Rafael Tamarit: el arquitecto del mosaico azul en la España gris

26 noviembre 2021

por | 26 noviembre 2021

Rafael Tamarit (Valencia, 1939) es una de esas personas que tienen un historial de vida que da para mucho. Gran dibujante desde bien pequeño, se quedó huérfano de padre tras un fatal accidente en un país y en una época donde eso era lo más parecido a una maldición. Para garantizarse la subsistencia tuvo que trabajar desde muy pronto porque tenía claro que quería estudiar arquitectura. Consiguió, con mucho esfuerzo y todo tipo de actividades gráficas para obtener dinero, ir a estudiar a Madrid, ser alumno aventajado del maestro Alejandro de la Sota y acabar trabajando con él en su departamento de la universidad durante un tiempo.

Al volver a Valencia emprendió su labor como arquitecto e interiorista, moderno y muy imaginativo, en una España que retomaba el pulso constructivo tras las primeras décadas de la dictadura. Tamarit fue, además, de los profesionales que pusieron en marcha la Escuela de Arquitectura en la ciudad, donde no se cansó de enseñar que la arquitectura está en la calle y en sus gentes.

Nos reunimos con él en la sede del Arxiu Valencià del Disseny, en la Facultad de Historia, donde se custodian sus fondos relacionados con el interiorismo depositados por el Colegio de Diseñadores de Interior. Es una mañana de noviembre en la que no ha parado de llover hasta una hora antes de vernos. Entonces, contra todo pronóstico, luce el sol.

Tamarit, con sus 82 años y en plena forma, acude a la cita paseando desde su casa para, con una memoria envidiable, recordar algunos momentos importantes de su vida y las razones de porqué es uno de los arquitectos valencianos modernos más importantes.

Rafael Tamarit. Foto: Eduardo Manzana.

Usted fue discípulo de Alejandro de la Sota y trabajó como adjunto en su departamento … ¿Fue decisivo?

«Él me contrató y no había más profesor ayudante que yo en el departamento. Era el mejor arquitecto en ese momento así que yo, que pretendía venirme a Valencia tras acabar la carrera, me quedé en Madrid sin dudarlo. Así estuve un par de años».

«Decisivo para mí, en realidad, fue el fallecimiento de mi padre, bastante antes de todo esto. Mi familia tenía una tienda de motocarros en la calle Císcar, un sitio de lo más moderno, donde también trabajaban mi madre y mi hermano. Hubo un fatal accidente y la tienda se incendió. Mi padre murió al día siguiente. El resumen de esto es que yo acababa de terminar Bachiller, con 16 años, y me iba a Madrid a hacer los dos años de Exactas y, después, Arquitectura. Yo tenía que trabajar necesariamente mientras estudiaba».

«Durante la carrera alquilé una casa, compartida, en Madrid, en el número 65 de la Gran Vía, frente donde vivía Conchita Piquer, antes de llegar a la Plaza de España, y compatibilizaba mis trabajos en Valencia y en Madrid mientras estudiaba Arquitectura. Hice muchos trabajos de diseño comercial en València que me llevaron a ser conocido. Algunos de ellos fueron Relojería Morera, Grand Style, las tiendas iniciales de Lladró … hice muchas tiendas conocidas. Lladró fue el premio gordo pero, realmente, yo seguí trabajando mucho para mucha gente».

«De Alejandro de la Sota me marcó el edificio del Gobierno Civil de Tarragona que hizo, que era perfecto, su mejor obra en mi opinión. Era moderno totalmente, de un diseño geométrico perfecto y claro».

El nacimiento de la Escuela de Arquitectura en Valencia. ¿Cómo fueron esos tiempos?

(Antes de responder a esta pregunta, Rafael Tamarit explica que está en trámites legales para que se le reconozca su cotización en los años que trabajó en la Escuela de Arquitectura, que por motivos contractuales no se ha reconocido. «Estuve trabajando a sueldo 21 años, administrativamente constaba solo por horas pero, en la realidad, trabajaba todo el día. No se me reconoce la jubilación que se debería por estos años. No es una situación agradable y no es justo», indica).

La Escuela de Arquitectura nacía a finales de los años 60 en la plaza de Galicia, en el edificio del Palacio de la Exposición, con un claustro inicial que contó con filósofos y estetas, además de arquitectos, entre los que estaban Tomás Llorens, Josep Vicent Marqués, Pérez Casado, Trini Simó y Ángela García, entre otros. Además de Román Jiménez en la dirección, Tamarit en la subdirección y en la jefatura de estudios, Pablo Navarro Alvargonzález y Rafael Tomás Carrascosa.

Poco a poco se iría ampliando el cuadro docente con arquitectos formados en Madrid y Barcelona (también de las primeras promociones valencianas) como Miguel Pecourt, Miguel Colomina, Rafael Contel, Emilio Giménez, Manuel Portaceli, Vicente Mas Llorens, Cristina Grau o Jorge Stuick, por citar algunos, resultando una mezcla ecléctica y bastante heterodoxa.

Rafael Tamarit, formado en el rigor de la Escuela de Madrid, introdujo novedades en la enseñanza de proyectos haciendo ver a sus estudiantes películas como Blow Up, de Antonioni, o El jardín de los Finzi Contini, de V. de Sica, además de animarles a leer a Cortázar. Fue creador de los primeros talleres de proyectos de la escuela, que primaban la experimentación frente a la teoría; la visión humanística y artística frente a un enfoque solo técnico. Utilizaba recursos como la literatura o el cine para mostrar mundos muy distintos de lo que había en ese momento en España. «Un soplo de aire fresco», decía el arquitecto José María Lozano recordando aquellas clases.

«Aquello era una amenidad razonable para que la clase fuera más atractiva: una casa tiene que ser amena también. Para pensar vale todo y hay que estar formado, hay que salir de la arquitectura y ver lo de alrededor», apunta Tamarit sobre aquella forma de plantear sus clases. Con más de treinta promociones como profesor, por su aula pasaron arquitectos como Ignacio Bosch, Julián Esteban Chapapría, Luis Alonso de Armiño o Santiago Calatrava.

Es considerado uno de los introductores de la modernidad en Valencia. Su primer edificio proyectado en Valencia, en 1965, está incluido en el DoCoMoMo Ibérico y tiene una construcción claramente atrevida para la época.

«A mí me preocupaban las cosas que se hacían aquí. Por ejemplo, el mosaico Nolla. Yo lo ponía en mis obras, como si fuera una especie de firma de mis construcciones. Me gusta proclamar la buena factura. El otro día fuimos al acto de colocación de la placa de DoCoMoMo en el edificio que hice para los Lladró en Tabernes Blanques. Ese edificio, ahora en desuso, tiene toda la fachada de mosaico azul de Nolla y, desde entonces, no se le ha desprendido ni una pieza. Como ese, hice también un edificio en Peris y Valero, Pechicán (1966), con toda la fachada de Nolla», apunta. Rafael Tamarit, el arquitecto del mosaico azul en la España gris.

«Siempre tuve muy claro que había que promover que los edificios se consideraran de otra forma. Cuando yo hacía un edificio no era para presumir de él, era para que los clientes estuvieran satisfechos, y eso sí que me llenaba profesionalmente». 

Su interés por experimentar y su poco academicismo le llevó a realizar una obra arquitectónica moderna, atrevida y desinhibida pero también funcional, amable y de muy buena calidad. Autor de cabecera de la firma de azulejos Lladró durante décadas, también construyó edificios como el Novedades (1967), que suponía un manifiesto de modernidad en medio del casticismo de la calle Convento Santa Clara.

Edificio Hermanos Lladró, en Tavernes Blanques (Valencia).

Edificio Novedades, en la calle Convento Santa Clara (Valencia).

Vivienda proyectada por Tamarit en Monte Picayo para Alejandro Soler.

Propietario de una de las primeras tiendas de mueble moderno en Valencia y con un estudio muy activo, fue autor de una buena cantidad de locales comerciales donde mostraba su estilo depurado, su dominio de los materiales y sus capacidades expresivas. Sus diseños para tiendas como Pavimentos Guillén, Cafetería Tívoli, Don Carlos o Clive le convirtieron en uno de los interioristas más cotizados. 

«Diseñé la tienda de los Lladró en la calle Poeta Querol en 1962, con esa concepción del local nada convencional que reducía el escaparate a una sola llamada de atención sobre una única pieza de porcelana, no con todo el escaparate lleno. Y con el vestíbulo ajardinado, invitando a entrar. Las demás tiendas de esa calle también quisieron y también las hice yo. Loewe y las demás. Comercialmente uno debe saber qué es lo que atrae al comprador. Los Lladró confiaron en mí para diseñar sus tiendas». 

«También hice la solución final del centro comercial Nuevo Centro, prediseñado por una empresa americana y conceptualizado por un equipo de arquitectos. Algo totalmente nuevo de verdad en la ciudad, un concepto que no existía aquí. Tantos años después, el diseño interior de ese espacio sigue funcionando. No lo han tocado por dentro nada, está igual».

Tamarit diseñó el 50% de las tiendas implantadas en la primera fase del centro comercial y fue, además, tras ganar el concurso, el autor de la remodelación que se hizo posteriormente.

Como señala el arquitecto Javier Domínguez, en la monografía que dedicó a Rafael Tamarit, cuando se refiere al diseño interior de sus espacios, «potentes marquesinas de acero, escaleras de plancha metálica, protocolo moderno, nuevos materiales y control del espacio caracterizan su vocabulario». 

Tres fotografías de la tienda Pavimentos Guillén, proyectada por Tamarit.

La firma quería lanzarse a lo internacional y la arquitectura de la factoría Lladró acabó paseando el sello Tamarit por el mundo.

«Yo les acompañé arquitectónicamente durante toda la vida. Ellos querían internacionalizar su firma. Hicimos tiendas en todas partes: Lladró Plaza, en Nueva York; El Rodeo Drive de Beverly Hills, en Los Angeles; el Ginza de Tokio, la tienda de Londres, la de París … además de las tiendas españolas». 

«Como los Lladró tenían tanto dinero y yo sabía elegir los solares más adecuados, cuando fuimos a Nueva York escogí la calle 57, que entonces estaba bastante mejor que la Quinta Avenida: era un sitio con mucha gente y con las tiendas más importantes, un sitio estratégico, cerca de la joyería Tiffanny`s. Lladró levantó el edificio entero, de once plantas, tras renovar el que había allí en muy mal estado, para poner la tienda. Ni ese ni el edificio de Rodeo Drive son ya propiedad de la firma Lladró pero siguen tal y como los construimos. Lo cual es buena señal». 

Foto del certificado del premio que Beverly Hills Architectural Commission concedió al edificio que Rafael Tamarit construyó para Lladró en Los Angeles. 

Interior del edificio de Lladró en Beverly Hills, diseñado por Tamarit.

Cuando antes ha dicho que de sus edificios no se cae ni un mosaico me ha venido a la mente Calatrava.

«Calatrava fue alumno mío y le puse sobresaliente. Venía de hacer ingeniería y era de los mayores de la clase, llegó a la carrera con muchas convalidaciones. Yo le presté bastante atención porque me caía bien».

«Empezó a hacer demasiadas cosas y eso no puede ser. No puede acceder a todo porque tiene mucho trabajo en sitios muy dispares. Es imposible que pueda estar en todo y que pueda ir a las obras. Y que a un ingeniero y arquitecto se le caigan piezas …».

Lo que más y lo que menos le gusta de la ciudad.

«La arquitectura en esta ciudad está mejor ahora pero ha tenido una época muy mala que se nutría de inversores exteriores que difícilmente podían construir con sello valenciano. Los edificios en las Cortes Valencianas, por ejemplo, están bien construidos pero la concepción de los mismos obliga a sus habitantes a coger el coche hasta para comprar azafrán. No hay tiendas. Solo bares y restaurantes». 

«La comercialidad se debe respetar, el centro no puede quedarse sin tiendas. El urbanismo influye en la arquitectura, en el uso de esa arquitectura. Había un circuito circular bien pensado para acceder al centro. Bien para coches y bien para peatones. Si no se facilita el acceso, no irá nadie a vivir a un centro de cartón piedra».

«Mi primer estudio estaba en el centro de la ciudad, en Játiva, frente a la estación del Norte, en el ático. Me gustaba trabajar en el centro y, desde allí, ir andando a todas partes. Valencia es una ciudad cómoda para moverse y para vivir; que empiece a no ser comercial en algunos aspectos va a hacer que la gente no la encuentre tan cómoda para consumir. Lo que no puede ser es que sea un centro muerto, sin tiendas».

«Valencia debería tener un límite de crecimiento, que siga siendo agradable su paseo. Debería evolucionar concienzudamente con la arquitectura, el urbanismo y la economía, porque todo cambia, pero lo que es bueno hay que conservarlo para que siga siendo agradable estar en ella». 

«Valencia no debería convertirse en una ciudad que dependa del beneficio económico de las empresas constructoras. Debería estar atendiendo a los servicios que va a tener la gente. Un crecimiento ciudadano, que piense en la gente que vive en la ciudad».

 

Rafael Tamarit. Foto: Eduardo Manzana.

Fotografías: Arxiu Valencià del Disseny y Eduardo Manzana.
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