«Desde ‘La documental edicions’ presentamos nuestra sede, un espacio de trabajo, oficina y almacén que también tendrá una pequeña sala destinada a librería temática, con proyectos temporales y un fondo editorial que irá cambiando y renovándose. Nuestro planteamiento será similar a como funciona una galería de arte; en períodos de tiempo que puedan oscilar entre las dos semanas y los dos meses, habrá una selección comisariada de libros que estarán a la venta. Estos proyectos serán variados: en algunos casos, tomaremos de base un libro de nuestro catálogo que activará una colección de títulos vinculados. En otros, invitaremos a una editorial que sea referencial para nosotras y ofreceremos una amplia selección de su catálogo. En otros casos, el proyecto podrá ser el reflejo actualizado de alguna librería o espacio ya desaparecidos que mantenga un espíritu particular y un fondo bibliográfico aún activo», explica Álvaro de los Ángeles, mente pensante del proyecto. Antonio Ballesteros continúa como diseñador de la imagen de La documental edicions, de los libros que editan y de la marca de este espacio.
El local pasa a ser la base de operaciones de La documental edicions, un «think tank de barrio» o laboratorio de ideas ubicado en La Petxina, València, en la avenida Pérez Galdós, 94. Este bajo, junto con el que ahora mismo ocupa una empresa de venta y alquiler de trasteros, fue en su origen un horno. Algunos elementos del establecimiento original, que data de la década de 1950, se han mantenido en este nuevo espacio.
Por ejemplo, los estantes donde se depositaban los encargos de la clientela, dispuestos con escuadras metálicas, base de rejilla de madera y frontis de mármol blanco, sustentados sobre una pared de azulejos dispuestos en diagonal. Este conjunto se ubica en la parte izquierda. Gran parte del mármol que cubría el antiguo mostrador, despiezado, se ha integrado en el suelo de esta sala, frente al conjunto anterior, y otras piezas son ahora el banco del office del local, ubicado junto al pequeño patio de la comunidad. Asimismo, las losas de mármol que cubrían la fachada se retiraron, pero algunas de ellas se han reutilizado para hacer el zócalo nuevo y el umbral del espacio, la pieza que conecta la calle con el interior.
Lorca, presente
«Medio pan y un libro», como han llamado al lugar, es el título del discurso que impartió Federico García Lorca en septiembre de 1931 durante el acto de inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, su pueblo natal en Granada:
«No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social».
Esta biblioteca –recuerda Álvaro de los Ángeles– se integraba dentro de un programa desarrollado por la II República española que consistió en abrir y dotar con libros más de 5.500 bibliotecas a lo largo y ancho del país, ubicadas en poblaciones menores de 5.000 habitantes, con preferencia por aldeas donde residían entre 50 y 200 personas. De una selección de 400, se pedía a cada centro que eligiese alrededor de 100 títulos. En total, entre 1931 y 1936, se repartieron más de 600.000 libros. «Con el golpe de estado franquista, durante la contienda derivada y tras la victoria del bando nacionalcatólico, se desmantelaron las bibliotecas, se quemaron gran parte de los libros y se represalió y depuró a más del 25% de las/os maestras/os republicanos. Esta depuración fue especialmente dura entre 1940 y 1945, los años más terribles de la posguerra».
«Un libro debe ser siempre un cuestionamiento sobre lo establecido, pero también un objeto que enarbole un posicionamiento ético. La existencia de libros —el hecho de que no hayan podido hacerlos desaparecer ni el fascismo, ni el integrismo religioso, ni el capitalismo tecnológico— implica que hay gente detrás que los hacen. Y aún antes de hacerlos, que los piensan, los desean y quieren compartir aquello que saben o aquello sobre lo que dudan. ¿Es demasiada responsabilidad para un objeto tan pequeño, manejable y portátil? Sin duda. Pero es la elección de un camino lo que desecha otras vías», apunta.
«Medio pan y un libro» toma la conocida frase de Lorca para hilar un pasado que se reactiva en el presente y se lanza al futuro. «El pasado de una manera de hacer cultura desde las Misiones pedagógicas, siquiera con parte de su metodología, y desde un espacio que fue horno y alimentó a varias generaciones de un vecindario. Este nuevo local, ahora segregado del original y algo limitado por lo tanto en sus expectativas multitudinarias, está lleno de ideas renovadoras y pretende relacionar gente que tiene ideas, que quiere compartirlas y que desea seguir alimentándolas. Tomamos a Federico y lo actualizamos: «Bien está que todas las personas coman, pero que todas las personas sepan»», concluye.















