Valencia es un poco bipolar, así en general. Ya, desde el principio, con eso de ser una ciudad de origen fluvial con aspiración costera, pero también observando la dualidad que hay entre la capital y su área metropolitana o la propia disposición urbana en la parte más cercana al mar. Respecto a esto último, la trama original de las barracas de los pescadores de los Poblados Marítimos contrasta con el potente paisaje del puerto. Una situación que, históricamente, ha conducido a contradicciones urbanísticas, malas decisiones políticas, polémicas resoluciones judiciales y otros tantos equilibrios que han ido dejando su huella para definir lo que hoy es el frente marítimo de la ciudad.
En 2005, cuando ya se había designado a Valencia como sede de la 32ª edición de la Copa América de Vela, la revista Arquitectura Viva dedicó un monográfico a reflexionar cómo sería la urbe del futuro. Fernández-Galiano, editor de la publicación, articulaba su tesis sobre la frase: «El espectáculo construye ciudad». Se refería tanto a la huella que había dejado la Exposición Universal de 1909, con edificios importantes en el entorno de La Alameda (el Palacio de la Exposición, Tabacalera, La Lanera, El balneario etc), como a la que se pensaba que dejaría la celebración del evento deportivo que iba a revolucionarlo todo. Veinte años después, los arquitectos Elena Bodoque y David Estal se han propuesto, en un libro, analizar la transformación de los Poblados Marítimos centrándose en la arquitectura de El Cabanyal, El Grau y La Marina constatando algo que ya sospechábamos: no hace falta espectáculo para hacer ciudad. Con llevar a cabo buenas inversiones es más que suficiente.
La publicación, denominada «Poblats Marítims. Arquitectura de València: el Cabanyal y el Grau» y editada en la Colección Arquitecturas de Open House Valencia, está dividida en diferentes partes: equipamientos o dotaciones, arte público y espacios efímeros, e interiorismo. Se contemplan 18 obras de otros tantos estudios de arquitectura valencianos y cada sección la introduce un profesional diferente: la arquitecta Montse Vicent habla de rehabilitación respetuosa para la regeneración urbana; el arquitecto Ricardo Ruiz habla del barrio como resistencia a las tensiones financieras que conducen a la gentrificación; y la arquitecta Merxe Navarro escribe sobre la idea de materializar la forma de vida del Marítimo sin caer en el cliché. «Con la motivación de crear un relato común de la transformación de los poblados marítimos a través de su arquitectura contemporánea ha nacido y crecido esta publicación», apuntan sus curadores.

El edificio del Reloj del Puerto, junto al Tinglado 2 (Foto: Alejandro Gómez-Vives).
Explican David Estal y Elena Bodoque que han enfocado hacia la arquitectura que se ha hecho en el distrito marítimo en la última década dejando fuera la parte residencial, que ya ha sido objeto de otros estudios. Ambos inciden en que la clave de la transformación ha sido la insistencia, por parte de las administraciones, en la regeneración urbana del conjunto histórico. «La fuerte inversión realizada en la última década mediante diferentes fórmulas de financiación mixta (Plan Confianza, la EDUSI, los ARRU o los Next Generation del Plan de Recuperación) sumado a la proximidad de los campus universitarios han hecho renacer a los Poblados Marítimos». Cuando se mete dinero, se nota. Cuando no se mete, también.
«Es impresionante ver cómo ha cambiado el barrio en los últimos diez años –apunta Estal–. Claro que hay contradicciones: las mejoras del lugar gracias a una fuerte inversión traen también la turistificación en algunos bajos, apartamentos turísticos… Pero aun así, es un conjunto protegido y sigue siendo un ejemplo de cómo puede recuperarse un barrio histórico. Se nota la transformación, y hay que ser críticos con lo que se pierde o cambia en la vida cotidiana del barrio, pero la mejora es más que evidente».

El edificio Veles e Vents, en primer plano, con los tinglados del puerto al fondo (Foto: Alejandro Gómez-Vives).
«La pujante inyección económica pública, y también privada, realizada en el frente marítimo de Valencia ha dado lugar a nuevos equipamientos, espacios públicos y emprendimientos diversos. Las arquitecturas resultantes, tanto de rehabilitación como de obra nueva, merecen una mirada presente y en conjunto porque, a pesar de su diversidad, son el signo de un tiempo», afirma Estal.
«La divulgación de lo que se hace aquí es fundamental. Queremos que se siga viendo la transformación del barrio, que se valoren los despachos que trabajan aquí y que la gente se dé cuenta del esfuerzo y la implicación que hay detrás de cada intervención. Se quiere, con esta publicación, dejar una memoria viva del barrio y del trabajo de quienes lo habitan y lo transforman», explica Elena Bodoque.
El libro, con diseño de Cristina Pérez, no solo muestra “los grandes edificios”, sino también procesos y detalles. «Carpinteros, herreros… esos oficios han dado forma al barrio. Los arquitectos que ahora trabajan allí también tienen que tirar de ellos para ciertas rehabilitaciones. No se puede estandarizar nada, cada intervención es distinta. Ahí se reconoce todo el ecosistema que hace posible la arquitectura del barrio, no solo el despacho que firma el proyecto. El Cabanyal es lo que es hoy por los oficios que hubo», apuntan.

En el libro hay varias escalas de intervención. «Conseguimos algo que no se suele hacer: mezclar obra nueva, rehabilitación, efímera, interiorismo, fotografía profesional y relato del proceso. Es un material gráfico y textual que tiene valor por sí mismo, refleja la vida real del barrio y da visibilidad a los arquitectos y oficios que normalmente quedan invisibles. Hay desde pequeñas intervenciones, como la Caseta de la Marina, hasta obras más grandes y emblemáticas, como la Harinera». También han incluido un mural de Dulk, con materiales gráficos del artista que explican el proceso de su ejecución. «Ponemos el mural al mismo nivel que los edificios. Generalmente los arquitectos son, somos, reacios a mezclar disciplinas. Aquí se une todo porque todo es paisaje».

El mural de Dulk, impulsado por la Fundació Oceanogràfic, junto a la Estación del Cabanyal (Foto: Alejandro Gómez-Vives).
Alejandro Gómez Vives es el autor de las fotografías que no son de proyectos concretos. Con la foto de portada de la publicación, por ejemplo, se transmite vida. «El tinglado del puerto siempre está lleno de actividad, la gente usa esos espacios, no es escenografía, no se ve “arquitectura muerta”, son lugares con vida real. Pensamos en la interacción de las personas con los espacios. No queríamos que la portada fuese de un solo arquitecto, preferíamos que hubiera un poco de creación en la representación y que tuviera coherencia con todo lo demás. Ese tinglado siempre está lleno: tiene la misma función que el Jardín del Turia pero frente al mar, todo el mundo lo usa, no esta privatizado y no hace falta consumir para usarlo».

Tinglado 2 del Puerto (Foto: Alejandro Gómez-Vives).
Los proyectos de equipamiento público que se contemplan en el libro son la Casa dels Bous (El Fabricante de Espheras), Reina 121 (Salvador Lara y Arkítera), L’Escoxador (David Estal, Tato Herrero y Boris Strzelczyk), La Harinera del Grao (VAM10 arquitectura y paisaje), el Mercat del Grau (José María Tomás Llavador) y la Caseta de la Marina (El Fabricante de Espheras). Respecto a espacio público, arquitectura efímera y arte urbano se ha seleccionado el mural Mediterraneus (Dulk), Serradora (Cercle Territorio Paisaje Arquitectura-GECIVAL), Travesías Peatonales (Peñín Arquitectos y Elisabet Quintana), Zona Santiago (Fent Estudi y Badallar Estudi) y el Tinglado 2 (Rellam). Por último, la publicación se detiene en una serie de obras de interiorismo: Terminal Hub (de Ricardo Orts), Oficines Medlog (Garrido Studio), Wayco (HEBRA), Madre (RAUM4142 Architecture office y Paloma Bau Studio), Gran Martínez (Janfri Ranchal Studio y equipo de la Fábrica de Hielo) y La Sastrería (Masquespacio).
El libro contiene una pieza final que para los autores ha sido un regalo. Se trata de una obra un tanto inclasificable: una de las antiguas golondrinas del puerto, Sirenita, que fue rescatada (literalmente, estaba hundida) y reflotada para ser utilizada por personas con diversidad funcional durante las regatas de la Copa América. Fue obra de Arturo Catalá, un diseñador naval jubilado y profesor muy querido en la escuela de arte y diseño, «una pequeña obra en medio de una gran obra, que es artesanía pero también es obra efímera, ejemplo de oficios y patrimonio cultural». El capítulo contiene material gráfico sobre la pieza y el enlace a un documental realizado por Julia Catalá Roca, hija del autor, donde se cuenta todo el proceso de recuperación de la embarcación.
En la presentación de la publicación, que reunió a profesionales pero también a vecinos, una persona del público preguntó, «¿pero vosotros los arquitectos habláis entre vosotros?». La pregunta es buena y la respuesta es no. Cada arquitecto desarrolla su parte sin tener una visión de conjunto, no se le exige. Pero tampoco el Ayuntamiento ejerce ninguna forma de coordinación sobre esa arquitectura más allá de lo imprescindible sobre permisos y autorizaciones ante un entorno protegido, lo que se hace evidente cuando se coloca, como ha ocurrido, un centro cívico junto a un centro cultural. El espacio público, quizá esa forma de organizarlo, merezca una reflexión.

Fotografía: Alejandro Gómez-Vives.
No obstante, apuntan David Estal y Elena Bodoque, «el punto de vista de la publicación es optimista, ahora hay equipamientos públicos y dotaciones que antes no había. Hace diez años nadie hubiera apostado por un marítimo como el de hoy».
«En los Poblats Marítims, en esos barrios que habitan entre la persistencia del murmullo del mar y las tensiones del urbanismo depredador contemporáneo, –como explica el arquitecto Ricardo Ruíz– la vida cotidiana, el arte y el espacio público se han convertido en superficie de ensayo, resistencia y reparación».
El futuro de estos poblados marítimos dependerá –defiende Ruiz– de la capacidad colectiva para defender esa vida frente a las lógicas extractivas que amenazan, de distintas formas, con vaciarla de sentido. «En ese esfuerzo, las pasiones, vibraciones y conflictos de los que emergen el arte, la arquitectura y la cultura popular no son ornamento, sino herramientas de resistencia. No embellecen la ciudad, son la ciudad», concluye.

La publicación puede adquirirse en la tienda online del festival Open House Valencia.




