Hace pocos días Roma inauguró la enésima atracción con la que rendirse homenaje a sí misma, en un bucle sin fin. Parecería que Roma excava y excava para encontrar, hacia el corazón de la tierra, más y más romas. Dado que las termina encontrando, sigue excavando y excavando. Tal vez por eso cada vez se aleja más de la luz del día y le resulta más complicado guiarse por el mundo nuevo.
En la colina romana de Oppio dormían las termas de Trajano -que ahora se abren- y en su interior, como en el estómago profundo, y tras una larga travesía por galerías, hacia la parte final, se conservaban confundidos por muros unos frescos de una ciudad, una ciudad desconocida. La Ciudad Pintada, así la han llamado ante la imposibilidad de ponerle nombre o tan siquiera ubicarla.
Los fragmentos del fresco de diez metros cuadrados muestran una urbe a vista de pájaro, circundada por murallas y completamente intacta en su integridad. Tiene un teatro y a su vera una estatua de Apolo; tiene un templo y tiene una estatua dorada inmensa, en un cruce de calles; se intuye el mar, por tanto puede que se tratara de una ciudad portuaria.
Los supuestos son el único útil para explicar la Ciudad Pintada. Desde hace años es una incógnita, casi un problema matemático cuya resolución es un reto para la humanidad. Entre las sospechas se ha llegado a advertir que podría tratarse de un modelo ideal de ciudad, una guía útil para el urbanismo. Quizá, por qué no, una ciudad soñada incompatible con la realidad. O la concreción fantasiosa de una ciudad por conquistar.
Hay lugares arrasados que son completamente corpóreos, aquí Pompeya. Por el contrario, otros intactos sin manera de materializarlos. La Ciudad Pintada.
Viendo las fotografías del fresco, además de sentir la necesidad imperiosa de dejarme llevar por el reclamo y sumergirme en las tripas de Trajano, pensaba en lo conveniente que sería que cada uno de nuestros territorios tuvieran su propia Ciudad Pintada: una versión idealizada de nuestros propios confines que sirviera, no como hoja de ruta, ni como manual de instrucciones, sino para recordarnos que la representación con la que una vez dibujamos nuestras propias ciudades nunca más se corresponderá con la realidad. Que un lugar que está vivo jamás podrá corresponderse con una foto fija. Me gustaría pensar que la Ciudad Pintada no tuvo voluntad de espejo, sino de advertencia sobre la distancia entre el ideal y lo material.








