La casa que nació de la montaña

31 agosto 2026

por | 31 agosto 2026

 

Hay lugares donde la arquitectura parece llegar después del paisaje. Hay otros en los que resulta imposible separar una cosa de la otra. Las pallozas (pallaza del gallego, palabra acuñada por etnógrafos por primera vez en el siglo XIX) pertenecen a estos últimos. Son construcciones tradicionales que todavía salpican algunos pueblos del Bierzo y de los Ancares leoneses, un territorio de montaña con un carácter muy propio, en contacto con Galicia y Asturias.

Quizá por eso, en el Bierzo, acercarse a una palloza tiene algo de reconocimiento. Cambia el pueblo, cambia la ladera, cambia incluso la forma exacta de la casa, pero hay algo que permanece familiar: la piedra, la madera, la montaña, la niebla, los caminos y esa manera de construir que parece empezar siempre por una pregunta sencilla: ¿qué ofrece este lugar?

La respuesta está en los propios materiales y, con ellos, en su propia historia. Las pallozas son mucho más que una de las imágenes más reconocibles de la montaña leonesa. Son el resultado de una forma de vida y, sobre todo, de una inteligencia constructiva transmitida durante generaciones. Una inteligencia que no necesitaba planos sofisticados ni grandes medios industriales para resolver cuestiones que hoy nos siguen ocupando: cómo conservar el calor, cómo utilizar materiales locales, cómo adaptarse al clima o cómo construir sin perder la relación con el territorio.

Los muros gruesos de piedra ofrecen algo fundamental en un clima de montaña: masa, estabilidad y protección. Ayudan a amortiguar los cambios de temperatura y proporcionan una base resistente sobre la que apoyar una cubierta mucho más ligera. La piedra era, además, un material disponible en el entorno y que podía trabajarse con medios relativamente sencillos. Lo que hoy contemplamos como una decisión estética era, en realidad, una elección profundamente práctica. Y quizá ahí comienza parte de su belleza.

Palloza en Piedrafita do Cebreiro. ©wikicommons

Lo que hoy vemos como una joya de la arquitectura popular fue durante siglos una construcción humilde, vinculada a una economía de subsistencia y a una forma de vida que apenas podía separar la vivienda del trabajo. Su progresiva desaparición se aceleró durante el siglo XX, cuando las nuevas formas de construcción y los cambios en las condiciones de vida hicieron que aquellas casas dejaran de responder a las necesidades de sus habitantes.

Con ellas no desapareció solamente una tipología arquitectónica. También empezó a desaparecer un conocimiento. Mantener un teito (techo en gallego) requiere un saber que durante generaciones pasó de unas manos a otras y que hoy está a punto de perderse: apenas quedan cinco personas en España que sepan restaurarlos de manera tradicional. Algunas de ellas proceden, precisamente, del Bierzo, como los teitadores de Burbia que han participado en la recuperación de pallozas de O Cebreiro. Una pequeña conexión que recuerda que, en la montaña, los conocimientos tampoco entienden demasiado de fronteras. Porque si hay un elemento que define visualmente a una palloza es su cubierta.

El teito es una gran cubierta vegetal de forma generalmente cónica, tradicionalmente realizada con la mejor paja de centeno reservada, el cereal que durante generaciones también se cultivó para este fin, aunque también a veces se utilizaba brezo o escoba. Se segaba con foucines (hoz) o mallaba (majaba) en las eras para desprender el grano de la espiga y que no fuera atractivo para comida para animales. Pero reducirla a un simple tejado de paja sería quedarse en la superficie. Bajo esa capa vegetal existe una estructura de madera formada por diferentes piezas que permite construir una cubierta de gran tamaño sobre la planta circular u ovalada de la casa.

La paja se coloca formando haces y se fija cuidadosamente a esa estructura. Su disposición y su pendiente permiten evacuar el agua y la nieve, mientras que el propio material aporta unas buenas condiciones de aislamiento. La cubierta adquiere así una doble función: proteger la construcción de la intemperie y contribuir a mantener unas condiciones interiores adecuadas durante los meses más fríos.

Teito de una palloza @institutodeestudiosbercianos.

Su forma tampoco es casual. Las pallozas presentan plantas circulares u ovaladas, aunque existen variaciones según el lugar y la construcción. El volumen compacto y la ausencia de esquinas pronunciadas favorecen una relación eficiente entre el espacio interior y el exterior. Además, la cubierta se extiende ampliamente sobre los muros, protegiéndolos de la lluvia y reforzando esa sensación de refugio que define a estas construcciones.

También su origen es incierto. Se ha relacionado su forma circular con las construcciones castreñas o las de la Edad de Hierro de Gran Bretaña, aunque no está demostrado tajantemente esta continuación o imitación. Lo que sí está claro es su estrecha relación con el territorio.

Y dentro, la lógica continúa. La palloza no respondía a la distribución de una vivienda contemporánea. Personas, animales, almacenamiento y trabajo convivían bajo una misma cubierta, separados mediante sencillos elementos interiores. El espacio destinado al ganado ocupaba una parte importante de la planta, mientras que el hogar organizaba la zona destinada a la vida doméstica. La convivencia con los animales tenía también una razón práctica: su presencia, junto con el fuego, contribuía a mantener el calor interior durante los duros inviernos. A veces, si la ladera y el espacio lo permitía, el ganado se ponía en la parte baja para que los excrementos quedaran abajo.

Incluso el humo formaba parte de este sistema. En muchas pallozas, el hogar no disponía de una chimenea convencional y el humo ascendía hacia la cubierta, filtrándose progresivamente entre el material vegetal y dejando su huella sobre la estructura de madera. La casa estaba pensada como un sistema completo, donde cada elemento cumplía más de una función.

Lo que desde fuera puede parecernos una forma arcaica es, en realidad, una respuesta extraordinariamente precisa a las condiciones del lugar. Porque las pallozas pertenecen a un lugar concreto y son, precisamente por eso, irrepetibles. Sus materiales proceden del entorno; su forma responde al clima; su estructura se adapta a una determinada manera de vivir; y su mantenimiento depende de conocimientos que durante generaciones pasaron de unas manos a otras.

Son casas que no podrían existir exactamente igual en cualquier otro lugar. Y ahí está, quizá, su mayor interés. En un momento en el que hablamos constantemente de arquitectura sostenible, de materiales de proximidad, de eficiencia energética y de adaptación al clima, las pallozas nos recuerdan que muchas de estas preguntas no son nuevas. La arquitectura tradicional no utilizaba estos conceptos porque no los necesitaba. Construía con lo que tenía, reparaba lo que podía conservar y respondía a las condiciones concretas del territorio. No intentaba dominar la montaña. Aprendía a vivir con ella.

Las pallozas no son solamente casas antiguas. Son el resultado de una manera de entender el territorio. Y quizá también una pregunta para nuestro presente: ¿qué pasaría si volviéramos a construir escuchando el lugar antes de intentar transformarlo? La respuesta sigue allí, entre las montañas, bajo una cubierta de paja. Esperando a que volvamos a mirar una arquitectura que parece abrazarse sobre sí misma.

Fotografía: D.R. Portada: Palloza Casa de Pareides.

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