Un buen día de verano para… Sergio Mendoza

20 agosto 2026

por | 20 agosto 2026

Sergio Mendoza es un exdiseñador que se radicalizó en la autoproducción pasando de hacer lámparas y aparcabicis a montar bares, floristerías y una tienda. Siempre marcado por Boisbuchet, la vuelta a lo básico y la búsqueda de lo esencial. Para sorpresa de nadie nunca llegó a hacerse rico y ahora trabaja «en una cosa que no va a salir».

Mendoza elige las 150 hectáreas de Domaine de Boisbuchet, ubicadas en Lessac (Francia) donde, cada año, profesionales y estudiantes de todo el mundo se reúnen para participar en talleres que exploran diversas disciplinas del diseño y la arquitectura.

Con él terminamos nuestra ronda de consultas para conocer cómo es un buen día de verano de un puñado de personas que nos parecen interesantes, por lo que sea.

Un buen día de verano

La primera vez que pisé Domaine de Boisbuchet, en 2005, me prometí a mí mismo intentar volver cada año mientras viviese. Con el tiempo se convirtió en hogar hasta que la hostelería se interpuso. Siete años de tristeza y precariedad hasta que Pablo apareció un día en València y retomé el contacto hace tres.

Allí pasé los mejores, con perdón de los veranos tempranos con lxs abuelxs. De allí son mis recuerdos felices de adolescencia (de los 20 a los 30) y algunxs de mis mejores amigxs también. En Boisbuchet soy feliz y la mejor versión de mí mismo.

Ahora no despierto en staff house con Choche, Raúl, Gabi y Eliot pero sigo madrugando con el fomo de quién querría días más largos. Niebla y fresquito en el paraíso, robles centenarios, la secuoya, el camino al lago. El desvío anterior y la parada en el banquito para saludar a la mamá de Alexander. Qué maravilla ha hecho este hombre con su vida: poco le agradecemos este sitio. Este año le he traído un jazmín bebé del Observatorio y un tomate del huerto con el que ha flipado.

Sigo hasta el cruce con la antigua vía del tren y el túnel de árboles. Llevo el mismo chubasquero del maratón de València que hace dieciocho años, cuando montamos el Boisbuchet International Running Club para generar contenidos para la carrera estando lejos de allí. Saludar a los caballos y ver el castillo de lejos. Y aún no es hora ni de desayunar.

Ya no hay zumo de naranja malo en el que mojar los cereales pero aún hay que defender la mermelada de las avispas. Hadrien se acuerda de la vez que tuvimos que atacar un nido de velutina. No sabía que iba a estar aquí este año, en otro workshop, como técnico del horno de leña para cerámica. No imagino este sitio sin él. Quizás no lo sepa pero por su culpa, y la de Boisbuchet, abrí el Observatorio.

Estamos haciendo una bóveda tabicada. Pero podríamos estar haciendo porcelana con Jaime Hayon o Sam Baron, o soldando una bici flotante, o investigando termoplásticos con Peter Marigold, o haciendo un barco de corcho con Fernando Laposse, o joyas con Amina Agueznay, o cualquier cosa loca con gente de a saber dónde. Cuando uno está motivado la productividad es increíble: esto es gimnasia para el cerebro. O droga.

La comida es importantísima. Ningún restaurante en el mundo iguala la experiencia de comer aquí al sol, mezclando conversaciones en cinco idiomas y medio. Recuerdo pensar que cada persona era como viajar: solo que yo estaba en mi casa de verano y eran los demás los que venían a verme. Cuando llegó Hadrien a la cocina teníamos huerto y escuchábamos Chat Noir Chat Blanc. Y limpiábamos con Daft Punk. La mejor época de mi vida, sin duda.

Después de comer toca bañito rápido en el lago. Salto desde el embarcadero, bucear hasta la isla, salir y secarse al sol sobre la madera caliente. El universo en paz.

Volver a trabajar con la mente fresca, pausita para el café y seguir trabajando. Ver qué hacen los de cerámica y aprovechar para hacer un jarroncito. O para aprender a fundir metal. Cuando era el fotógrafo tenía una bici Peugeot (de una excursión nocturna de shopping a la Déchetterie / basurero) con un cartel que decía PRESS al estilo Boisbuchet-stencil oficial: me pasaba el día rastreando participantes y sus proyectos, como hacer scroll analógico. Años después conseguí tener mi Peugeot en Valencia también.

Si pasas el tiempo suficiente en Boisbuchet aprendes cerámica, a usar el torno de madera, a coser a máquina, fundir plomo, llevar un huerto, colar hormigón, usar chocolate en una pistola de pintura o casi cualquier cosa. Siempre hay alguien con algo que enseñarte.

En la cena te ves obligado a tomar muchas decisiones: sentarte con tus amigos o con la gente que aún no conoces, alargar la sobremesa o unirte a los del badmington, volver al taller y darle al torno un rato porque luego en Valencia no lo tendrás… improvisar un cine o movilizar a las tropas para hacer una hoguera.

Hoguera es una palabra mágica y de repente Sumin está yendo a por vino, Tristan a por madera, Runa a por mantas, Moritz a por el remolque y hay una procesión en marcha.

Las estrellas reflejadas en el fondo del lago. Lxs veteranxs saben que hay que saltar al agua sin ropa, para poder ponértela después de secarte al fuego. Fernando Campana te reta a abrir una botella de vino con el freno de una bici y suena Adriana Calcanhotto. O no suena nada más que el fuego y se para el tiempo alrededor de la hoguera con amigos a los que no conocíamos hace tres días y con familia a la que no conocíamos hace tres semanas.

Fotografia: Sergio Mendoza.

Te puede interesar

Diseño polaco para habitar el mundo

Diseño polaco para habitar el mundo

Del 10 de septiembre al 15 de octubre vuelve València Design Fest con Polonia como país invitado de esta edición, una colaboración internacional que llevará a la ciudad una amplia representación de la creación contemporánea polaca y propiciará nuevos espacios de...

Joan M. Marín, un cuidado diálogo interior

Joan M. Marín, un cuidado diálogo interior

Decía Pascal que es conveniente mantener una conversación con nosotros mismos que, añadía, hay que cuidar. Nada extraño, si tenemos en cuenta que para el autor de las 'Cartas provinciales' no había nada más importante que la acción de pensar (dicho de otro modo: el...