¿Ciudad amable o ciudad hostil?

8 diciembre 2021

por | 8 diciembre 2021

Aquél no es país para viejos. Así empieza un poema de William B. Yeats que inspiró la novela del escritor estadounidense Cormac McCarthy que, a su vez, los hermanos Coen llevaron al cine, con Oscar incluido para Javier Bardem. El poema refleja, con la simbología de Yeats, la amargura por la decadencia física debido al avance de la edad. No contar con las personas de edad avanzada, entre otros, ha sido una constante si nos fijamos en el diseño y la gestión de los espacios urbanos. ¿Ciudad amable o la ciudad hostil?

Hace unos días, el Ayuntamiento de Valencia rendía homenaje a las personas centenarias de la ciudad, a las que reconocían su aguante por vivir un siglo turbulento con la pandemia actual como la guinda del pastel. Tras el acto, se preguntaba a los homenajeados por València. Y todos, invariablemente, dijeron que muy bien pero que no se podían sentar por la calle, que echaban de menos bancos para salir a pasear y poder descansar.

 

 

En el caso de la tercera edad, las calles son una necesidad para llevar una vida activa. Si se cuenta con una infraestructura donde poder desenvolverse se puede detener el círculo vicioso del sedentarismo, que afecta a muchos ancianos: como se aíslan y no salen, el cuerpo se comienza a deteriorar, lo que disminuye la motivación para salir.

Como explica Izaskun Chinchilla en «La ciudad de los cuidados», cuando se legisla en la ciudad se priorizan las actividades productivas y, al hacerlo, se otorgan más derechos a quienes históricamente han ostentando esas ocupaciones: «Las necesidades de otros actores no se observan con la misma atención: las ciudades no garantizan espacios seguros en caso de pérdida, lugares para echarse la siesta ni baños públicos. ¿Por qué? Porque tras la aparente y oficial idea de que la ciudad se regula para proteger al ciudadano universal, en realidad, se oculta el hecho de que la ciudad se ha regulado para proteger a los agentes que ejecutan las actividades productivas: gente que no se pierde, que no necesita descansar a mitad de camino y que puede pagar una consumición en un restaurante si necesita hacer uso del baño». 

«Esta constatación arroja sobre los agentes que diseñan la ciudad una gran responsabilidad: nuestras decisiones y nuestra gestión reparten las oportunidades de forma desigual entre los ciudadanos», apunta la arquitecta en su libro, «pero también abren un campo extenso de posibilidades, el diseño del hábitat humano, reflexivo y bien asesorado, puede contribuir a la satisfacción de todas las personas».

 

La arquitecta Isazkun Chinchilla, autora del libro «La ciudad de los cuidados».

 

Algo parecido es lo que propone la organización internacional 8 80 Cities, que promueve la integración urbana con este objetivo «creemos que si todo lo que hacemos en nuestras ciudades es fantástico para alguien de ocho años y para alguien de 80 años, entonces será fantástico para todas las personas».

La Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene una guía, «Ciudades Globales Amigables con los Mayores», fruto de un proyecto de investigación realizado en 33 ciudades muy diversas que detalla los aspectos que hacen que una ciudad sea más o menos amable con los mayores.

Mayores que, tal y como va el siglo XXI, son «sustentadores y facilitadores» de la vida, así que más nos vale cuidarlos. El mundo está envejeciendo rápidamente: para el año 2050 el número de personas de 60 años de edad (y más) como proporción de la población global se habrá duplicado, de 11% en el 2006 a 22%. Para entonces, por primera vez en la historia de la humanidad, habrá más personas mayores que niños (de 0–14 años de edad) en la población.

Según la OMS «dado que el envejecimiento activo es un proceso que dura toda la vida, una ciudad amigable con los mayores no sólo es “amigable con las personas de edad”. Los edificios y las calles libres de barreras mejoran la movilidad e independencia de personas con discapacidad, tanto jóvenes como mayores».

«Un entorno de barrios seguros permitirá a niños, mujeres jóvenes y personas mayores salir al exterior con confianza para participar activamente en actividades de recreación física y social. Las familias soportan menos presión cuando sus integrantes de mayor edad cuentan con el apoyo comunitario y los servicios de salud que necesitan. La comunidad entera se beneficia por la participación de las personas mayores en el trabajo voluntario o remunerado. Por último, la economía local se favorece por el patrocinio de los adultos mayores como consumidores. La palabra determinante, en entornos urbanos físicos y sociales amigables con los mayores, es facilitación».

Espacios verdes pero accesibles, donde los patines o las bicis no circulen a toda velocidad y sea peligroso para los mayores; lugares en los que el buen estado de las aceras tiene un impacto evidente sobre la capacidad para caminar: las aceras angostas, dispares, rotas, congestionadas o que presentan obstrucciones son peligros potenciales para las personas mayores; cruces peatonales seguros; en muchas ciudades, según el informe de la OMS, se hace referencia a las barreras para el acceso físico que pueden desalentar a que las personas mayores salgan de sus hogares … la recomendación general para resolver estos temas es la educación sobre las necesidades de las personas mayores, en especial de los planificadores urbanos y los arquitectos.

Por su parte, Izaskun Chinchilla, repasa en su libro algunos ejemplos de arquitectura hostil que, aunque están dirigidos sobre todo a «los sintecho», acaban por dibujar el paisaje urbano para todos.

Chinchilla habla de los bancos con varios reposabrazos intercalados, que impiden a la persona tumbarse; los bancos inclinados pero en los que solo se puede uno apoyar, no sentar; los bancos con forma de tubo metálico de las paradas de autobús o los asientos para una sola persona. Todos persiguen el mismo fin. También menciona los elementos punzantes que se colocan en lugares susceptibles de que quepa un cuerpo humano tumbado (áreas de debajo de puentes, entradas a cajeros bancarios …).

 

Pinchos debajo de los puentes (Foto: dailymail.co.uk).

La arquitectura hostil está más presente, explica la arquitecta, en los espacios públicos de propiedad privada. La evolución histórica de esos espacios evidencia que hay formas diferentes de gestionar la propiedad del espacio público y los derechos de los ciudadanos sobre él; formas de gestión que están «ampliamente influidas por la ideología política imperante».

Como señala el antropólogo Manuel Delgado en sus escritos sobre el espacio público «a determinadas personas, en teoría beneficiarios del estatuto de plena ciudadanía, se les despoja o se les regatea en público la igualdad, como consecuencia de todo tipo de estigmas y negativizaciones. Otros –los no-nacionales y por tanto no-ciudadanos, millones de inmigrantes– son directamente abocados a la ilegalidad y obligados a ocultarse».

«Se trata de la generación de un auténtico entorno intimidatorio, ejercicio de represión preventiva contra sectores pauperizados de la población: mendigos, prostitutas, inmigrantes. A su vez, estas reglamentaciones están sirviendo en la práctica para acosar a formas de disidencia política o cultural a las que se acusa sistemáticamente ya no de “subversivas”, como antaño, sino de algo peor: de “incívicas”, en la medida en que desmienten o desacatan el normal fluir de una vida pública declarada por decreto amable y desconflictivizada», explica el profesor Delgado en «El idealismo del espacio público».

Chinchilla explica que «la arquitectura hostil está dirigida, fundamentalmente, contra una parte concreta y especialmente vulnerable de la sociedad, «los sintecho». También, aunque en menor medida, trata de evitar otros colectivos como los que practican ciertos deportes urbanos (parkour, skate), comen o consumen alcohol en la ciudad o incluso los que tienen mucho tiempo para permanecer sentados y ocupar el mismo espacio, entre otros». 

«En muchos espacios públicos hemos aceptado que las fuentes se vacíen de agua para que nadie pueda asearse, ¿no estamos negando, con ello, un derecho fundamental, máxime en el reciente escenario de la pandemia?», se pregunta la arquitecta. «Con este gesto, dejamos de permitir que niños, mayores y personas con diversidad funcional puedan refrescarse de forma gratuita y rápida y que se puedan extender y reclamar unas determinadas medidas de higiene. Los ciudadanos deben reclamar una acción positiva a los gobiernos municipales para garantizar un acceso universal al descanso y la higiene en un espacio público (…)».

«La tarea de los técnicos es ilustrar cuales son las formas de vida alternativas y hacer transparente la evaluación de sus ventajas«, apunta Chinchilla. «¿Cómo se traduce esto en una arquitectura y diseño urbano? las arquitectas podemos mostrar modelos de vivienda con consumo de energía nulo; proponer operaciones de regeneración urbana para que una ciudad dormitorio tenga una buena dotación de equipamientos, y para que en quince minutos andando cumplamos con los cometidos del día (…). Podemos contribuir a permitir que los ciudadanos elijan. La geometría, el espacio o la pureza formal son posibles medios, nunca el fin».

El libro de la arquitecta va destinado a los ciudadanos, arquitectos, urbanistas, alcaldes, concejales, madres, padres y cuidadores que quieran saber más sobre lo que la ciudad podría ofrecerles. Un libro, en definitiva, para animar a reclamarlo.

Fotografía: Editorial Catarata (retrato de la arquitecta Izaskun Chinchilla).

 

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