«Todo comenzó buscando un trocito de tierra, un lugar para conectarnos con la naturaleza y con lo rural y para entender en primera persona todo aquello que no es urbano. Estuvimos unos dos años de búsqueda por senderos y pueblos, hasta que dimos con este lugar, a cuatro kilómetros de Cabanes (Castellón), por caminos de almendros y olivos y a una hora de Valencia». Lo explica la arquitecta y profesora en la Escuela de Arquitectura Susana Iñarra, también doctora e investigadora del Laboratorio de Neuroarquitectura de la UPV y bien conocedora de cómo los lugares transforman a las personas.

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