Una temeridad: si solo las grandes ciudades avanzan 

7 octubre 2026

por | 7 octubre 2026

Mapa tras mapa, eleccion tras elección, se reproduce un patrón similar. Lejos de una evolución en degradado, se replican bruscos saltos en función de los lindes ultraurbanos. Las áreas muy metropolitanas -por tanto con intensas conexiones globales- discurren por un carril, el resto por otro. Lejos de un recorrido en sidecar, donde los núcleos de mayor potencia económica empujan en paquete a quienes están cerca, lo que vemos es un vehículo a todo trapo que contrasta con un convoy rezagado que avanza a duras penas.

Esa idea de velocidad es la explicación justa de por qué habitantes de unos y otros lugares se comportan tan distintos. También a la hora de votar. Creemos que la vida urbana todo lo impregna, como una mancha que hace años alcanza a las áreas limítrofes. En cambio, esa aproximación está causando mayores distancias. Porque nos conocemos, nos distanciamos. Las ciudades que representan con mayor intensidad el intercambio global, se han quedado con el mayor de los premios: la percepción de poder avanzar. El resto, recela.

Londres no vota como Reino Unido. París no vota como Francia. Viena no vota como Austria. Berlín no vota como Alemania. Río de Janeiro no vota como Brasil (tampoco la metrópolis de São Paulo vota como el bolsonarista estado de São Paulo). Barcelona no vota como España. Barcelona tampoco vota como Catalunya. Y así en retahíla*.

Aquello que las conecta es la percepción de movimiento. La oportunidad. Por mucho que en todos esos lugares se constante un bloqueo por el que tantos ciudadanos no pueden progresar, como en una partida sin solución.

Me hizo pensar este artículo de Paul Skallas sobre un nuevo culto, el culto a la gran ciudad: muchas personas estarían encontrando en las grandes urbes no ya un lugar de oportunidad sino un lugar de identidad. «La gente ya no se muda a las ciudades de prestigio únicamente para obtener algo de ellas, sino para que la propia ciudad les proporcione una identidad», escribe Skallas a partir de un momento en el que buena parte de las identidades tradicionales quedaron en crisis. «La gran ciudad contemporánea se está convirtiendo cada vez más en algo sagrado».

Son lugares que aparecen en los medios, que tienen un amplio despliegue de oferta simbólica, que acogen un tránsito de personas y actividades abundante. Es fácil también dejarse contagiar por ese culto: dirigir toda la oferta democrática solo a espacios cuya velocidad es muy superior a la que va el resto del territorio país.

Mapa tras mapa, elección tras elección, se dibuja la geografía de lugares ganadores contra lugares perdedores. Es hora de buscar el empate.

(*) En el listado de grandes urbes que votan diferente a sus países suele aparecer Madrid como la excepción. Especialmente la Comunidad, área metropolitana de facto. Contribuye a su singularidad que el sesgo territorial ese vea alborotado por un perpetuo Madrid Vs. Catalunya. También que el viaje al futuro que hizo España se propulsara a través de Barcelona’92, y no de su réplica madrileña. Puede que por la abundancia de unas élites históricas renuentes a una mayor distribución de capitales.

Fotografía: Eduardo Manzana.
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