El antropólogo Manuel Delgado se jubilaba hace unos meses y ponía la universidad patas arriba, en medio de un ritual, hablando de rituales. Danza colectiva y callejera en torno a Franco Battiato, con sus nietos y sus alumnos, que lo veneran, y explosiones de petardos para acompañar ese rito de paso a otra etapa. Pero lejos de dejarnos huérfanas, Manuel Delgado publica «Todas las ciudades están poseídas», donde reúne las principales tesis de su trabajo a lo largo de más de dos décadas de investigación sobre urbanismo, antropología y las dimensiones religiosas que atraviesan las transformaciones urbanas.
En Todas las ciudades están poseídas, el catedrático emérito de Antropología Urbana y Religiosa de la Universitat de Barcelona, continuando las ideas que ya plantearon hace décadas urbanistas como Jane Jacobs o Henri Lefebvre, denuncia «un vandalismo urbanístico presentado como planificación técnica y aséptica, que trata con desdén a la sociedad urbana real y caótica, e interviene agresivamente sobre ella sin escucharla ni comprenderla». Habla de un urbanismo y una arquitectura puestos al servicio de la devastación del medio urbano y señala «cómo han basado su legitimidad en presuntos altos valores morales y en un repertorio de ritos y mitos».
Manuel Delgado (Barcelona, 1956) defiende que la vida urbana está atravesada por el conflicto, la lucha y lo incontrolable y que esto, lejos de ser necesariamente negativo, «forma parte de una dinámica inherente y fundamental al funcionamiento urbano que permite el encuentro, el reconocimiento y la construcción de lo común».
Frente a esto, la planificación urbana, «atravesada por la lógica capitalista y su individualismo y el afán por monetizarlo todo», plantea un proceso de domesticación de esa complejidad y de eliminación de cualquier rastro de vida y descontrol. Para conseguirlo, explica Delgado, ha creado un conjunto de valores e ideas moralizantes que presentan estos procesos mercantiles como algo deseable y aspiracional para los ciudadanos. «Es por su propio bien».
Pero Delgado no cuestiona la necesidad de planificar las ciudades, sino el intento de planificar «lo urbano». Las ciudades deben contar con proyectos que garanticen el bienestar de quienes las habitan o recorren y su acceso a los recursos necesarios, especialmente el derecho a la vivienda. «El problema es que los planes y proyectos han sido históricamente artefactos de dominación política y, cada vez más, de obtención de beneficios empresariales».

Retrato del profesor Manuel Delgado (Foto: Editorial Capitán Swing).
Sirviéndose de la dicotomía clásica del bien y el mal, tan enraizada en la cultura judeocristiana, Manuel Delgado plantea que la perspectiva urbanista capitalista presenta la ciudad como un espacio que genera y resguarda la maldad humana y que, por ello, debe ser rescatada. Creando esta coartada moral (lo bueno frente a lo malo), busca crear la ciudad impecable —sin pecado —, la ciudad servil y sin conflicto; lo contrario a la ciudad.
«Lo importante de este enfoque es entender que, al dotar a la planificación urbanística capitalista de un pretexto moral de bondad o corrección del mal, hacen muy complicado que pueda ser rebatida. Plantean sus ideas como obvias y necesarias, con planteamientos deseables que esconden dinámicas de dominación, mercantilización del espacio, segregación social y desigualdad», apunta.
En palabras de Delgado, «se dota a la planificación urbanística de una misión exorcística del diseño urbano que, en realidad, camufla el desarrollo sin límite de políticas urbanas neoliberales. Hacen pasar por valores morales lo que tan sólo tiene valor mercantil».
El libro analiza procesos como la «redención cultural» de las ciudades, el «embellecimiento estratégico», las «ciudades creativas», la transformación de los centros históricos, la turistificación y la construcción contemporánea del espacio público. En estos procesos, el antropólogo muestra cómo determinadas transformaciones pueden presentarse como regeneración, cultura o recuperación del patrimonio, al tiempo que modifican los usos, la memoria y la vida social de los espacios urbanos.
Contrariamente a lo que pueda parecer, Delgado no está en contra de la planificación urbana. Lo que refuta es el uso de ésta para someter la vida urbana a intereses privados. Defiende un urbanismo que ponga en el centro el bien común, desarrollando proyectos que garanticen el bienestar de quienes viven o recorren las ciudades y aseguren el acceso a los recursos necesarios para ellos, empezando por el derecho a la vivienda.









