La tierra quemada de Calatrava

11 febrero 2021

por | 11 febrero 2021

Cuando asomó el siglo XXI, Santiago Calatrava era una celebridad global, tenía en proyección o en construcción decenas de obras en diferentes ciudades, acumulaba veintitantos Honoris Causa y un montón de galardones, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 1999 y el Premio Nacional de Arquitectura, que conseguiría en 2005 (pero no el Pritzker).

La única preocupación de Calatrava, entonces, era exprimir hasta el último segundo las horas del día y multiplicarse para atender la gran cantidad de compromisos que asumía, que desbordaba las capacidades de su equipo, que nunca pasó de las 200 personas en las sedes de su estudio en Zurich, París, València y Nueva York.

«El mundo amaba a Calatrava. Era el admirado, el aclamado, el deseado e, incluso, el envidiado. Fue entonces cuando su carrera empezó a torcerse. En los últimos años, Calatrava y su obra siguen ocupando páginas en los diarios pero ahora es, con frecuencia, por razones distintas. Por ejemplo, porque sus edificios acumulan demoras en la fase de construcción y generan cuantiosos sobrecostes; o porque no satisfacen las expectativas creadas; o porque exigen pronto reparaciones y costoso mantenimiento …», explica Llàtzer Moix.

El periodista Llàtzer Moix (Sabadell, 1955), responsable cultural del diario La Vanguardia durante veinte años y especialista en Arquitectura, averigua, detalla y expone en su libro «Queríamos un Calatrava» (Anagrama), cómo las obras del arquitecto pasan de ser el sueño de los gobernantes de las ciudades, en el inicio de los dosmiles, a ser su pesadilla. Para ello, recorre las principales obras que el arquitecto, nacido en Benimàmet, construyó en Atenas, Malmö, Milwaukee, Nueva York, Venecia, Zurich, Barcelona y, cómo no, València. Ha conversado con los clientes que encargaron las obras, con los colaboradores del arquitecto que desarrollaron los proyectos, con sus usuarios y con otros tantos expertos en una labor de investigación que le llevó cinco años de trabajo.

Cuenta Moix que, con una aptitud sobrenatural para la seducción, Calatrava también tenía un superlativo talento para radiografiar en segundos a sus interlocutores, lo que sumado a su tesón, su portentosa capacidad de trabajo y a su gran profesionalidad lo colocó en el podio para realizar un ciclo constructor en València que duró unos veinte años. La relación de Calatrava con València, como se explica en el libro, está viciada desde su contratación inicial en la época socialista, ahí está el germen de su fracaso, ya que se firmaron contratos draconianos totalmente descompensados que desactivaban los mecanismos de supervisión pública.

Además de encarecer sus edificios en la fase proyectual, por demoras e inconcreciones, Calatrava los encarecía en la construcción, mediante sucesivos retoques para mejorarlos. Eso comportaba modificados y, por tanto, incremento de la factura. De trato difícil, endiosado, despectivo, de mal carácter, ultra exigente, vanidoso y muy irascible son los rasgos de la cara fea de la moneda que le dedican en el libro los que tuvieron trato con él. Y de gatillo judicial fácil, según cuenta Moix, lo que agudiza aún más su leyenda.

Moix relata, en las jugosas páginas del libro referidas a València, su encuentro con un «cauteloso» Lerma, con quien Calatrava trató para la construcción del puente de la Alameda y de la estación de metro adyacente, aunque desde la construcción del puente del 9 de Octubre, unos años antes, ya habían empezado los traumas entre los constructores que tenían que lidiar con el arquitecto; cuenta, también, su visita al ático («alicatado de obras de arte hasta el techo») de Consuelo Císcar y Rafael Blasco donde éste explica a Moix que la recuperación de Calatrava para Valencia fue una cosa «personal» suya, él convenció al President («Calatrava era el as de la modernidad en la manga de los políticos»).

Moix detalla cómo se desarrollaron las complicadas obras del Ágora, habla de las cuatro torres que se quedaron por el camino, su pique con Félix Candela (autor del Oceanogràfic, edificio que Calatrava quería tapar con la altura de su Ágora), todo el brutal complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias (1298 millones de euros) y las relaciones que tuvo el arquitecto con cada President del Consell popular que pasó por el Palau de la Generalitat en esos turbulentos años, los desprendimientos en la cubierta de les Arts y sus butacas «ciegas», los «modestos» honorarios del arquitecto según un comunicado que emitió cuando los sobrecostes estaban, día sí y día también, en la prensa; el nacimiento de la web «Calatrava te la clava», que el arquitecto consiguió mandar cerrar por orden de un juez y que provocó el nacimiento de su sucesora, «Calatrava no nos calla», que seguía investigando los contratos y las facturas del estudio con la Administración Pública.

Meticuloso a la hora de asegurar sus ingresos pero laxo ante el uso de los recursos públicos, Calatrava hizo durante años lo que quiso en València: construyó a su antojo, multiplicó costes, desoyó limitaciones de gasto, impuso contratos leoninos y obnubiló a sus dirigentes. El rechazo que llegó a suscitar en la opinión pública, cuando la crisis económica apretó, fue generalizado.

La relación de Calatrava con València había cambiado y nunca volvería a ser como antes. Cerró su impresionante estudio de la Plaza de la Virgen (también el que tenía en París), argumentó, para defenderse de los ataques, que su mala fama respondía a campañas políticas o, incluso, a la envidia y al rencor y, tras dejar un rastro de tierra quemada, puso rumbo a Zurich, donde tiene su cuartel general y su vivienda familiar, ubicada en una mansión junto a la colorida Casa Heidi Weber, de Le Corbusier.

Fin de la historia. Léanse el libro, no tiene desperdicio.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía: Eduardo Manzana
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