Diario de un pintor

3 abril 2022

por | 3 abril 2022

Recuerdo haber hablado con el pintor José Saborit en su estudio en torno a los escritos de otros colegas como Antonio Saura o Ramón Gaya. Lo hacíamos a propósito de un libro del propio Saborit que me pareció interesante. De ahí que le propusiera un diálogo, una charla breve, acerca de las páginas de aquel Lo que la pintura da (Pre-Textos, 2018), un glosario muy personal en torno al arte pictórico del que dijimos en su día que “hace partícipe desde el primer momento al lector o lectora que siente interés por el hecho pictórico”. Al lector o lectora, y no sólo al profesional, al colega de oficio, como a veces ocurre en este tipo de escritos.

Algo similar podríamos afirmar de Perspectiva aérea (Pre-Textos, 2022), un diario que recoge las anotaciones del pintor y escritor valenciano durante el verano de 2018. En sus páginas encontramos reflexiones que van más allá de la labor pictórica que José Saborit se impuso por aquel entonces. Su otra faceta, la de escritor (y sobre todo poeta), queda bien patente a lo largo de la obra.

Hay, pues, en este libro todo lo que la vida da de sí durante un periodo determinado: los recuerdos de la infancia en la casa familiar en la que ahora habita y trabaja, las reflexiones de corte existencial que provoca, verbigracia, el arroz preparado por la madre ya anciana, las impresiones del día a día en los alrededores de dicha casa, rodeada de naturaleza. Pero también el homenaje a Antonio Cabrera, el poeta y —sobre todo— amigo ya fallecido, una presencia constante en Perspectiva aérea.

Al final queda la impresión, como afirma el propio autor, de que estas páginas fueron escritas para que los días transcurridos no se pierdan. Un deseo compartido con buen número de diaristas: dejar constancia de que se vivió, y se vivió con una cierta intensidad. En este sentido, estas páginas pueden considerarse como una celebración de la vida. Una vida en la que sin embargo hay también fastidio y lamento: la deriva del arte contemporáneo, por ejemplo, pero también la vuelta al ruido y el ajetreo de la ciudad.

A aquellas personas que hayan disfrutado con la lectura de los citados Gaya o Saura (por no mencionar a otros diaristas pintores como Eugène Delacroix o Albert Ràfols-Casamada), este libro les resultará familiar. Trata del misterio de la pintura conjugado con otro no menos acuciante: el de la propia vida.

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