El urbanismo que nos cuida

12 septiembre 2026

por | 12 septiembre 2026

Miro por la ventana y cuento los árboles. Uno, dos, tres. O así debería ser, como mínimo. Es la idea detrás de la regla 3-30-300, una propuesta del investigador Cecil Konijnendijk que plantea que deberíamos poder ver al menos tres árboles desde nuestra vivienda, escuela o lugar de trabajo, vivir en un entorno con aproximadamente un 30 % de cobertura arbórea y tener un espacio verde de calidad a no más de 300 metros. No es una receta médica ni significa que tres árboles vayan a curar la ansiedad. Su interés está en otro lugar: convierte la idea intuitiva de que debemos convivir con la naturaleza y no verla como un enemigo al que eliminar, sino que siempre debimos adaptarnos a ella. Porque quizá el verdadero problema no sea cuántos árboles vemos nosotros desde nuestra ventana, sino cuántas personas tienen la posibilidad de hacerlo.

Durante mucho tiempo hemos pensado la salud mental como algo que ocurre dentro de nosotros, como una cuestión individual que se aborda en una consulta, en una conversación o, cuando es necesario, con un tratamiento. Pero cada vez resulta más difícil separar completamente nuestro bienestar del lugar en el que vivimos. Una parte de esa historia ocurre mucho antes: en la calle, en la vivienda, en el barrio y en la ciudad que habitamos.

La ciudad no es solo el escenario donde ocurre nuestra vida. También puede modificar las condiciones en las que esa vida ocurre. El ruido constante, la contaminación, el calor, el hacinamiento, la falta de espacios verdes, la dificultad para caminar o el aislamiento social pueden convertirse en estresores cotidianos. Al mismo tiempo, tener naturaleza cerca, poder desplazarnos a pie, encontrarnos con otras personas en el espacio público o disponer de lugares tranquilos donde descansar puede contribuir a construir una vida cotidiana más saludable.

La ciudad tampoco se experimenta únicamente con los ojos. También con el cuerpo y con el cerebro. En 2011, un equipo de investigadores dirigido por Florian Lederbogen y Andreas Meyer-Lindenberg publicó en Nature un estudio en el que observaron cómo respondía el cerebro ante situaciones de estrés social en personas procedentes de entornos urbanos y rurales. Encontraron una mayor actividad de la amígdala, una región relacionada con las emociones y se manifestó una alta respuesta al estrés, entre quienes vivían en ciudades. También observaron diferencias asociadas al hecho de haber crecido en un entorno urbano. Era un estudio pequeño y no demostraba que vivir en una ciudad nos enferme, pero planteaba una idea potente: quizá el lugar en el que crecemos y vivimos no sea simplemente el escenario de nuestra vida, sino parte de la experiencia que nuestro cerebro tiene del mundo.

No hace falta convertir la ciudad en el enemigo para entender que algunas de sus características pueden pasarnos factura. Tampoco se trata de imaginar que el campo es automáticamente saludable y la ciudad todo lo contrario. La cuestión es qué características tiene el entorno que construimos y cómo afectan a nuestra experiencia cotidiana. Una calle puede invitarnos a caminar o hacernos sentir que estorbamos. Una plaza puede ser un lugar donde quedarse o un espacio que atravesamos deprisa, incómodas, como la plaza del Sol de Madrid o la del Ayuntamiento de València, donde ves un tránsito de personas en un lugar que debería reunir tranquilamente a personas bajo un árbol con sombra, que puede ser paisaje y refugio térmico, además de acercarnos la naturaleza a la vida en el asfalto.

Plaza de la Puerta del Sol de Madrid (D.R.).

Quizá por eso empieza a interesar algo que durante décadas parecía secundario: la forma en la que diseñamos el entorno construido. La forma en la que construimos y diseñamos lo que nos rodea es por tanto primordial. La arquitectura no solo se mira. También se atraviesa, se escucha, se respira y se siente. Las ciudades contemporáneas pueden estar llenas de tráfico, ruido, superficies duras, calor y espacios pensados fundamentalmente para circular. Pero también pueden diseñarse para hacer sitio a otras cosas: caminar, descansar, encontrarse, jugar, mirar, respirar.

Y cuando empezamos a medir aparecen las desigualdades. Barcelona ofrece un ejemplo especialmente interesante. Un estudio sobre la regla 3-30-300 encontró que solo el 4,7 % de las personas analizadas cumplía los tres criterios, y que una mayor presencia de vegetación alrededor de la vivienda se asociaba con mejores indicadores de salud mental. La ciudad se ha convertido también en un laboratorio de este nuevo urbanismo a través de las supermanzanas y los Eixos Verds, que buscan recuperar espacio del tráfico para hacerlo más verde y caminable.

Investigadores de ISGlobal han estimado que extender este tipo de intervenciones podría evitar cada año decenas de miles de casos de mala salud mental autopercibida. Son estimaciones, no resultados definitivos, pero plantean una idea cada vez más difícil de ignorar: una calle también puede ser una intervención de salud pública.

Proyecto High Line de Nueva York (D.R.)

Nueva York ofrece otra versión de esta idea. El High Line convirtió una antigua vía de tren en un jardín elevado que atraviesa Manhattan, creando un nuevo espacio para caminar, descansar y estar en contacto con la naturaleza. Pero también mostró la otra cara del urbanismo verde: la revalorización de su entorno y el aumento de la presión inmobiliaria, un ejemplo de green gentrification. La ciudad intenta ahora incorporar el bienestar y la equidad al propio diseño de sus calles, entendiendo el espacio público no solo como un lugar para circular, sino también para descansar, relacionarse y cuidar la salud.

En Singapur la idea se lleva todavía más lejos y se convierte en un ejemplo. La naturaleza forma parte de su planificación urbana desde hace décadas y sus instituciones están estudiando incluso qué características concretas de un paisaje pueden favorecer el bienestar: árboles maduros, agua, biodiversidad, sombra o recorridos tranquilos. La cuestión ya no es simplemente cuánto verde tiene una ciudad, sino qué tipo de experiencia produce ese verde.

Son lugares muy diferentes, pero comparten una idea: el bienestar no debería aparecer al final del proyecto, cuando todo lo demás ya está decidido. Debería formar parte del proyecto desde el principio.
Estamos acostumbrados a calcular cuánto cuesta una carretera o cuánto tiempo ahorra una nueva línea de metro, pero mucho menos a preguntarnos cuánto bienestar puede producir una calle con sombra, un banco bajo un árbol o un camino que podamos recorrer andando. El urbanismo también se construye con esas pequeñas decisiones y, acumuladas, terminan determinando cómo vivimos. Porque no todos tenemos la misma ciudad. El código postal empieza a parecerse demasiado a un indicador de salud.

Proyecto en Singapur (D.R.).

Pero hacer una ciudad más verde también puede tener una contradicción: si un barrio mejora, puede hacerse más caro y expulsar precisamente a quienes más necesitaban esa mejora. Por eso una ciudad saludable no debería preguntarse solo dónde poner parques o árboles, sino quién puede disfrutarlos y quién podrá seguir viviendo allí. En España, esta idea empieza a formar parte de puntuales políticas públicas, con propuestas que incorporan la movilidad a pie, la naturaleza y los espacios de encuentro como elementos de salud. Y el objetivo debería ir más allá de plantar árboles: medir dónde falta sombra, dónde hay más contaminación o calor, dónde es difícil caminar y qué barrios tienen menos acceso a espacios verdes, para actuar primero donde más falta hace.

Todo empieza por entender que habitar, movilidad, naturaleza y espacio público forman parte del mismo sistema. Cabe decir qué necesitamos para vivir bien y quién tiene acceso a ello. La ciudad del futuro no debería ser únicamente más sostenible, eficiente o tecnológica. También debería ser capaz de cuidar. Cuidar significa tener sombra, respirar un aire más limpio, poder caminar, encontrarse con otras personas, tener derecho a una vivienda digna con ventilación, ventanas, y no sótanos; dormir sin ruido y tener naturaleza cerca. Y que todo eso no dependa de cuánto dinero tenemos. Porque si el lugar donde vivimos puede influir en nuestra salud, el urbanismo deja de ser únicamente una cuestión de diseño. Se convierte en una cuestión de salud pública. Y también de justicia.

Miro otra vez por la ventana.

Fotografía: D.R. Apertura: Personas disfrutando de una Superilla en Barcelona con diseño de Lekustudio.
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