Madrugar en la casa-de-la-vacación en la que he pasado muchos veranos. En una habitación destartalada con demasiadas camas que ya nunca se llenan. La casa en silencio. Permanecer en la cama mirando el ángulo que forma la luz al entrar por la ventana y proyectar su desplazamiento sobre la pared blanca.
Subir descalza la escalera y ser la primera en abrir las contraventanas de madera del salón. Desayunar fruta y yogur en el porche, leyendo sin mirar el reloj. Coger la bici luego para cansarme un poco antes de que vengan mis amigos a recogerme. La arquitecta Martina Almela y su buen día de verano.















