Vivir en «un Facundo»: diseño europeo en la grisura de los 60

3 marzo 2021

por | 3 marzo 2021

Los años 60 y 70 se distinguen por haber dejado en las ciudades españolas un reguero de construcciones más bien feas, abusivas y hechas, generalmente, con poca calidad. El desarrollismo franquista cambió la fisonomía de las calles, ya saben, como el Barrio de San Genaro en «Cuéntame», España se industrializaba, sus trabajadores necesitaban casas y las ciudades crecían a toda velocidad. A la vez, por esas fechas, también llegaban turistas a las costas y proliferaban las construcciones playeras que dejaron sembrado de hormigón prácticamente todo el litoral.

Es decir, que se pasó a construir mucho pero a hacer poca arquitectura. El arquitecto Miguel Díaz Negrete lo resumió en pocas palabras «hubo mala arquitectura y mala ejecución. Aquello no era proyectar, era tirar proyectos».

La construcción de este periodo ya ha sido amplia y detalladamente denostada, así que nosotros nos fijaremos en alguien que, pese a la época atroz en la que desarrolló su obra, dejó como legado unas casas que, a día de hoy, aún son brillantes.

Sus casas, las que él construyó, tienen algunos elementos que los diferencian de las demás: una muy buena construcción, una atención inusual a los detalles decorativos y una visión moderna de los edificios. Hablamos del constructor Facundo Martínez, quien diseminó una treintena de edificios, con su inconfundible estilo, por toda la ciudad.

Importó a València el diseño europeo, del que se informaba a través de revistas extranjeras, y lo incorporó a sus edificios dotándolos de una calidad decorativa poco frecuente en las viviendas contemporáneas en ese momento.

 

El profesor de proyectos de la Escuela de Arquitectura de la UPV Luis Francisco Herrero se topó, casi accidentalmente hace años, con los edificios de Facundo Martínez y empezó a interesarse hasta el punto de arrancar un estudio sobre él, fotografiando las construcciones que habían identificado como suyas y documentándolas con los planos de archivo.

«En paseos, buscando sorpresas por la ciudad con mi compañera Maota Soldevilla, descubrimos algunos edificios que nos llamaron la atención. Además de su buena factura constructiva, parecían tener algo en común en cuanto a ciertos detalles de estilo. Luego nos fijamos que muchos de ellos estaban firmados por un tal ‘Facundo Martínez, constructor’. Los dos teníamos tiempo entonces y empezamos a investigar». 

 

 

«Nos enteramos que había fallecido en el mismo periodo en el que nosotros habíamos empezado a interesarnos por sus edificios, en 2005, así que no tuvimos contacto directo con él, pero sí con arquitectos, aparejadores, constructores y diseñadores que trabajaron con él o para él que nos contaron rasgos de su personalidad. Los había admirativos y también francamente hostiles; no tuvimos suficientes elementos de juicio para hacer una valoración de su personalidad», explica Herrero.

«Tras algunas entrevistas, llegamos a saber que las últimas oficinas de su empresa estaban en un edificio de Mislata que a la vez era su vivienda. El caso es que cuando fuimos a ver ese edificio estaban derribándolo con todo lo que podía haber sido su archivo dentro. Por una parte, esto nos desanimó; Por otra, empezamos a no tener tanto tiempo: el trabajo volvía a apretar. Así que aparcamos la investigación y nunca la retomamos». 

En opinión de Herrero, estamos ante un constructor «diferente» en el panorama valenciano, «sus edificios son llamativos desde el exterior, con detalles delicados en el interior y muy bien construidos. En muchos casos sus actuales habitantes así lo reconocen y respetan su integridad. En otros, no. Así somos los humanos».

 

 

Una de esas personas que habita «un Facundo» es Montse, quien se trasladó a principios de los años 80 a vivir al edificio de la calle Alta, en el barrio del Carmen, que el constructor había finalizado en 1969. «Cuando llegué y vi la casa me espanté, dice riendo, ¡no tenía paredes!», al poco se enamoró de la vivienda y hasta hoy.

Su casa, como todas las de este edificio singular, cuenta con una estructura muy peculiar, nada de pasillos, tiene un distribuidor en el centro con una impresionante puerta corredera estilo japonés y puertas con armarios hasta el techo (de ahí lo de que no «había paredes») que muestran tanto su delicadeza y su gusto por los detalles como su inconfundible sello: unos enormes tiradores geométricos preciosos, de madera, bien pensados, que facilitan el trabajo de abrir las puertas con una estética apabullante.

 

 

La cuidada decoración de sus interiores se aprecia a simple vista en piezas como los pomos, las estructuras de hierro que utilizaba tanto en las zonas comunes de la finca como en cada casa particular, el uso de texturas muy diferentes en superficies contiguas, mucho motivo geométrico, mucho cristal de colores … En una misma pared reunía hasta tres tipos de tramas diferentes: papel de arroz, cristal azul y ladrillo blanco, y  la mezcla funcionaba.

Lo de los zaguanes de las fincas de Facundo Martínez es otro cantar: su estilo es entre muy cinematográfico y muy reconocible. Si has visto «un zaguán Facundo» no se te olvida.

 

 

 

En el mismo edificio de la calle Alta, pero un piso más arriba, vive Carmen, una señora que compró sobre plano la casa en la que vive desde 1969 y que mantiene casi igual que entonces. Cuando entró en la vivienda ella no sabía que era un sitio tan especial, «pero me encantó, era diferente».

La casa, explica, se entregaba amueblada y decorada, eso sí, al gusto de Facundo Martínez. Armarios con motivos geométricos, muebles de madera tallada, una gran mesa de palisandro en el salón … hasta las lámparas eran «raras».

Todas las casas del edificio tienen chimenea, que no es una convencional, claro, ésta va encabezada con un frontal negro de nogal enorme, donde el aplique de luz es un sol con unas filigranas doradas como rayos. La chimenea y su sol reinan junto a la gran cristalera del salón que da a uno de los balcones. Puro Facundo.

 

Otro arquitecto que, desde que supo de su existencia, ha mostrado gran interés por Facundo Martínez es Boris Strzelczyk, de Guiding Architects (GA Valencia) que, atraído por la València menos habitual, también organiza rutas arquitectónicas por la ciudad.

Siempre que puede habla bien de Facundo Martínez y mal de lo poco que se valora su aportación a la fisonomía urbana. Ya casi es una voz autorizada sobre él, medios como Disseny CV o Valencia Plaza han publicado en otras ocasiones su reivindicación sobre las creaciones de Facundo, al que considera «un magnífico constructor. Aparte del exquisito diseño de sus edificios y detalles, toda su obra se ejecutaba de forma ejemplar. Hoy en día no se construye tan bien».

«La arquitectura de aquella época era muy correcta y aséptica – sigue Boris – Él se salía de aquella norma. Se nota que se lo pasaba bien creando mundos imaginarios coloridos en una València en blanco y negro. Lo que sí hubo en su época son algunos decoradores magníficos, como Camarasa, que colaboró con Facundo en algún edificio». 

 

 

Ante la pregunta de si esos edificios deberían estar protegidos para evitar demoliciones indeseadas, tan de aquí, Luis Francisco Herrero piensa que «más que proteger se trataría de publicitar más sus méritos para intentar atraer a los que no los reconocen». Boris Strzelczyk opta más por la vía de la protección «son algo único que tenemos en nuestra ciudad. ¿Pero qué podemos esperar de unas instituciones que hace poco demolieron las naves de la antigua facultad de Agrónomos? Una magnífica obra de Moreno Barberá, el arquitecto que trajo el movimiento moderno a Valencia», explica.

«El trabajo de Facundo es desconocido porque, hasta ahora, nadie lo ha reivindicado. Facundo era un alma libre, curioso y autodidacta que no pertenecía al gremio de los arquitectos ni al de los decoradores y, por lo tanto, nunca ha sido reconocido por ellos. Pienso que ha llegado el momento de sacar a Facundo del anonimato y darle el valor que se merece. Hay que actuar antes de que desaparezca su obra, en algunos casos ya muy deteriorada. Tenemos que actuar antes de que sea demasiado tarde«, señala.

 

 

 

Su centro de acción fue la ciudad de Valencia en la que hay registradas unas 25 construcciones de las cuales, algunas, como su casa estudio, han desaparecido. «Tampoco todas tienen la misma calidad. Las obras al final de su vida no tienen la misma calidad que las primeras. Fuera de Valencia tengo constancia de una magnífica obra en Gandía, el edificio Hamburgo. Está por ver si hay alguna más, pero si las hay, serán escasas».

 

Strzelczyk prepara estos días un recorrido que anunciará cuando se relaje la situación sanitaria y se pueda volver a acceder a portales y viviendas. «Una vez, incorporamos la visita a una vivienda de Facundo en un recorrido por la calle San Vicente. Entramos al edificio Las Vegas. La gente flipó con el nivel de detalle y la calidad de la decoración. Era algo que no se esperaban».

«Una bonita excursión es ir a ver su tumba en el cementerio de Mislata. En ella hay una foto de un joven Facundo. Siempre me gusta ponerle cara a la gente que considero especial».

 

Fotografía: Eduardo Manzana

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