Bajo el lema ‘Shigting the Center: From Fragility to Resilience’ la primera “Pan-African Biennale” de Arquitectura acaba de celebrarse en Nairobi con una intención que va bastante más allá de reunir a arquitectos de un continente. El encuentro plantea la necesidad de desplazar el centro desde el que se cuenta la arquitectura. Trata cómo la colonización, la extracción o la precarización climática han dejado huella también en la forma de entender y llevar soluciones arquitectónicas a un territorio como África, el cual no hay que entender como un escenario sobre el que aplicar modelos desarrollados en otros lugares, sino como un lugar desde el que también se produce conocimiento arquitectónico y desde el que imaginar el futuro.
Y al hacerlo plantea una pregunta incómoda ¿quién decide qué es innovación? La idea puede parecer, en principio, una cuestión de representación. Quién aparece en las revistas, quién entra en las escuelas de arquitectura, quién construye el relato de la modernidad. Pero hay algo más profundo detrás. Cambiar el lugar desde el que observamos la arquitectura también cambia aquello que estamos acostumbrados a reconocer como nuevo.
Estamos acostumbrados a hablar de innovación como si fuera necesariamente algo nuevo. Un material que acaba de aparecer, una tecnología capaz de hacer un edificio más eficiente, un sistema constructivo que promete reducir el impacto ambiental, una solución que todavía no habíamos visto. La arquitectura contemporánea siente una fascinación casi permanente por lo nuevo. La palabra aparece en concursos, bienales, congresos y presentaciones de edificios hasta convertirse casi en una condición necesaria para hablar de futuro.
Pero basta con mirar desde otro lugar para descubrir que algunas de las respuestas que hoy presentamos como innovadoras llevan mucho tiempo existiendo. La ventilación natural no apareció con la arquitectura bioclimática. La sombra no es una tecnología de última generación. Construir con tierra, aprovechar los recursos disponibles, adaptar un edificio a las condiciones climáticas de un territorio, reutilizar lo existente o hacer que una arquitectura pueda crecer con el tiempo tampoco son descubrimientos recientes. Son conocimientos que diferentes sociedades han desarrollado durante generaciones porque necesitaban resolver problemas concretos.
La cuestión interesante, por tanto, no es quién lo hizo primero. Es otra: por qué algunos conocimientos se convierten en innovación cuando son redescubiertos desde determinados lugares y siguen siendo considerados tradición, necesidad o incluso precariedad cuando proceden de otros.
La “Pan-Africane Biennale” lo plantea de forma explícita. Su programa se organiza alrededor del cambio climático, la llamada “inteligencia vernácula” y los futuros africanos, y reivindica que la arquitectura producida en el continente no sea contemplada como un conjunto de casos particulares que necesitan ser traducidos desde fuera, sino como una fuente de conocimiento espacial por derecho propio.
Durante buena parte de la historia moderna, el mapa de la arquitectura ha tenido un centro bastante claro. Europa y Estados Unidos han ocupado un lugar privilegiado en el relato de la vanguardia, la innovación tecnológica y la construcción de la modernidad. Más tarde, algunas ciudades asiáticas pasaron también a formar parte de ese circuito global. África, en cambio, aparecía muchas veces en otro lugar: como patrimonio, como territorio de estudio, como contexto de emergencia o como escenario sobre el que aplicar soluciones.
No hace falta negar el valor de una parte de esa arquitectura occidental para reconocer el problema de fondo. Si durante décadas hemos enseñado que el conocimiento arquitectónico circula principalmente desde unos centros hacia unas periferias, también hemos aprendido, casi sin darnos cuenta, a reconocer como innovación aquello que procede de esos centros. Y quizá por eso todavía resulta extraño hablar de innovación cuando se trata de conocimientos que llevan mucho tiempo funcionando en otros lugares.
Pensemos en el clima. En Europa, diseñar para el calor se ha convertido en uno de los grandes desafíos de la arquitectura contemporánea. La adaptación climática ocupa concursos, normativas, investigación y discursos profesionales. Buscamos fachadas capaces de controlar la radiación solar, sistemas pasivos de ventilación, materiales con mejor comportamiento térmico, edificios que consuman menos energía. Es una preocupación legítima y cada vez más urgente.
Pero en buena parte de África diseñar para el calor no es una tendencia. Es una condición de partida. La sombra, la orientación, el espesor de los muros, la ventilación cruzada, los patios, los espacios intermedios entre interior y exterior o la elección de materiales no son necesariamente decisiones añadidas después de pensar el edificio. Pueden ser el principio mismo desde el que se proyecta. La arquitectura no tiene que convencer al clima de que cambie. Tiene que aprender a vivir con él.

Instituto de Ruanda para la conservación de la Agricultura.
Esto produce una paradoja interesante. Mientras una parte de la arquitectura occidental intenta desarrollar tecnología para conseguir que los edificios consuman menos, otras tradiciones arquitectónicas llevan mucho tiempo buscando precisamente lo contrario: necesitar menos tecnología para que un edificio funcione.
No se trata de idealizar la escasez. La falta de recursos no es una virtud y la vulnerabilidad no debería convertirse nunca en una estética. La propia Bienal insiste en que la fragilidad africana es el resultado de procesos históricos concretos, entre ellos la colonización, la explotación económica, el desplazamiento y la precariedad ambiental.
Pero una condición difícil también puede producir conocimiento.
Las ciudades y comunidades que han tenido que construir, reparar, reutilizar o adaptar con recursos limitados desarrollan formas de inteligencia espacial que no siempre aparecen en los relatos oficiales de la arquitectura. Una arquitectura puede ser sofisticada precisamente porque sabe dónde no gastar energía, qué material utilizar, cuánto construir y qué parte del edificio puede quedar abierta a futuras transformaciones.
Quizá ahí haya una idea que nos cuesta especialmente aceptar: la innovación no siempre consiste en añadir. También puede consistir en quitar.
Quitar materiales innecesarios. Quitar dependencia energética. Quitar complejidad. Quitar la distancia entre aquello que se produce y aquello que se construye. Quitar la idea de que para mejorar una arquitectura hay que convertirla necesariamente en algo más tecnológico.
Durante años hemos asociado progreso y novedad casi como si fueran sinónimos. Pero una solución antigua puede volver a ser radical cuando cambian las circunstancias. Un material que parecía del pasado puede convertirse en relevante cuando aumenta la necesidad de reducir emisiones. Una técnica constructiva que se consideraba rudimentaria puede adquirir un nuevo valor cuando escasean los recursos o cuando transportar materiales a miles de kilómetros deja de resultar sostenible.
Quizá una de las preguntas que plantea este desplazamiento del centro sea también qué arquitectura hemos decidido recordar y cuál hemos decidido olvidar. Porque llamar “tradición” a diferentes conocimientos no es un gesto inocente. Durante mucho tiempo ha existido una asociación casi automática entre tierra y precariedad, como si construir con ella significara no poder construir de otra manera. Sin embargo, cada vez son más los estudios y arquitectos que vuelven a investigar sus posibilidades desde la contemporaneidad, no para recrear una arquitectura tradicional, sino para entender qué puede aportar hoy. En distintas partes de África, ese conocimiento material no ha desaparecido porque nunca dejó de ser necesario.

Mezquita de Abijo. Lagos, Nigeria. Estudio Patrick Waheed Design Consultancy (PWDC).
La cuestión no es volver atrás. Es preguntarse qué perdimos cuando decidimos que avanzar significaba sustituir. Ahí es donde la discusión sobre África deja de ser una discusión sobre África.
Porque quizá lo verdaderamente incómodo de mirar hacia el continente no sea descubrir una arquitectura exótica, diferente o aparentemente más conectada con la naturaleza. Ese tipo de mirada corre incluso el riesgo de repetir el mismo problema de siempre: convertir África en un lugar que observamos desde fuera, esta vez para encontrar allí una respuesta romántica a nuestras propias crisis. La arquitectura africana no necesita convertirse en una colección de soluciones que Occidente pueda importar.
Lo interesante es que obliga a revisar las preguntas. ¿Quién decide qué conocimiento es contemporáneo? ¿Quién tiene autoridad para nombrar una solución como innovadora? ¿Qué técnicas entran en los manuales y cuáles quedan fuera? ¿Por qué unas prácticas son consideradas experimentalismo y otras se interpretan como signos de falta de recursos? ¿Cuánto tiene que ver nuestra idea de progreso con el lugar desde el que hemos aprendido a mirar?
La primera “Pan-African Biennale” de Arquitectura nace precisamente de esa voluntad de cambiar el punto de partida. No pretende simplemente incorporar más arquitectos y arquitectas africanos a una conversación que ya existe, sino cuestionar la propia estructura de esa conversación. Su intención es situar la producción arquitectónica del continente en el centro de debates globales sobre sostenibilidad, identidad y futuro urbano.
Y quizá ese desplazamiento de la mirada sea lo más interesante que está ocurriendol. Mientras en muchos lugares hablamos de ciudades resilientes, como si la resiliencia fuera una característica que pudiéramos añadir a un proyecto, en otros contextos lleva décadas formando parte de la manera cotidiana de construir y habitar.
Una ciudad que crece poco a poco. Un edificio capaz de transformarse. Una casa que utiliza materiales próximos. Un espacio que comparte funciones. Una arquitectura que depende menos de sistemas complejos. Una construcción que entiende el clima como parte del proyecto y no como un problema que debe ser eliminado. Nada de esto es nuevo.
Pero quizá el futuro tenga una relación bastante extraña con lo nuevo. Tal vez no consista siempre en descubrir algo que nunca antes habíamos visto, sino en reconocer el valor de aquello que no supimos mirar a tiempo. Durante mucho tiempo hemos imaginado el futuro de la arquitectura como una línea que avanzaba desde determinados centros hacia el resto del mundo. La Bienal de Nairobi propone cambiar esa dirección. No porque África tenga una única respuesta, ni porque todo lo que se construya allí sea necesariamente mejor, sino porque ya no resulta sostenible mantener una idea de innovación que solo reconoce como nuevo aquello que nace dentro de un mapa limitado.
Quizá la arquitectura del futuro no tenga un único centro. Quizá tampoco tenga una única estética. Y quizá el futuro que estamos buscando no sea algo que todavía tengamos que inventar. Quizá, en algunos lugares, ya lo conocen.








