Martina Almela Sena es arquitecta, siempre tuvo claro que quería dedicarse a la arquitectura. De ahí nace su interés temprano por la ciudad, las calles estrechas en las que creció, los balcones, los tejados, los pequeños detalles que conforman la trama urbana. Paralelamente, el dibujo ha estado presente desde la infancia. Una práctica que ha crecido con el tiempo y que la acompaña en cada viaje y en cada cuaderno, a través de ilustraciones de lugares conocidos o aún por descubrir.
Actualmente reside en Madrid y compagina su trabajo en un estudio de arquitectura con proyectos personales de ambas disciplinas. El último trabajo en el Cabanyal, un mural con el lema “a la taula i al llit al primer crit”, es un guiño a la rutina veraniega. Entre manos tiene un libro de artículos, de un autor valenciano, para el que realizará las ilustraciones de los relatos de viaje.
Este es un buen día de verano para ella.
Un buen día de verano
Podría describir mil días de verano ideales perdida en paisajes que fueron nuevos y que descubrí de vacaciones lejos de aquí.
Amanecer con una selva en la ventana y rodar en la cama para zambullirme en la alberca que queda a los pies, de agua fría y muy azul, en una hacienda mexicana.
Bajar antes de que se despierte el resto de la troupe, con los ojos pegados, a buscar algo de desayuno. Guiada por el olor encontrar una panadería minúscula regentada por un anciano de rasgos balcánicos que no me entiende al hablar pero entiende que se me ilumina la cara al coger un trozo de la hogaza que acabo de comprarle. Y me llevo cuatro más. Agradecido me llena la bolsa de pasteles para mis amigos.
Remontar un río contracorriente, con cangrejeras y una mochila cargada de pan-vin-saucisson y un tomate, que comeremos al llegar al nacimiento de ese río sin nombre en la Provenza.
Dormir la siesta a la sombra de los pinos escuchando las chicharras y oliendo a romero y tomillo.
Surfear las olas del atlántico por la tarde.
Que caiga la noche, la ducha de después de la playa que quita la sal, arreglarse para ir a la plaza de un pueblo de una isla griega. Es la tercera noche consecutiva cenando en el mismo lugar, el propietario te conoce ya y no te pregunta para servirte la bebida. Se sienta contigo a charlar cuando la gente se va marchando.
Son recortes de verano, para mí, perfectos. Pero si evoco ese día, el día de verano, es más fácil que todo esto. Es la rutina de haberlo hecho muchas veces. Es estar en lugares que conoces, cerca de personas con la que sabes todo va a funcionar.
Madrugar en la casa-de-la-vacación en la que he pasado muchos veranos. En una habitación destartalada con demasiadas camas que ya nunca se llenan. La casa en silencio. Permanecer en la cama mirando el ángulo que forma la luz al entrar por la ventana y proyectar su desplazamiento sobre la pared blanca.
Subir descalza la escalera y ser la primera en abrir las contraventanas de madera del salón. Desayunar fruta y yogur en el porche, leyendo sin mirar el reloj. Coger la bici luego para cansarme un poco antes de que vengan mis amigos a recogerme. Acequias y frutales en el Camp del Turia.
Haremos una paella en el pueblo en el que veranea una de mis amigas, queda cerca, escuchamos grandes éxitos de camino en el coche. Aperitivo. Piscina municipal. Elucubrar sobre el absurdo de construir en un pueblo tan pequeño como este una piscina en dos alturas, rodeada de una espléndida balaustrada chaletera y a la que se le añade un tobogán, que por supuesto no nos dejan usar por ser peligroso.
Gandulear después en una habitación con poca luz, la sombra es fresca, siempre digo que no me gustan las siestas pero acabo dormida un porcentaje alto de las veces. Merendar helados y jugar a cartas. Quién es quién en la carta de helados. El Calipo y el Chococlack, nunca faltan. Esta tarde soy un Solero, debe ser por el bronceado y el bañador naranja. Algo inesperado porque, normalmente, se inclinan por el Frigopie.
Después te devolverán a la casa-de-la-vacación. Sonará Brassens y tu madre te preguntará si tienes hambre. El día es muy largo y todavía hay luz cuando nos sentamos a cenar quesos y vinos debajo del algarrobo del que cuelga una simple bombilla desnuda con muchos mosquitos al acecho. A dormir.











