Deambular por Malilla es como jugar un electrizante partido de ping-pong. Pasas, en escasos minutos, del remanso de su Parc Urbà al despropósito del solar de varias alturas que hay entre Amparo Iturbi y Oltà. Es como si un mal jugador de Tetris se hubiera encargado de urbanizar el barrio. Para el paseante ocasional es un disfrute, para los vecinos (imagino que) no tanto.
Entro en el Trigo, un bar en el que parece que se ha detenido el tiempo, aunque sobre la barra, cada día, un nuevo ejemplar del diario Levante lo niegue. Manuel y Resurrección llevan más de cuarenta años dando de comer. No hay fuegos artificiales ni en sus paredes ni en su cocina. Está cerca de uno de los límites del barrio, el del muro de las vías del tren de García Lorca.
Pocas zonas tienen tan marcadas sus fronteras como Malilla. Scalextric a un lado, Ausiàs March al otro, Fernando Abril Martorell (la de la nueva Fe) más allá y la ya mencionada.
Camino sin rumbo con la sensación de que hay demasiados solares, demasiadas cosas en stand by, como esperando que alguien apriete un botón para solucionarlo. La Entrada a la casa de Nofre me lleva a una supuesta plaza, la del escultor Víctor Hino. Atrás quedan las ruinas de las Cafeteras Emilio Puchades, ahora tengo al lado el antiguo campo de fútbol del Gimnàstic, invadido por hierbas salvajes. Cuesta entender su abandono, me cuenta un hombre que pasea a su perro en otro terreno abandonado colindante.
Me gusta que haya calles dedicadas a Carceller (director de La Traca), a su compañero el dibujante Bluff (fusilados ambos por el franquismo) o a la actriz Lola Gaos. Me gusta lo extraño que resulta encontrarse, en Camí d’Almenar, un pequeño polígono industrial (y una oca que nadie sabe cómo ha llegado hasta allí). Donde antes aparcaban los camiones de la basura y queda el anuncio de obra del edificio Ronda que nunca se construyó, ahora además de pequeñas empresas hay una Casa de Oración y la Iglesia Presbiteriana Renovada de València.


Hay muchos grafitis (y pintadas reivindicativas) en Malilla. Y muchos bares. Y muchos negocios de barrio. Y mucha vida. Una mujer recolecta (con un cuchillo) hierbas en uno de los solares, un chaval come un par de dulces en el Palestina, el club Tifanis avisa con sendos carteles escritos a mano que abre a las seis de la tarde y que no va el timbre. Siguen vivos clásicos como el Judokan, el bar Jardín o la Bolquerets. Eso sí, me cuesta encontrar un horno y, sobre todo, un quiosco. Pero los hay.
Los fantásticos huertos urbanos del Parc y el Camí Vell de Malilla (con esas casitas y restos de acequia que conectan con un pasado de huerta) parecen el garante de la esencia del barrio frente a las desmesuradas moles de edificio que crecen enfrente de ambos. «No estoy en contra de que se construyan nuevas viviendas», me dice un hombre antes de ir a regar su trocito de campo, «sino de que se hagan fincas de tantas alturas. A la codicia humana hay que ponerle límites». Nada más que añadir. Fin del paseo.









