Hay algo profundamente honesto en los tejados. Sin ser los elementos más accesibles de nuestros entornos construidos, constituyen verdaderas muestras culturales e ideológicas. En la arquitectura, como tal vez sucede en la vida, no se trata solo de saber seguir, sino de aprender a terminar. Así pues, los edificios, como las biografías, se enfrentan tarde o temprano a la necesidad de acabar, de tocar el cielo. Ese gesto final no es un detalle menor ni aplazable, sino un ejercicio que exige su parcela de estudio.
Históricamente y desde un punto de vista técnico, las cubiertas se han pensado como respuestas exactas al entorno, tanto a nivel de recursos como climático. La geografía y la latitud esculpían el lenguaje arquitectónico. Tanto es así, que el propio sistema adintelado griego debe sus normas a sus primeras versiones, dependientes de las propiedades mecánicas de los troncos de madera.
Las soluciones de encuentro con el cielo, por tanto, obedecen a reglas y casuísticas muy diversas. El característico skyline decimonónico de París, a base de buhardillas o mansardas, buscaba maximizar el uso bajo los tejados generando nuevos espacios habitables, comúnmente para alojar al servicio. Muy diferente es la propuesta de cabañas abovedadas de los wampanoag —las comunidades nativas del noreste de los Estados Unidos—, donde las cubiertas lo son todo, pues están concebidas como una única envolvente continua; no hay paredes: el tejado se pliega para encontrarse con el suelo.
Desde la perspectiva del día a día, quizá el arranque del edificio, su planta baja, tenga un mayor impacto en lo cotidiano; sin embargo, el remate superior puede estar a caballo entre lo político, lo religioso o lo geográfico. Por tanto, un tejado también es un gesto ideológico, simbólico o climático. «El tejado dice enseguida su razón de ser» apunta Gastón Bachelard en su Poética del espacio. Además, el filósofo también nos habla sobre la relación polar entre el abajo y el arriba, afirmando que la casa es imaginada como un ser vertical.
No siempre, sin embargo, el encuentro con el cielo ha sido una respuesta al entorno. En ocasiones, ha sido una declaración de intenciones. En ese sentido, con su voluntad de trascendencia, el gótico marcó un punto de inflexión en la forma de coronar la arquitectura. Tras el románico, las catedrales medievales elevaron sus cubiertas para, además de resolver cuestiones estructurales, acercarse simbólicamente al cielo, atraer la luz, y convertir el remate en un acto espiritual.
Tiempo después, ya en el siglo XX, la arquitectura del llamado Estilo Internacional, propuso con los rascacielos de vidrio unas cubiertas planas despojadas de ornamento. Esta nueva posibilidad, fruto de los avances en ciencia de materiales y cálculo estructural, actualizó las posibilidades de ejercer gestos de poder, representación y dominio.

Seagram Building (Mies van der Rohe, 1958) © Ken OYAMA bajo licencia CC BY-SA 2.0 vía wikimedia commons.
El mítico Seagram Building, proyectado por Mies van der Rohe en Nueva York, lejos de considerar el clima como punto de partida, busca afirmarse frente a la ciudad y al tiempo. Su coronación limpia, casi abstracta, concluye con una línea recta, seca, que más que tocar el cielo parece empujarlo, sostenerlo, como un atlas.
Otras muestras míticas, como los vecinos edificios Chrysler o Empire State infringieron una punzada al cielo en su afán por alcanzar las nubes. Mientras, el rascacielos de Mies asciende convencido, como una columna clásica con su basa, fuste y capitel, pero que deja un claro mensaje desde su arranque del suelo, pues además se acomoda en el tejido de Manhattan con un gesto urbano que cede una plaza al rígido trazado de la ciudad.
Frente a las arquitecturas que aspiran a imponerse al cielo, también persiste otra forma de rematar los edificios, más silenciosa pero no menos precisa. Los tejados vernáculos, generalmente inclinados, siguen respondiendo al lugar, al clima y a los materiales disponibles.
En el caso particular de España, la pizarra oscura del noroeste peninsular —en Galicia, Asturias o El Bierzo— se superpone para resistir la lluvia y la nieve; en la meseta, de Castilla a Aragón, la teja curva rojiza tan característica protege del contraste térmico; y en el sur y el Mediterráneo, las cubiertas se aclaran y se aligeran para ventilar y resistir el sol. Son medidas fruto de una experiencia acumulada durante siglos.

Tejado de pizarra nevado en Quintana de Fuseros, El Bierzo (2026) © Ángel Molinero.
En este sentido, la tradición vernácula no es un saber hacer añejo o estancado en el tiempo sino una práctica sensible, inteligente y útil, en la línea de lo propuesto por Bernard Rudofsky, que puede ser adaptada y renovada. En aquella, el encuentro es un acuerdo tácito: el resultado de siglos de ensayo, error y transmisión. Son remates que no buscan destacar, sino durar, y que devuelven a la arquitectura una conversación íntima con el territorio que la sostiene.
Glenn Murcutt, el hábil arquitecto australiano, lleva décadas proyectando viviendas que combinan la alta tecnología material con una adaptación extrema al lugar, a lo local. Su máxima de «tocar la tierra ligeramente» se aplica de igual modo a su forma de afrontar los límites superiores, de modo que sus cabañas son refugios cuyos tejados no quieren aspirar al cielo sino asumir que hay un cielo, eso es todo.

Magney House (Glenn Murcutt, 1982-84) © Anthony Browell vía murcuttfoundation.org.
En otras latitudes, como en Escandinavia, los tejados se inclinan hasta el extremo para desprenderse de la nieve. En Japón, las clásicas cubiertas de madera y teja se prolongan más allá de los muros para proteger del agua y del sol, convirtiendo el alero en un espacio intermedio habitable, una manera de articular de forma fragmentada las cubiertas que adoptará Frank Lloyd Wright en su lenguaje arquitectónico en muestras como la Casa Robie e incluso la Casa de la Cascada.
Tocar el cielo no consiste en estirar el brazo para sentir las nubes entre los dedos, tocar el cielo es reconocerlo para acordar con él un encuentro posible, una frontera compartida. Tocar el cielo es también el deseo humano de trascender, de perseguir la eternidad o de acercarse a lo divino. Tocar el cielo representa la mayor de las aspiraciones humanas, la de perdurar y sobrevivir al tiempo, la de saber decir adiós.







