Óscar Martínez: “La figura de Maota Soldevilla fue de una enorme envergadura en la EASD”

30 marzo 2026

por | 30 marzo 2026

El historiador del arte y profesor Óscar Martínez (Almansa, 1977) ha coordinado la exposición «L’Escola d’Art i Superior de Disseny. 175 anys al cor de València», que puede visitarse hasta el 3 de mayo en el Centre del Carme Cultura Contemporània. Sobre esta muestra, que recoge una porción significativa de la historia de la EASD València a través de una serie de hitos, y que ha sido llevada a cabo por un equipo comandado por el propio Óscar Martínez, Ana Martínez Gorostiza y Lara Llop; sobre su labor como escritor y autor de diversos libros de ensayo publicados por la editorial Siruela y otras tantas cosas más (como el curso que dará en la librería Ramon Llull en torno al libro ilustrado), da cuenta en esta entrevista.

R.M.: Recientemente has coordinado la muestra que lleva por título «L’Escola d’Art i Superior de Disseny. 175 anys al cor de València», y que puede verse estos días en el Centre del Carme Cultura Contemporània. Sé que no ha sido fácil para ti concentrar un periodo de tiempo tan largo en una muestra que cuenta con un espacio muy determinado; que has tenido que realizar un esfuerzo importante en este sentido. ¿Cuáles han sido las líneas programáticas?

Ó.M.: Mi labor dentro del equipo de coordinación de la exposición ha sido, sobre todo, la de crear un resumen de la historia de la EASDV que ha acabado convertido en una cronología visual que ocupa todo un lateral de la sala. Es obvio que condensar casi dos siglos de historia en unas pocas líneas es una labor destinada al fracaso, pues es imposible no dejar nada fuera. De todas formas, incluso en la configuración de esa cronología se han intentado reflejar unas ideas clave desarrolladas por todo el equipo de coordinación.

Por un lado hemos querido destacar cómo la Escuela ha estado incardinada en la ciudad de Valencia desde sus inicios, algo que también queda claro en el propio título de la exposición. Para ello hemos creado un plano de la ciudad con las nueve sedes diferentes que ha tenido la EASDV, un hecho que muchas veces se olvida y que demuestra cómo la Escuela lleva siendo protagonista de la vida cultural y educativa de la ciudad desde mediados del siglo XIX.

Por otro lado, una de las líneas básicas que organiza el montaje es la de la transición desde unas enseñanzas muy ancladas en lo tradicional hasta un panorama actual en el que no se entiende el diseño sin la participación de procesos digitales y virtuales. Es por ello que la primera sección de la exposición ofrece piezas de ese primer siglo de historia conservadas y restauradas gracias al trabajo de la Associació de l’Escola Superior de Disseny de València. Vemos ahí dibujo artístico y lineal, talla en madera, cerámica, orfebrería, vaciado en yeso, vidrieras o dorado y policromado, por poner tan solo algunos ejemplos.

Destacan dos piezas de grandes dimensiones e impacto: las antiguas puertas de la secretaría de la Escuela de Artes y Oficios –las cuales estaban en el mismo edificio del Convento del Carmen en el que se encuentra el actual CCCC– y un retablo de mediados del siglo pasado que exhibe un trabajo colaborativo entre diferentes especialidades. A partir de ahí se despliega el resto de la exposición, en la que, a partir de un concepto de Wunderkammer o gabinete de maravillas, mostramos algunos de los trabajos más interesantes desarrollados por nuestro alumnado desde finales del siglo XX hasta la actualidad, mezclando piezas de Premios Nacionales con las de quienes han terminado sus estudios hace apenas unos meses.

Por último, otra idea que hemos querido destacar en el montaje es la de la progresiva e imparable incorporación de la mujer al mundo del diseño. Para ello, en la línea del tiempo hemos destacado a pioneras como Josefina Villanueva y María Labrandero, primeras profesoras durante el periodo de la Segunda República, y María Luz Ródenas, primera directora de la Escuela en el año 1983.

En lo que respecta a las piezas expuestas se ve claramente cómo la mujer está prácticamente ausente en los trabajos más artesanales, para ir sumándose poco a poco a finales del siglo XX con el ejemplo extraordinario de Lola Castelló como Premio Nacional de Diseño en 1997. Ya en los trabajos más contemporáneos el porcentaje de exalumnas crece exponencialmente, con especialidades en las que son la inmensa mayoría de las seleccionadas para la exposición. Así ocurre con los trabajos del Máster en Diseño de Publicaciones Analógicas y Digitales (con los tres libros expuestos diseñados por alumnas) o con las muestras de joyería, por ejemplo.

R.M.: En lo que se refiere al espacio de exposición, parece clara la idoneidad del antiguo convento del Carmen (sede actual del CCCC), dada su relación histórica con la EASD. Es algo que teníais claro desde un principio, ¿no es así?

Ó.M.: Sin ninguna duda. Como he comentado antes, la Escuela pasó sus primeros ciento cuarenta años en este edificio, al principio compartiéndolo con la Academia de Bellas Artes y los últimos en solitario antes de abandonarlo en 1991. Era por ello algo fundamental que esta muestra se llevara a cabo entre los muros del antiguo convento del Carmen, y para ello se ha renunciado a poder exponer en otros entornos de la ciudad, incluso a riesgo de disponer de menos espacio.

R.M.: ¿Qué importancia ha tenido para ti el trabajo que llevó a cabo la historiadora del arte –y profesora de la EASD– Maota Soldevilla (1954-2022) en torno a la propia Escuela?

O.M.: Ha sido fundamental. No hay que olvidar que Maota Soldevilla estudió la historia de la EASD de manera extraordinariamente detallada en su libro Del artesano al diseñador. 150 años de la Escuela de Artes y Oficios de Valencia, publicado con motivo de la celebración de dicha efeméride. Sin ese trabajo de síntesis mi labor habría sido de una gran complejidad y no creo que hubiera sido capaz de llevarla a cabo con éxito en el breve lapso de tiempo del que hemos dispuesto. La figura de Maota fue de enorme envergadura en la EASD durante su vida y sus trabajos de investigación en torno a la Escuela serán, sin duda, la base de cualquier intento de explicar esta institución en el futuro.

R.M.: ¿Has quedado satisfecho con el resultado final de la muestra? ¿Tienes alguna preferencia personal por alguno de los objetos que se muestran en ella?

Ó.M.: Con respecto a la primera cuestión, es complicado responder a una pregunta así. Han sido muchos meses de vaivenes, desencuentros y encuentros, dificultades y sinsabores, pero creo que, con los medios materiales y humanos con los que contábamos, el resultado es satisfactorio. No hay que olvidar que somos un centro público sin el músculo financiero de otras instituciones de la ciudad, por lo que hemos tenido que utilizar el extraordinario capital humano del que dispone la Escuela para poder llevar la exposición a buen término.

Por lo que respecta a la segunda pregunta, me temo que es todavía más difícil… A lo largo del proceso he ido cambiando mis preferencias y estas han transitado por algunas de las piezas de la exposición. Es obvio que hay obras de un nivel apabullante que muestran lo mejor del diseño valenciano de las últimas décadas, pero quizás, a día de hoy, de lo que más satisfecho estoy es de poder mostrar esos hitos junto a algunos trabajos de alumnos y alumnas que justo el curso pasado terminaron sus estudios y cuyos TFG (Trabajos Final de Grado) son ya ejemplos de éxito. Esa combinación entre generaciones creo que muestra lo mejor de la Escuela.

Óscar Martínez es, como decíamos al principio, autor hasta la fecha de tres ensayos: Umbrales. Un viaje por la cultura occidental a través de sus puertas (Siruela, 2021); El eco pintado. Cuadros dentro de cuadros, espejos y reflejos en el arte (Siruela, 2023) y el más reciente El jardín mineral. Gemas y piedras preciosas en el arte y la cultura (Siruela, 20025).

R.M.: Has logrado lo que pocos colegas historiadores del arte han conseguido, al menos en nuestro país: ser capaz de llegar a un público considerable a través de tus ensayos. Esto es, a través de lo que podemos considerar como “alta divulgación”. ¿Cómo surge este proyecto de escritura?

Ó.M.: De manera totalmente fortuita y casual, como quizás ocurren las mejores cosas en la vida. Yo llevaba años dando vueltas alrededor de una idea, pero sin tiempo para abordarla, hasta que llegó la COVID-19. Hasta ese momento había escrito varios libros infantiles y otros de investigación con temas de arquitectura gótica y barroca, además de algún pequeño relato de tema artístico, pero nada comparable a lo que vino después. Con varios meses por delante de tiempo disponible, finalmente pude embarcarme en la escritura de un texto que acabó siendo Umbrales, aunque por entonces –verano de 2020– no podía imaginar que se convertiría en un libro.

R.M.: Por si fuera poco, acabas entrando ya con tu primer libro en el catálogo de Siruela, hogar de insignes y admirados (y admiradas) como Robert Walser, Ingeborg Bachmann, Herta Müller o Irene Vallejo; y de colecciones como la añorada «La Biblioteca Azul. Serie Mínima», que dirigió Juan Antonio Ramírez y que incluyó libros de Pilar Parcerisas, Anna Maria Guasch, André Grabar…

Ó.M.: No puedo imaginar una mejor editorial que Siruela para publicar mis libros. De hecho, cuando echo la vista atrás y recuerdo cómo se gestó todo, no hay día que no agradezca poder estar en una casa como esta. Y de nuevo, como te he comentado antes, estoy convencido de que la casualidad y el azar fueron fundamentales. En septiembre del 2020 ya tenía listo el texto de Umbrales y decidí enviarlo a todas las editoriales de ensayo cuyos libros llevaba años devorando: Acantilado, Destino, Ariel, Taurus y, por supuesto, Siruela. Escribí un correo electrónico muy breve presentándome –no hay que olvidar que no conocía a nadie en el mundo editorial– e introduciendo la idea del libro y recibí la callada por respuesta de todas las editoriales menos de Siruela. En menos de una semana ya habían leído el primer manuscrito y habíamos llegado a un acuerdo y, desde entonces, ya son más de cinco años de maravillosa relación profesional y personal.

R.M.: Vayamos al grano. La escritura de Umbrales surge durante la pandemia al darte cuenta, dices, de que hay un espacio interior y otro exterior. Parece que nos cuesta darnos cuenta de cosas tan obvias; que hemos de parar por completo, o casi, para reflexionar siquiera por un momento sobre la vida que llevamos, en qué espacios se desarrollan…

Ó.M.: Así es. El texto en el que había estado trabajando versaba alrededor de las puertas y entradas de algunos edificios monumentales, un asunto como otro cualquiera en realidad, pero al confinarnos durante aquella primavera, las puertas se cerraron y el tema se convirtió en central en la vida de millones de personas. De hecho, el propio confinamiento y la puerta del piso en el que pasé aquellas semanas de incertidumbre acabaron por protagonizar el epílogo del libro. Umbrales no era un libro que hablara de la pandemia o del encierro, pero tuvo la fortuna de ser escrito durante aquel 2020 y salir a la venta en el 2021, un momento en el que viajar se había convertido en una actividad muy complicada. Yo “viajé” escribiendo el libro y creo que, muchas personas, “viajaron” también al leerlo. De alguna forma, el texto coincidió con el Zeitgeist del momento, con el espíritu de unos tiempos convulsos en los que sirvió como refugio y evasión. Quizás eso explique parte del sorprendente éxito que tuvo y de las hasta cuatro traducciones a lenguas extranjeras de las que disfrutó -italiano, portugués, ruso y chino-, algo que, como puedes suponer, fue una verdadera sorpresa para mí.

R.M.: Yo, por mi parte, no había caído en lo que dices a propósito de la antigua muralla medieval de València: que protegía a la ciudad de riadas e inundaciones; eso, y la masa forestal que había río arriba y que fue eliminada.

Ó.M.: El afán detrás de todos mis libros es el de contar historias. Me considero un narrador, tanto en mis clases como en los textos que escribo. Creo que el ensayo debe aspirar, más allá de su lógico contenido científico, a fascinar y sorprender al lector. Ahí soy un fiel seguidor de la máxima de Horacio prodesse et delectare, instruir deleitando, y es por ello que intento reunir en cada capítulo tanto información totalmente verificada y ya conocida como algunas anécdotas más sorprendentes, todo ello redactado de una manera lo más literaria y atractiva posible. El dato que comentas sobre la muralla de Valencia es uno entre tantos otros que recojo en ese capítulo y en todo el libro. Me interesa dar un enfoque mínimamente original y diferente a mis textos y, para ello, creo imprescindible incluir elementos que puedan llegar a sorprender a quien se enfrenta al libro.

R.M.: Tú no eres un especialista en la filosofía medieval, como sí lo fue Umberto Eco, al que aludes a propósito del tímpano del Juicio Final de la iglesia abacial de Sainte-Foy de Conques, pero demuestras conocer bien el terreno. ¿Qué hay de estudio, por un lado, y de observación in situ, por otro, de estas obras?

Ó.M.: Se combinan en todos los capítulos de los tres libros que he publicado. Sobre todo en Umbrales, en realidad una especie de libro de viajes, la experiencia de visitar los lugares era imprescindible. Me encanta revisitar espacios a los que he viajado para poder escribir sobre ellos -el “viaje” del que te hablé antes durante la pandemia- y también estudiarlos e investigar sobre ellos para preparar el proceso de escritura. Sé que es un lugar común, pero es cierto que ese proceso de documentación previo a la escritura pura y dura es enormemente enriquecedor. Después, cuando te enfrentas al proceso de construcción literaria, todo se complica y, al final, el libro que logras escribir nunca es el libro ideal que existía en tu mente antes de materializarlo.

R.M.: Sobre El eco pintado, tu segundo ensayo, quisiera preguntarte cuál es el punto de partida de esta serie de textos en torno a la que se ha dado en llamar “metapintura”. Uno apostaría que fue Los embajadores, de Hans Holbein, ejemplo perfecto amén de fascinante de ello…

Ó.M.: Pues, aunque pueda parecer sorprendente, el origen último de este texto no es ninguna de las obras que aparecen en el libro. De hecho, el detonante fue una pintura poco conocida del Museo del Prado, el San Miguel Arcángel del Maestro de Zafra, en cuyo escudo se refleja la silueta del pintor, de quien, de manera irónica, desconocemos su nombre. Fue en diciembre del 2021, y todavía inmerso en la promoción de Umbrales, cuando visité el Prado, reparé en esta obra e, inmediatamente, me vino a la mente el título de un posible libro sobre elementos metapictóricos en el arte.

La idea inicial estaba centrada en los espejos y sus reflejos, pero al final fue creciendo hasta abarcar otro tipo de imágenes metaartísticas tales como estampas, dibujos, bordados, fotografías o pinturas representadas dentro de cuadros. Y ahí sí que aparecen obras como la que comentas, Los embajadores de Holbein, así como otras de Sofonisba Anguissola, Picasso, Manet o Velázquez, entre muchas otras.

R.M.: Finalmente, el año pasado publicaste El jardín mineral, un pequeño libro dedicado a las gemas y las piedras preciosas en el que se percibe quizás un giro. ¿De dónde proviene ese interés por el mundo mineral y en qué momento decidiste publicarlo en un formato tan especial?

Ó.M.: El jardín mineral es la culminación de décadas de fascinación por dos elementos que se combinan en las gemas: los mundos de lo mineral y del color. Mi infancia transcurrió en un pequeño pueblo del interior de la provincia de Valencia, y la búsqueda de minerales y fósiles fue una de mis primeras aficiones. Poco después comenzó mi interés por el mundo del dibujo, la pintura y el color, pues no en vano mi formación inicial fue en Bellas Artes. De ese modo, en este libro se fusionan ambos universos a partir del análisis de hasta nueve gemas y piedras preciosas en las que el color tiene un papel fundamental como elemento clave para nuestra valoración cultural y simbólica de estos tesoros naturales.

Por otro lado, y en relación al formato del libro, fue una decisión de la editorial. En principio estaba pensado para ser publicado de manera similar a Umbrales o El eco pintado, pero el editor consideró que una extensión mucho menor podía jugar a favor del texto, algo con lo que, si bien al principio no estaba de acuerdo, ahora sí que considero que fue un acierto. Además, de ese modo el libro ha aparecido dentro de la serie menor de Siruela, una colección maravillosa con textos de personalidades como Ana María Matute, Herta Müller, Amos Oz, George Steiner u Oscar Wilde. Como comprenderás, es un privilegio y un honor compartir serie con figuras como las que acabo de comentar.

R.M.: Lo primero que me llamó la atención de ese libro fue, por este orden, el color azul (¿cobalto?) de la impresión; las viñetas de Cecilia Plaza y la mención, la referencia que haces a uno de los libros de Michel Pastoureau.

Ó.M.: La elección de los colores de la cubierta fue algo que tuve claro desde el principio. En esta serie menor de ensayos de Siruela, el diseño está fijado de antemano y a los autores tan solo nos dejan elegir los colores. Yo sabía que quería incluir una pareja de tonos que destacara, que llamara la atención, y creí que la dupla de naranja y azul podía ser una buena elección. El naranja remite al ámbar, una de las gemas que más me fascinan de las tratadas en el libro, y el azul al zafiro, el primer capítulo que escribí, y a uno de los colores sobre los que más he estudiado y escrito.

Por otro lado, las ilustraciones de Cecilia Plaza debían enriquecer el texto y creo que lo consiguen sin hacerle perder seriedad y, por último, en un libro como este en el que los colores son tan importantes, no podía dejar de lado al mejor historiador del simbolismo cromático, Michel Pastoureau. Leo con devoción cada libro suyo que encuentro y confío en que, a pesar de su avanzada edad, siga deleitándonos con más estudios sobre este campo tan apasionante.

R.M.: Lo último que has urdido es el curso titulado «Dibujando palabras. Breve historia del libro ilustrado», que tendrá lugar en la librería Ramon Llull entre el 29 de abril y el 20 de mayo. ¿Qué te propones con ello?

Ó.M.: Llevo impartiendo este tipo de cursos desde hace cinco años y son algo que me resulta muy interesante. Gracias al impacto de Umbrales surgieron diversas posibilidades como la de impartir seminarios en la plataforma Acadèmia de la librería La Central o en la propia Ramón Llull de Valencia, cuyos dueños son además amigos y vecinos. He ofrecido cursos sobre arquitectura simbólica, fotografía, grabado y estampación, historia del cartel o simbología de los colores, entre otros campos, y darlos me ha permitido, no solo profundizar en temas que trato en mis clases o en mis libros, sino también conocer a gente excepcional.

Para ponerte dos ejemplos, en uno de los cursos tuve como “alumno” a Felip Vidal, director de la Escola de Disseny Llotja de Barcelona, a quien pude saludar en persona el día de la inauguración de la exposición, y en otro conocí a la mismísima Isabel Campi, verdadero referente para cualquier historiador del diseño. En definitiva, son ocasiones que me sirven para mejorar mi formación al tener que profundizar en temas muy concretos y que, por otro lado, me enriquecen como persona al ponerme en contacto con gente de todo tipo, pero siempre interesada por el arte, el diseño, la imagen y la cultura.

Fotografía: D.R.

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