Vivir en el Palacete Burgos: cien años lo contemplan

5 agosto 2021

por | 5 agosto 2021

Quedamos en la puerta del Palacete Burgos, en la avenida del Puerto de València, con el arquitecto Javier Hidalgo, que va a ser nuestro guía en la visita al magnífico edificio y el responsable de que este recupere su brillo y sea habitado de nuevo cuando concluyan las obras de rehabilitación, ahora en marcha. Las casas son reflejo de su tiempo, y esta, con un siglo de vida, tiene mucho que reflejar.

Una casa burguesa encargada por una mujer en 1919

Este edificio tiene la particularidad de que es uno de los pocos chalets de la burguesía valenciana que fue mandado construir por una mujer, María Burgos, viuda de Olmos, que heredó de su marido una empresa maderera y la fortuna familiar.

Para la construcción eligió un solar junto a los almacenes de madera de su empresa, en el antiguo camino del Grao, y además consiguió, gracias a su poder de influencia, desviar el trazado del tranvía, que pasaba junto a su futura casa, para poder unir el palacete con las dependencias de la fábrica.

Fuera del perímetro de la vivienda actual, pero casi pegada a ella, sigue en pie una pequeña construcción, de propiedad municipal, que albergó en su día las oficinas de la maderera y que mantiene el rótulo de «Viuda de Olmos».

Goerlich entra en escena

El primer proyecto de la casa fue para el maestro de obras Ricardo Cerdà, en 1919; sin embargo en 1921 el arquitecto Javier Goerlich, se hace cargo de las obras, ya comenzadas, y presenta un nuevo proyecto en el ayuntamiento en el que se abandona el inicial estilo clasicista del proyecto original proponiendo un diseño de corte romántico, claramente asimétrico gracias al torreón de la parte derecha de la fachada y a la otra torre que corona la terraza del palacete.

La casa del médico

María Burgos murió sin descendencia y la casa la heredó su hermana, Amparo Burgos. Posteriormente, pasó a manos de su hija Carmen Ricart Burgos, casada con el médico Isidoro Álvarez Souto, de ahí lo del otro nombre por el que se conoce al palacete, «casa del médico». Nombre que se prolongó a la siguiente generación, ya que la hija de ambos, Amparo Álvarez Ricart, estuvo casada con el que fuera cirujano de la plaza de toros de València, José María Aragón Caro.

Todo ha cambiado mucho en estos cien años. El edificio ha visto pasar a unos cuantos ocupantes por sus estancias y ha sufrido todos los acontecimientos del movido siglo XX además de los turbulentos vaivenes inmobiliarios de los últimos veinte años hasta llegar a sus actuales dueños.

A punto estuvo de ser un lugar de oficinas y, también, de destinarse a estancias vacacionales con el furor de la Copa América, cuando los precios se dispararon, pero al final ha ido a parar a una familia, de siete miembros y tres generaciones, que va a habitar un lugar muy presente en el imaginario colectivo de la ciudad.

A Javier Hidalgo, arquitecto especializado en intervenir sobre edificios patrimoniales, le llegó el proyecto en la primerísima fase, cuando los propietarios le solicitaron el informe de evaluación del edificio, necesario para la compraventa del inmueble. Tras ese primer contacto, al cabo de los meses, los ya dueños se decidieron por él a la hora de elegir al arquitecto que iba a dirigir los trabajos.

De edificio icónico a futura vivienda familiar

«El principal objetivo de la rehabilitación del Palacete Burgos ha consistido en dar una respuesta satisfactoria a la voluntad de una familia de convertir en su vivienda particular uno de los edificios más icónicos de la ciudad de València, y todo ello sin transformar su carácter y recuperando, además, algunos de sus valores históricos y artísticos que se habían perdido», explica Javier Hidalgo.

«La eliminación de elementos y añadidos impropios y la recuperación de otros muy degradados e incluso desaparecidos, nos ha permitido descubrir muchos aspectos del edificio original proyectado por Goerlich para María Burgos: la riqueza cromática de su exterior, los espectaculares pavimentos de mosaicos Nolla, los espacios a doble altura, los magníficos techos decorados de algunas de sus estancias, y demostrar que todo esto es compatible con las necesidades y legítimas exigencias de los nuevos propietarios de habitar un edificio histórico sin renunciar a las necesidades de confort y habitabilidad de una vivienda actual».

«La rehabilitación del Palacete Burgos es, sin duda, un proyecto muy importante para nuestro estudio, no sólo por la importancia del propio edificio y el respeto que nos merece el arquitecto que lo proyectó, sino también por la responsabilidad que conlleva intervenir en un edificio que, probablemente, es de los más queridos y admirados por la ciudadanía valenciana, como se está demostrando en todo este tiempo desde que comenzamos los trabajos de rehabilitación», explica.

 

«La gente adora la “Casa del Médico”, tiene muchos recuerdos asociados a este edificio, forma parte de la memoria histórica de la ciudad, y no podíamos defraudar las expectativas puestas en su recuperación. Es una rehabilitación de un edificio histórico como vivienda familiar, sí, pero también supone la recuperación de un fragmento muy importante del patrimonio y la memoria de la ciudad de València», continúa Hidalgo. 

Ahora sí: La casa

Nuestra visita comienza traspasando la gran puerta de madera de la entrada, propia de un palacete. Aparecemos en una estancia grande, de techos infinitos, que en su día sirvió para guardar los coches de caballos y ha llegado, en los últimos tiempos, a hacer de garaje para coches último modelo.

El equipo de Hidalgo ha devuelto la habitabilidad a este espléndido zaguán, con paredes forradas de mármoles veteados y con unas esculturales lámparas. Aunque lo que quita el aliento es la gran puerta de madera que la viuda de Olmos hizo poner para acceder a la escalera que sube a los demás pisos, no olvidemos que su empresa era una maderera. Es apabullante.

En la planta baja hay varias habitaciones y, al fondo del todo, está el acceso al jardín trasero de la casa, donde los nuevos propietarios han decidido instalar una pequeña piscina en uno de los laterales.

En el patio, manejando con ácido las piezas de pavimento que irán en el suelo, trabaja sin parar el equipo de Salvador Escrivá, uno de los mejores especialistas del país en la recuperación del mosaico Nolla. La vivienda puede presumir, entre otras muchas cosas, de tener unos suelos de mosaico impresionantes, sobre todo los del primer piso, que se corresponde con la parte, originalmente, más noble del edificio.

Los especialistas trabajan en la restauración de las piezas que lo necesitan, que son, sobre todo, las de la segunda planta de la casa. Ahí, sus últimos propietarios habían pasado todas las instalaciones por rozas, perforando sin piedad el mosaico del pavimento al que, además, habían clavado encima un suelo de madera. El trabajo de recuperación de los mosaicos está siendo exhaustivo.

 

A lo largo del primer y segundo piso se suceden las habitaciones, más o menos grandes, con suelos coloridos y techos profusamente decorados. En una de ellas, recayente a la avenida del Puerto, encontramos trabajando a dos restauradoras que están salvando unas delicadas pinturas murales de ecos modernistas que han aparecido, sorpresa agradable, en una de las paredes.

Los cuartos de baño son completamente nuevos, de corte muy contemporáneo, que contrastan intencionadamente con el estilo del resto de la casa. El segundo piso se ha dispuesto como una especie de planta independiente con la instalación de otra cocina y con todo lo que se puede necesitar para tener autonomía propia al margen del resto de la vivienda.

La escalera conduce, aunque también hay un ascensor, hasta el tercer y último piso, donde se sitúa la terraza que ocupa toda la planta de la casa, coronada por dos construcciones peculiares, una torre cuadrada, que albergará una pequeña cocina para dar servicio al ático, y un precioso torreón, de pequeñas dimensiones pero con gran encanto.

¿Cómo se afronta un proyecto así?

«El objetivo que nos marcamos al afrontar este proyecto era cómo rehabilitar un edificio como éste, tan potente desde un punto de vista patrimonial, y adaptarlo a las necesidades que tiene una familia hoy en día, sin alterar sus valores y su carácter«, explica Javier Hidalgo. 

«Para ello ha sido fundamental encontrar un equilibrio entre la restauración de los elementos más valiosos como los techos decorados, los mosaicos Nolla, la magnífica carpintería de madera o la recuperación del color original, y la adecuación del edificio a una normativa y a unas necesidades de confort, habitabilidad, etc. tan exigentes como las actuales».

Al comenzar este trabajo, Hidalgo y su equipo se encontraron un edificio cuyo interior había sido muy alterado a lo largo de su historia, y no siempre de una manera respetuosa con la construcción original.

«No sólo se trataba de restaurar lo que estaba en mal estado sino de recuperar espacios, pavimentos y elementos constructivos y decorativos que se habían ocultado, maltratado o incluso desaparecido, pero de cuya existencia teníamos constancia. Afortunadamente los propietarios han sido sensibles y receptivos a esta labor y han comprendido la importancia de recuperar la mayor parte posible de los elementos patrimoniales del edificio, incluso renunciando en ocasiones a alguna de sus pretensiones iniciales», explica.

Hay que tener en cuenta que el edificio sólo cuenta con un nivel de protección 2 en el PGOU de València, una protección que se queda corta para un sitio como el Palacete Burgos, ya que teóricamente permitía intervenciones más duras y menos respetuosas con el edificio original. En 2015 se revisó el catálogo y este edificio, de forma incomprensible, ni siquiera fue catalogado como Bien de Relevancia Local (BRL). Cuanta más protección para el edificio, menos intervenciones inapropiadas se pueden hacer en él.

¿Por dónde empiezas? 

«Cuando se produce el encargo del proyecto, nuestro estudio se pone a funcionar siguiendo la metodología que aplicamos en todos los proyectos de intervención en edificios de este tipo. En primer lugar es fundamental el conocimiento máximo del bien objeto del proyecto, tanto a nivel material -pasando muchas horas en él, recorriéndolo y estudiándolo a todos los niveles, realizando un levantamiento muy detallado, estudiando su patología, sus sistemas estructurales y constructivos, etc.- como a nivel documental, consultando todo lo referente al edificio en archivos históricos, estudiando y analizando el proyecto original y todos los proyectos posteriores que puedan existir y que nos ayudan a comprender su evolución. Para intervenir con responsabilidad en un edificio de este tipo es fundamental hacerlo desde el conocimiento», señala.

«En este caso además, de manera muy personal para mí, era muy importante profundizar en el conjunto de la obra de Goerlich -sin duda el arquitecto más importante del siglo XX para la ciudad de València y al que profeso una gran admiración- y en el contexto arquitectónico e histórico en el que se proyectó y construyó este edificio en concreto».

«Tras esta primera fase comienza otra en la que el proyecto comienza a tomar forma y en la que el diálogo, y más cuando se trata de un edificio como éste, tiene un protagonismo fundamental. Hacen falta muchas reuniones con todos los agentes implicados en el proceso, especialmente con los propietarios, por supuesto, pero también con el ayuntamiento, los contratistas, el resto del equipo técnico…hasta llegar a una solución que satisfaga a todas las partes y que en obras de restauración sabemos que no puede estar del todo cerrada porque en el transcurso de la obra siempre aparece alguna que otra sorpresa», explica el arquitecto.

 

Colores originales, mosaicos restaurados, pinturas murales modernistas …

«En una obra de esta magnitud, lógicamente, hay un equipo técnico detrás cuya labor es fundamental – indica Javier -, la estrecha colaboración de la arquitecta Celina Sánchez, en la redacción del proyecto y durante el transcurso de la obra, y el trabajo del arquitecto técnico Julio Sánchez, en la dirección de obra, han sido fundamentales en todo el proceso».

«Para los trabajos más específicos hemos contado con algunos de los mejores especialistas, que suelen colaborar con nosotros en otras obras similares. Por ejemplo, para algo tan importante como devolver el color original el edificio contamos con Ana Torres, profesora de la UPV que, al frente del Grupo de Investigación del Color en Arquitectura, realizó el estudio cromático de las fachadas, lo que ha supuesto devolver los colores originales al palacete».

«Para la restauración de los mosaicos Nolla ha sido el equipo de Salvador Escrivá, probablemente el mayor especialista en nuestro país en la recuperación de este tipo de pavimentos, quien se ha hecho cargo de su restauración; Salvador Gomis, reconocido especialista a nivel internacional en bóveda tabicada ha recuperado este elemento tan característico de la arquitectura valenciana para el casetón de la escalera, que se había perdido; las restauradoras Aurora Arroyo y Lidia Boix han recuperado unas interesantes pinturas murales modernistas que aparecieron, muy degradadas, detrás de un papel pintado de nulo interés. En definitiva, es éste un trabajo coral, en el que cada una de las partes es fundamental para conseguir un buen resultado final», explica.

De Javier Goerlich a Javier Hidalgo

Javier Hidalgo, responsable de devolver el lustre al edificio de Javier Goerlich, dirige el estudio Hidalgo Mora Arquitectura pero además es Máster Oficial en Conservación del Patrimonio Arquitectónico por la Universidad Politécnica de Valencia y miembro del Comité Nacional Español de ICOMOS y de la Academia del Partal (Asociación Libre de Profesionales de la Restauración Monumental). 

Ha desarrollado su carrera profesional principalmente en el campo de la intervención en el patrimonio, donde cuenta con una amplia experiencia en la redacción y dirección de obra de proyectos de restauración. Es decir, sabe lo que tiene que hacer en un palacete con esa historia y ese valor patrimonial que brillará, más aún, cuando finalice la rehabilitación en unos meses.

Fotografía: Eduardo Manzana. Producción: Carmen Lodeiro.

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