Ana Segovia Ciudad Real, «tengo apellidos de ciudades y muchas anécdotas debido a mi nombre», es socia co-fundadora del estudio de diseño industrial y comunicación gráfica odosdesign.
«Me dedico al diseño porque me encanta solucionar problemas e intentar resolver todo de la forma más sencilla y bonita posible. Este año el parasol Ensombra de Gandia Blasco, una de nuestras piezas más icónicas, celebra 20 años. Así que, como estamos hablando de verano, no me puede parecer más oportuno hacerle este homenaje».
Tras conocer el día de verano ideal de la artesana Ainhoa Pérez-Urdangarín, seguimos escuchando días perfectos y le pedimos a Ana Segovia que cuente a Flat cómo es, para ella, un buen día de verano.

El parasol Ensombra, diseño de odosdesign para la firma Gandía Blasco.
Un buen día de verano
Para disfrutar de un buen día de verano, lo primero que no debe pasar es que haya una ola de calor con humedad extrema. Más que nada porque lo único que te apetece hacer es quedarte debajo del aire acondicionado y no salir a la calle. ¡Eso no, summer!
Yo nací en Valencia y crecí en Toledo. Recuerdo venir de pequeña en verano a visitar a mi familia valenciana y preguntarle a mi madre: «Mamá, ¿por qué los primos brillan tanto?». Desde hace años ya no hace falta que me lo expliquen (risas).
En fin, que me voy del tema.
Un buen día de verano para mí empieza estando de vacaciones y levantándome sin despertador. Es desayunar tarde un café con leche con una tostada de aguacate y huevo poché, a ser posible mirando al mar o rodeada de naturaleza y de sus sonidos. Todo, sin prisas.
Me encanta viajar. Probablemente sea una de las cosas que más me inspiran y más me llenan. Antes de ser madre hacía grandes viajes fuera de España: Vietnam, Camboya, Japón, Tailandia, Cuba, Perú, Puerto Rico… La lista es larga. Ahora los viajes son por diferentes rincones de España y en familia. Todos esos viajes, cerca o lejos, comparten algo: lugares que se recuerdan por cómo te hacen sentir.
Descubrir sitios nuevos, comer bien —muy bien—, tomar una cerveza bien fría, una copa de vino o un Aperol Spritz, caminar sin mirar el reloj, compartir tiempo de calidad con amigos o con la familia, bañarme en un río o en una playa de rocas para bucear entre peces y escuchar únicamente mi respiración, cocinar, dormir la siesta, jugar y leer.
Si tuviera que concentrar todo eso en un único día de verano perfecto, además de todo lo anterior, repetiría algunas experiencias que nunca olvidaré. La ducha exterior del Hix Hotel de Vieques, rodeada de hiedra y con el cielo y las estrellas como techo. Hacer piragüismo de noche en un lago bioluminiscente en esa misma isla. El agua era luz con cada movimiento. Empezó a llover y, de repente, el lago entero se iluminó. Fue increíble. Sin fotos. Sin vídeos. Ese recuerdo me lo guardo para mí.
También volvería a bañarme y bucear en las playas de roca de Les Rotes, en Dénia, o en las aguas turquesas de Menorca. Comer pulpo seco en el Sendra, un arroz en Casa Federico o bajo la pinada de L’Hiver, en El Saler. Almorzar entre risas, zamburiñas y pulpo después de una etapa del Camino de Santiago junto a Fini y Cruz, dos amistades de verano que llegaron para quedarse, aunque parece que hubieran estado ahí toda la vida.
Y terminaría el día haciendo la ruta de La Larri, en el Pirineo aragonés, viendo cascadas, vacas y caballos junto a Pepo y mi hija Mar. Disfrutar de ese instante, dar las gracias por un día así y dormirme a su lado.

Cascada del Cinca y llanos de La Larri, en Huesca.




