Vivir en Espai Verd

2 noviembre 2021

por | 2 noviembre 2021

La celebración del festival de arquitectura Open House en València es una oportunidad que se presenta cada año para ver todos esos edificios de la ciudad que, normalmente, no se pueden visitar. Es un fin de semana frenético pero muy interesante porque cuenta con el aliciente de que la explicación de cada lugar corre a cargo de arquitectos, vinculados a los proyectos, que tienen desarrollada su faceta didáctica y, sobre todo, tienen bastante claro lo importante que es contar los sitios bien (un 10 para Malek Murad explicando la maravilla que hizo Moreno Barberá con los edificios de la universidad en Blasco Ibáñez). Entre esos edificios que se muestran por dentro está Espai Verd, que batió récord en solicitudes para visitarlo y las plazas se agotaron en minutos. ¿Cómo es vivir en Espai Verd?

La encargada de describir este lugar en la visita a su interior fue la arquitecta Paz Cortés, hija de Antonio Cortés Ferrando, que creció en ese edificio y que lo conoce a la perfección. Antonio Cortés fue el arquitecto que, primero en cooperativa con otros tres profesionales y luego en solitario (aunque la obra la terminaron los otros arquitectos que la empezaron con él), proyectó este edificio pionero de tantas cosas en València.

Cómo se desarrolló el trabajo de levantar semejante mole, con los conflictos entre los socios de la cooperativa de arquitectura CSPT Arquitectos (formada por Antonio Cortés Ferrando, Alfonso Serrano Puig, Salvador Pérez Luján y Antonio Carrascosa Corella) y las consiguientes complicaciones constructivas merece un capítulo aparte, pero da una idea de la dificultad que supuso acometer una obra de tales características.

La inspiración

La inspiración de Espai Verd fue Habitat 67, el complejo de viviendas situado en Montreal, diseñado por el arquitecto israelí-canadiense Moshe Safdie, que apostaba por viviendas ajardinadas en alturas. El edificio, ubicado en Benimaclet, cuenta con 108 casas, en formato de dúplex, triplex y cuádruplex, distribuidas en las 15 plantas de esa silueta imposible, todas con terraza particular de cien metros cuadrados de media, además de las zonas comunes verdes. Otros referentes fueron el Walden 7 de Bofill, en Barcelona, y los movimientos utópicos de los 60 como Superstudio, Archigram o Archizoom.

«Antonio Cortés piensa en la funcionalidad de las casas – explica la arquitecta durante la visita- pero va más allá y también presta atención a las necesidad vivenciales y espirituales de las personas. Él es muy religioso y quiere, con la arquitectura, dar respuesta también a esa dimensión más espiritual. Esa manera de entender la arquitectura la aprende en GODB, el estudio de arquitectura donde estuvo haciendo prácticas como estudiante. Allí se vio impregnado por esa manera de concebir la arquitectura».

«El edificio se ideó a principios de los años 80, finales de los 70, y se terminó de construir su primera parte en 1992, la parte mas alta. La tercera y cuarta fase se finalizaron en 1994. El componente ecológico es lo más importante de este sitio: el sueño de unos amigos de vivir en la ciudad pero también rodeados de naturaleza. Ese sueño acabó convertido en Espai Verd», apunta Paz Cortés.

«Son viviendas donde la componente verde es esencial y esa vertiente ecológica tiene consecuencias a nivel de implantación en el lugar, ya que se tuvo que modificar el planeamiento urbano de la zona para orientar el edificio a Sur Este, es decir se cambió la trama, lo que tuvo también su polémica entre la profesión y recibió críticas por ello. Lo que se quería evitar con esto era que alguno de los jardines diera al norte estricto, con la consiguiente escasez de luz. Todas las viviendas tienen soleamiento. Eso se consiguió con una volumetría libre y con el escalonamiento del edificio. Con las normas urbanísticas, en vigor entonces, no era posible plantear el edificio tal y como se hizo, por eso lo primero que hicieron fue modificar el planeamiento».

La concepción estructural del Espai Verd obliga a la existencia de los voladizos que definen al edificio, perfectamente compensados por ambos lados, y le dan una estructura muy singular por esa necesidad de escalonamiento.

Traspasar la puerta de la entrada de este impresionante lugar es sumergirse en un vergel de vegetación frondosa, sonido de agua cayendo, mucho piar de pájaros y varios grados menos que en el exterior del edificio. Veamos cómo es vivir en Espai Verd.

 

Visionario con el teletrabajo

Antonio Cortés desarrolló, por su afición a la tecnología y la informática, la incorporación de una red de banda ancha de telecomunicaciones hace treinta años, cuando apenas nadie lo tenía. «Incorporó una instalación de telecomunicaciones visionaria. También previó el trabajo en casa, el teletrabajo, y ya habilitó en sus viviendas un doble acceso, uno de ellos el habitual y otro diferenciado que da directamente al posible estudio de trabajo ubicado en la última planta de la vivienda», apunta Paz Cortés.

La volumetría y la estructura reticular es muy ordenada, de seis por seis, y ahí se van encajando las unidades habitacionales, de diferentes medidas. Todas las viviendas cuentan con una adecuación climática en su interior muy especial, con corrientes cruzadas y una buena ventilación.

Espai Verd es un ejemplo perfecto del brutalismo de los años 70, que se caracteriza por dejar el hormigón visto, entre otras cosas, y por su aspecto monumental y, a veces, duro.

La componente social

Para Cortés, la componente social y comunitaria siempre ha sido fundamental; el hecho de plantear la construcción como una cooperativa de propietarios ya lo define. El arquitecto ha incorporado en todas sus construcciones, a lo largo de su carrera profesional, espacios para la relación entre los vecinos. Un lugar, aunque fuera mínimo, destinado a reuniones de vecinos y, por otro lado, un espacio ajardinado, aunque fuera pequeño. Lo hizo en Espai Verd pero también en viviendas populares de barrios vulnerables: siempre proyectaba un jardín comunitario y un local para socializar.

«Antonio Cortés, fiel a sus creencias, quiso incorporar un espacio para meditar, un oratorio o capilla, que la comunidad de propietarios aprobó que se hiciera con la condición de que fuera interreligioso y no costara dinero a la cooperativa. De esta manera, se hizo todo con donativos y, en estos años, ha acogido a representantes de las principales órdenes religiosas pero también de religiones minoritarias», explica Paz Cortés.

La vida comunitaria se aglutina en la planta cuarta del edificio, que tiene un corredor que une todo el edificio y cuenta con una pista para correr. Para el arquitecto, los espacios básicos son una oportunidad para hacer vida social. Hacer deporte y pasear por el corredor, ambas acciones permiten visualizar todo el espacio comunitario y ser un mirador a la ciudad. Cuatro vueltas a este corredor son un kilómetro. El complejo además tiene una piscina comunitaria y un centro social.

Además de todo lo anterior, Espai Verd participa, de alguna manera, en la conectividad con el resto de las zonas de verdes de la ciudad: los vecinos han documentado cómo participa el edificio y su vegetación en las rutas migratorias de aves en la ciudad. Hay muchas especies que visitan y anidan en Espai Verd, lo que queda documentado en un mural en la imponente entrada a este magnífico edificio.

Fotografía: B.G. y Open House València.
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