Un buen día de verano para… Carla Serrano ‘La inercia’

6 agosto 2026

por | 6 agosto 2026

Carla Serrano Sastre es historiadora del arte y divulgadora cultural. Es autora de Una historia del arte muy rápida y dedica su trabajo a acercar esta disciplina desde una mirada amplia, conectándola con la arquitectura, la cultura y el arte contemporáneo. Su objetivo es hacer que la divulgación sea accesible, rigurosa y entretenida para cualquier persona. En sus cuentas de redes sociales te lo cuenta todo muy rápido y se llama La Inercia. Le pedimos que nos diga cómo es un buen día de verano para ella.

Un buen día de verano

Mi día de verano perfecto empieza sin despertador. No soy especialmente de madrugar, aunque mi cuerpo siempre decide abrir los ojos antes de lo que me gustaría. Las siete de la mañana me parece una hora estupenda para empezar el día, siempre que haya llegado a ella sin que ningún reloj me haya obligado.

El desayuno tiene que ser lento. Sin prisas. Y con, al menos, dos cafés. Soy una enamorada del café y pocas cosas me hacen más feliz que alargar ese primer momento del día mientras el calor todavía no aprieta.

Si pudiera elegir dónde estar, sería en Palmeira, mi pueblo. Es uno de esos lugares donde el tiempo parece funcionar de otra manera y donde desconectar resulta casi inevitable. El verano allí tiene el ritmo que me gusta: tranquilo, sin demasiados planes y con el mar siempre cerca.

La playa, para mí, es por la mañana. Nunca por la tarde, si puedo evitarlo. Me gusta llevar un buen libro, leer un rato entre baño y baño y sentir que el día todavía tiene toda una tarde por delante.

En este verano ideal voy a permitirme alguna licencia. Después de la playa habría una piscina esperándome para refrescarme otra vez antes de comer, digo que es una licencia porque en Palmeira no soy tan afortunada, pero podemos inventárnoslo un poco.

Y después, una comida larga con mi familia y mi pareja, sin mirar el reloj, evidentemente, la comida es súper importante para mí, así que si el presupuesto no importara, habría marisco, porque me entusiasma, aunque no sea algo que pueda disfrutar tan a menudo como quisiera.

La sobremesa terminaría, inevitablemente, en una buena siesta. Creo firmemente que pocas cosas representan mejor el verano, y pocas cosas me representan menos a mí, que tengo que parar después de comer al menos media hora desde que soy pequeña, igual es por el metabolismo o porque me encanta procrastinar incluso el tiempo libre.

Al despertar, una de esas películas que siempre merece la pena volver a ver. In the Mood for Love es una de ellas: una película que parece detener el tiempo y que siempre consigue envolverme, incluso cuando ya conozco cada escena.

Y para cerrar el día, una cena en una terraza. No hace falta nada demasiado sofisticado: unas tellinas, unas croquetas realmente buenas, una conversación larga y el aire cálido de la noche.

Cuando vuelva a casa todavía quedará un último plan, uno de esos pequeños placeres cotidianos que llevo demasiado tiempo posponiendo: encender la consola y retomar Assassin’s Creed, que lleva meses esperándome con una paciencia admirable.

Supongo que mi verano perfecto no consiste en hacer grandes cosas. Tiene más que ver con encontrar el tiempo para disfrutar despacio de las pequeñas: un café sin prisa, un libro frente al mar, una buena comida compartida, una película inolvidable o una partida pendiente.

Al final, quizá el verdadero lujo del verano sea precisamente ese: sentir que, por unas horas, el tiempo deja de correr. En este mundo, y en esta vida que he escogido, todo va muy rápido, con mucha ansiedad, así que librarme de ello sin reparos, es el plan perfecto.

Fotografía: D.R.

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