experimentales. La vida, por contraste, se abre paso a través de las ventanas de los edificios de enfrente, muy cercanos.

Los leones y el circo romano

El descenso en el edificio nos traslada directamente al espacio donde en los años 80 vivían los leones que hubo cuando el palacio era un sitio de copas. Bajando la cota durante las obras apareció un horno medieval de la época judía, donde se hallaron espinas de pescado, cazuelas y otros utensilios perfectamente conservados. Todo eso se depositó en el SIAM, el ente municipal que se ocupa de estos hallazgos. En la sala del centro de arte donde se narre la historia del edificio se expondrán algunas de esas piezas.

La parte donde se sitúa el horno medieval era el espacio donde estaban los leones encerrados en los años 80.

Seguimos bajando pisos y llegamos nada menos que al siglo II. El edificio principal de Valeriola es de 1608, pero el muro de hormigón del circo romano tiene dos mil años. Aquí estaba la cota de la ciudad y su parte fundacional. Todos estos hallazgos, obviamente, iban paralizando las obras pero también daba, a los arquitectos, consciencia de la importancia del lugar.

Dos descubrimientos fueron especiales: los restos de una cabeza de caballo, enterramiento que era un ritual al inaugurar un circo romano; y el hallazgo del enterramiento de una vestal, de unos trece años, enterrada con su botellita de perfume. La historia milenaria pasando por delante.

Una de las salas del Palacio de Valeriola se ubica junto al muro del circo romano de hace más de dos mil años.

Desde el circo se sube al patio exterior, hacia la luz, a través de una escalera con sillares romanos utilizados en construcciones visigodas que se decidió mantener, «como el recuerdo de la historia sobre nuestras cabezas en la ascensión hacia el exterior», explica Estevan.

En el patio del Palacio de Valeriola hubo dos fuentes árabes de ocho puntas, que se han recreado ahora en forma de pavimento. También las rejas de este espacio homenajean al arte árabe de una manera sutil. Aquí, cuando se inaugure el centro de arte, habrá un jardín vertical en un espacio que permite observar el conjunto de la edificación.

 

En el patio del Palacio de Valeriola, colindante con San Juan del Hospital, hubo dos fuentes árabes de ocho puntas, que se han recreado ahora en forma de pavimento.

Uno de los grandes objetivos del proyecto ha sido adaptar un edificio existente a un uso cultural para el que no había sido concebido inicialmente. En este sentido, durante el diseño del Centro de Arte ha existido una coordinación total entre el proyecto museográfico y el proyecto arquitectónico.

Un museo es un edificio con todo aquello que lleva dentro y difícilmente se puede desligar de aquello que sucede en su interior. «Por eso el proyecto se ha llevado a cabo siguiendo un diálogo permanente y atendiendo a las necesidades de los artistas, los comisarios, las obras de la colección y, por supuesto, los visitantes».

El Palacio de Valeriola con el edificio de San Cristóbal visto desde el patio.

Todo ello ha permitido crear un conjunto singular que respeta con mucha sensibilidad la historia del edificio y lo prepara para recibir las obras de arte que lo ocuparán, por fin, a partir de noviembre. Nueva vida a viejos espacios.

Fotografía: David Zarzoso y ERRE.

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