«Bajo los adoquines de París, la playa», el famoso lema de mayo de 1968 que nació durante las revueltas estudiantiles apelaba a la búsqueda de libertad y surgió porque al arrancar los adoquines para hacer barricadas, aparecía arena. La frase, en realidad, representa la ruptura con el orden gris y duro de la ciudad moderna; el deseo de naturaleza, descanso y una vida libre bajo el asfalto. Una gran cadena de protestas iniciadas por estudiantes y seguidas por obreros, contra el capitalismo, el autoritarismo y la sociedad de consumo. En el 68. No sabían lo que se nos venía.
Ese anhelo de buscar debajo del asfalto, quitarlo más bien, vuelve a resurgir con fuerza en un momento en el que las ciudades hierven y necesitan espacios naturales para poder bajar algún grado las increíbles temperaturas que, cada año, alcanzamos. París está siendo un ejemplo en este sentido con, por ejemplo, la naturalización de la Place de l’Hôtel de Ville, uno de los centros neurálgicos de la capital francesa.
El proyecto de la explanada del Ayuntamiento diseñado por Benjamin Le Masson, Sophie Mourthe, Eric Rousseau y el propio Ayuntamiento de París como promotor, ha transformado completamente este espacio para convertirlo en un bosque urbano, donde se ha integrado la naturaleza en plena tierra, sobre una estructura subterránea, con el objetivo de rebajar la temperatura urbana y ofrecer un espacio verde accesible y biodiverso. La intervención ha sido seleccionada entre los 25 proyectos candidatos al Premio Europeo del Espacio Público Urbano 2026. Otro de los trabajos seleccionados, Round About Baths, va en la misma línea: hacer las ciudades más habitables.
El premio consolida su trayectoria alcanzando un récord de participación: 381 propuestas de 38 países europeos. Se reafirma así su principal objetivo: reconocer las mejores prácticas de democratización de los espacios urbanos así como impulsar el debate sobre las respuestas ante cuestiones como la emergencia climática, las desigualdades sociales y la transformación de la movilidad.
Fuera asfalto, viva el verde
Las micro-intervenciones quirúrgicas como la realizada en este proyecto parisino sustituyen el asfalto por suelo permeable en plazas densas e históricas. Este nuevo espacio es un símbolo de la transición ecológica que se está produciendo en la capital francesa y permite vislumbrar un futuro urbano en el que el verde sea, ojalá, el protagonista.
La presencia de un aparcamiento subterráneo bajo la explanada planteaba un reto técnico importante. Para garantizar la viabilidad del proyecto sin alterar la estructura existente, los árboles se plantaron en las dos zonas de terreno abierto disponibles. El sustrato y el sistema radicular de los árboles se adaptaron especialmente para garantizar un buen crecimiento a pesar de estas limitaciones. También se ha instalado un sistema de riego optimizado para mantener la salud de estos nuevos espacios verdes.
Las especies se eligieron cuidadosamente por su resistencia a un entorno urbano especialmente expuesto a la contaminación, por la densidad de su follaje, su color y su resistencia al calor. Algunos de los ejemplares plantados ya miden 10 metros y tienen más de 30 años. En total, 49 árboles y arbustos han encontrado aquí un nuevo hogar, en las dos arboledas situadas a ambos lados de la plaza. Parte de la plaza se ha dejado deliberadamente al descubierto para acoger diversos actos a lo largo del año, como eventos deportivos, conciertos y exposiciones.
Adaptar el terreno, reforzar su estructura y garantizar que sea hermético para alojar árboles de gran envergadura ha sido todo un desafío técnico. Se requiere de una gran profundidad para conformar los enormes espacios necesarios para plantar los árboles.
La regla verde 3-30-300
Hasta finales de los años 70, esta plaza parisina era una enorme rotonda, con coches y bocinas invadiendo el espacio urbano. Antes, en el siglo XIX, estaba cubierta de arena y grava y se utilizaba como embarcadero para las mercancías transportadas desde el Sena. Hoy, esta importante plaza se reinventa de nuevo como un lugar de encuentro respetuoso con el medio ambiente.
«El desafío no solo es reducir la presencia del automóvil, algo que hacemos desde hace unos 20 años, sino vegetalizar la ciudad», explicaba Patrick Bloche, teniente de alcalde de París, en la inauguración el año pasado. Reducir el efecto de las islas de calor, mejorar la calidad del aire, favorecer la biodiversidad y ofrecer zonas de sombra en el centro de la capital francesa son los principios que articulan esta iniciativa.
La regla verde 3-30-300 es una norma de planificación urbana creada por el silvicultor holandés Cecil Konijnendijk, experto en reverdecimiento urbano. Su objetivo es garantizar que todos los habitantes de una ciudad tengan acceso directo a los beneficios de la naturaleza para mejorar su salud física y mental.
Se compone de tres requisitos matemáticos muy sencillos. 3: cada ciudadano debe poder ver, como mínimo, tres árboles de un tamaño significativo desde las ventanas de su hogar, escuela o lugar de trabajo. Un 30% de cobertura vegetal: cada vecindario o barrio de la ciudad debe tener, al menos, un 30% de su superficie cubierta por copas de árboles (dosel arbóreo). 300 metros de un parque: ningún ciudadano debe vivir a más de 300 metros de distancia de un espacio verde público de calidad (el equivalente a un paseo a pie de unos 5 minutos).
Administraciones, hagan caso a este señor antes de que nos friamos en nuestras ciudades convertidas en sartenes. Solo la voluntad política puede llevar a cabo las inversiones necesarias para cambiar el rumbo de nuestras urbes y que se vayan adaptando a los rigores climáticos que ya están aquí.
Porque no es lo mismo cruzar la Puerta del Sol de Madrid a pelo que bajo la sombra de alguno de los árboles de la plaza del Hotel de Ville de París. ¿A qué no?



