Las pinturas universales arrancadas de las paredes del Cabanyal

11 septiembre 2026

por | 11 septiembre 2026

El pueblo del Cabanyal, que ahora es poblado nómada, pudo salvarse. Fundamentalmente porque lo salvaron: los imposibles responden a una voluntad casi demente, nunca se dan por inercia. Activistas reducidos en un primer instante a la categoría de grupúsculo y después alzados como héroes, sujetaron las casas, los patios, sujetaron los árboles, se sujetaron entre ellos mientras todo a su alrededor parecía caerse por el acoso urbano de una administración capturada por los cárteles inmobiliarios. Algunos trozos del pueblo se vinieron abajo, perdidos entre las manos, como la Casa de la Palmera. Acoso, ocaso.

Pero tras un jaleo bíblico, maltrechas, la pinturas se agarraron a las paredes, resistentes a todo. Las leyes del Cabanyal, al fresco. Y fue entonces cuando innumerables pintores, en una ciudad orquestada para que el Cabanyal luciera hermoso, se pusieron a darle lustre a esas imágenes. El Cabanyal había vuelto, aunque fuera incompleto, como un veraneante bronceado a trozos.

Jane Jacobs podría haberse paseado por el Cabanyal, como Robert y Mary Frank muchas décadas antes, y haber comprobado que el pueblo trazaba sus calles de manera humana, que priorizaba el paso próximo, que cultivaba su alma y sus plazas y se llenaba de pequeños restaurantes y espacios culturales celebrando que ya se podía celebrar. Las pinturas bien agarradas. Todo listo, materialmente, para que los ciudadanos -que hubieran sido expulsados de no haber mediado el imposible- pudieran sentirse en casa. Un ejemplo de resignificación.

Nota paréntesis: La técnica del strappo permite separar las pinturas adheridas a una pared y trasladarlas hasta otro soporte, un lienzo por ejemplo. Es lo que se dio con las Pinturas Negras de Goya, sacadas de la Quinta del Sordo.

Cuando todo estaba listo, cuando las pinturas lucían hermosas y enraizadas, entonces quienes esperaban, atendiendo desde una mirilla, cebando excels, llegaron con una cuadrilla, y extrajeron con strappo todas las pinturas del Cabanyal, en un proceso tan pulcro que ni una gota de sangre se derramó de las paredes. Aquellos procedieron a enmarcar las pieles pintadas para que todos las vieran sin reparar que las paredes habían sido despellejadas. El Cabanyal, más vivo que nunca, se anunciaría en el truco.

Pero fue entonces cuando una desposesión, caída como un gran trueno, trajo un proceso humillante: las mejores casas, las mejores arquitecturas, la prioridad en el espacio, tuvieron como destinatario a nadie de quienes resistieron, a nadie de quienes sujetaron, a nadie de quien tuvo la esperanza.

Los excel se hincharon, hormonados, aprovechando las ventajas de haberse sacado de encima aquellas molestas pinturas fijas, y poder pintar en su lugar reclamos en movimiento. Al mismo tiempo proponían a los usuarios nómada de sus edificios mirar los lienzos enmarcados, como en el museo, de aquel Cabanyal que de tanto moverse no puede reconocerse, humillado por quienes se aprovecharon de quienes salvaron las pinturas sagradas. Un ejemplo de resignación.

Fotografía: D.R.
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